domingo, 17 de febrero de 2013

El respeto a las diferencias




Hace tres décadas yo era una adolescente lunática y taciturna incapaz de decir esta boca es mía. A pesar de esa evidencia o puede que debido a ella, disfrutaba siendo el centro de atención gracias a mis atrevidas indumentarias y peinados. Consecutivamente, fui adoptando el look de diversas tribus urbanas: heavy, hippy, siniestra… al tiempo que descubría con avidez los estilos musicales ligados a cada una de ellas. Lo que más me gustaba era sentir esas miradas aterrorizadas clavadas en mí. Escandalizaba a vecinos, profesores, familiares y, por encima de todo, a mis propios padres. Mi desdeñosa actitud provocaba en el ámbito hogareño unas batallas descomunales que traían a mi madre por la calle de la amargura. Han transcurrido seis lustros pero lo cierto es que conservo muy vívidos aquellos recuerdos en mi memoria. Mis padres padecían. Les preocupaba sobremanera el qué dirán, y a menudo cargaban sobre mi espalda un sentimiento de culpa tan pesado como una losa. Aun así, me mantuve firme en mis trece de no pasar por el tubo y seguir siendo yo misma dijeran lo que dijesen. No entendía que no fuesen capaces de ver que más allá de esa extravagante ropa negra, las muñequeras de pinchos y el cabello encrespado a conciencia, no había más que una tímida muchacha muerta de miedo y desasosiego, tratando de hacerse un hueco en esa adultez que afloraba, inexorable. Maduré rodeada de incomprensión y cargada de sus consecuentes inseguridades. Y con el paso del tiempo comprendí que no era yo la que hacía sufrir a mis padres sino que ellos mismos se provocaban el sufrimiento, empeñados en obligarme a ser lo que no era y a dejar de ser lo que era.  


La rueda sigue girando




Ahora soy madre de un insurrecto adolescente que un día lleva el cabello amarillo pollo y a la semana siguiente azul, además de un piercing en la lengua y otro en el séptum. Con la enorme diferencia de que yo siempre he tenido claro de qué lado estoy, y me importa un comino lo que diga el vecino de al lado, la fisgona de la portera o la pesada de su abuela (sí, sí, la misma que me amargó la pubertad se esmera en lograr lo propio con la del nieto, aunque sus repetidos intentos caen en saco roto una y otra vez, por suerte. Y que conste que lo digo desde el cariño de mi posición de hija). Durante la adolescencia, esas personitas que hemos traído al mundo y que no son de nuestra propiedad, buscan su identidad. Pasan por distintas etapas y gustos en cuanto a la forma de vestir, el estilo de música, el peinado y las amistades. Se buscan a ellos mismos, y no siempre les resulta fácil hallarse. He educado al chico a mi manera, guiada por mi instinto, no siguiendo muy al pie de la letra las recomendaciones de manuales sobre educación infantil y juvenil, ni los consejos de los profesores. Y sin embargo me siento orgullosa del resultado. Es un muchacho espontáneo y alegre que confía en su propio criterio y cuya creatividad no tienen límites. No me importa que experimente con su pelo y con su ropa. Mientras no lo haga con las drogas y el alcohol estoy tranquila. Sabe lo que quiere y lo expresa en voz alta sin tapujos. Se siente libre, respaldado y seguro. Además, carece de prejuicios. Desde muy pequeño ha tenido amigos de diferentes orígenes y razas. No obstante, cuando me habla de cómo son las cosas en el instituto y en el barrio, tomo conciencia de lo poco que ha avanzado el mundo en algunos aspectos, y ahí es cuando soy yo la que se escandaliza. Vivimos en una ciudad cosmopolita y multirracial donde las haya. Nos las damos de liberales, pero la realidad cotidiana y palpable es otra. Mucha gente sigue abriendo unas pupilas como platos cuando ve a jóvenes con piercings, rastas en el cabello o dilataciones en las orejas, por ejemplo. No lo entiendo. Para mí lo que importa de las personas es su alma. Si miras a alguien a los ojos puedes hacerte una rápida idea de lo que hay en su interior, dejando a un lado el color de su piel, la extravagancia de su indumentaria, su creencia distinta a la tuya, o su orientación sexual.



 Ni racistas, ni homófobos


Se supone que la nuestra es una sociedad tolerante y abierta. El fenómeno migratorio nos ha puesto en contacto directo con personas de muy diversas procedencias y todo parece indicar que un buen puñado de culturas, idiomas, religiones y razas conviven en paz y armonía. De boquilla pa fuera nadie es racista, ni homófobo, qué curioso. Pero solo de boquilla pa fuera. En nuestros progresistas centros de enseñanza, comentarios como maricón de mierda siguen formando parte del elenco de piropos que intercambian los chavales, así como el ya manido aunque no por ello menos abominable moro de mierda, o sudaca, sin que los profesores hagan demasiado al respecto. Y si un muchacho de quince años decide (con un par) no ocultar su homosexualidad se puede encontrar, al entrar en el vestuario masculino, con el lamentable espectáculo de sus compañeros tapándose a su paso, alejándose de él, haciendo malabarismos para no rozarle siquiera. Y si le explica esta anécdota al jefe de estudios o al tutor se puede topar con una respuesta como: “¡Es que tú te exhibes! Disimula un poco”. Tristemente, esto me demuestra que la sociedad ha avanzado solo en apariencia. Se permiten los matrimonios gays pero, en el fondo, no se aprueban. Se habla de interculturalidad aunque, a la hora de la verdad, vivimos juntos pero no revueltos. La mayoría de chicos pakistaníes que estudian en nuestras escuelas se mezclan sólo con otros chicos pakistaníes, lo mismo ocurre con los chinos. No se debe generalizar, lo sé (¡esa es otra! La maldita manía que tenemos de generalizar: que si los musulmanes tal y cual; que si los gitanos esto y lo otro; que si los rumanos tal y pascual. ¡Hala ya está! Etiquetados y metidos cada uno en su saco). No obstante, me atrevería a afirmar que los marroquíes y sudamericanos son más abiertos y no temen mezclarse con personas de una cultura o creencia distinta a la suya. Con todo y con eso, siempre está la excepción que confirma la regla, por supuesto.



Abrir la mente





No pretendo dármelas de gurú, pero ahora que ya tengo cuarenta y tantos largos y me ha dado tiempo a tropezar y volverme a levantar unas cuantas veces a lo largo del camino, me doy cuenta de que si hubiera confiado más en mi propio instinto, en lugar de dejarme llevar por lo que opinan los demás, muchas de las cosas que han complicado mi existencia hasta el infinito, no lo hubieran hecho. Personas sanas, íntegras y honestas las hay en todas partes. Perversas y sin escrúpulos también. Eso no depende de la raza u orientación sexual que uno tenga, ni de la creencia o tribu urbana que uno elija, si es que elige alguna. En mi época gótica, mientras paseaba con una amiga de indumentaria tan fúnebre como la mía y rostro tan asqueado y lúgubre como el mío, una pareja de punkies se nos plantó delante y, sin mediar palabra, uno de ellos me cruzó la cara de un bofetón. Así, sin más. Acto seguido continuaron su camino, y nosotras, patidifusas a la par que estupefactas, el nuestro. ¿Por qué lo hizo? Vete tú a saber. Igual estaba colocado, pero lo más probable es que lo hiciera porque pertenecíamos a una tribu urbana distinta a la suya. En mi humilde opinión, lo que se esconde detrás de esa reacción es un comportamiento primitivo y poco evolucionado, pero muy inherente al ser humano. Me da mucha pena comprobar día tras día que en pleno siglo XXI algunas cosas permanecen tal y como eran en la Edad Media. Así pues, no seamos trogloditas, abramos nuestra mente y enseñemos a nuestros hijos a abrir la suya. Negros, blancos, punkies, pijos, ricos, pobres, homosexuales, heteros, musulmanes, cristianos, guapos y feos; todos somos criaturas de Dios (o del Universo, si lo prefieres). Vive y deja vivir, ese es mi lema. Menos juzgar y más respetar.


sábado, 26 de enero de 2013

Bajo el sol del desierto






(Aquí os dejo un nuevo fragmento de
Pasión en Marrakech,
 novela erótica ambientada en Marruecos, país que posee la capacidad de despertar mi inspiración y todos mis sentidos).



...Los todoterrenos empezaron a hacer su aparición frente al hotel en medio de un gran alboroto. Rugiendo, derrapando. Los intrépidos conductores competían entre sí, empeñados en demostrar su audacia al volante, levantando a su paso tanta expectación como polvareda. En cuanto se apearon de sus respectivos vehículos, me dejé embargar por una emoción extraña, casi pueril. Eran jóvenes, en su mayoría, y había algunos muy atractivos. Sus atuendos se asemejaban bastante al del guía número uno, tipo explorador, como de camuflaje, con un chaleco multibolsillos. Lo más llamativo, sin embargo, eran sus turbantes. Ese detalle les infería un toque exótico irresistible. 

Fui la primera en lanzarme. Y puesta a ser atrevida me dirigí al que me pareció más guapo y cachas de los guías presentes.
¾Salam aleikum ―proferí, educada.
¾Aleikum salam ―respondió, bajando la cabeza. No era tan moreno como los guías anteriores. Su piel era café con leche, con más leche que café. El turbante enmarcaba un rostro cuadrado, de mandíbula pronunciada, y labios muy gruesos. Los ojos, almendrados, rodeados de largas y espesas pestañas, eran de un bellísimo color avellana verdoso. Entre el labio inferior y la barbilla se alojaba una sensual perilla que no hacía más que acentuar su belleza, lo que hacía difícil desviar la mirada a otra parte. Ya había observado que un buen número de jóvenes marroquíes lucía ese mismo tipo de perilla seductora. Con comedido disimulo diseccioné su anatomía de arriba abajo y calculé que no tendría más de veintitantos años. Él me examinó a mí sin el menor apuro. A través de la camisa y el chaleco se adivinaban sus importantes pectorales. Apoyado en uno de los vehículos, cruzado de brazos, con ese aire de seguridad que emanan quienes han repetido cientos de veces la misma hazaña, medio esbozó una sonrisa que dejó al descubierto una bonita dentadura. 

¾¿Podrías ponerme esto a modo de turbante? ―Le hice entrega de un fular color malva. Adopté esa expresión de mujer desvalida que precisa de la ayuda de un hombre que a ellos tanto les gusta.
¾Claro, por supuesto ―exclamó en un perfecto castellano, haciendo alarde de una amabilidad exquisita. 

Sus mangas dobladas hasta encima del codo exhibían unos imponentes bíceps. Tomó el fular con suma delicadeza y se acercó tanto a mí que su rostro y el mío casi se topaban. Se me aceleró el pulso. Me rodeó con sus brazos para colocar la parte central del pañuelo, doblado por la mitad, en mi nuca, cubriéndome la cabeza y llevando los extremos de la tela hasta mi frente. Inclinaba su pelvis hacia delante de tal manera que parecía inevitable el roce de nuestros cuerpos. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral desde las cervicales hasta la zona lumbar. Sujetó las puntas del fular y empezó a retorcerlas formando un torniquete justo encima de mis cejas. Después llevó uno de los extremos hacia atrás y lo remetió; lo mismo hizo con el segundo. Entonces soltó parte de la tela junto a sendas mejillas y me dijo que podía pasarla al otro lado por debajo de mis ojos, o por debajo de mi barbilla, dejando el rostro al descubierto. Elegí la segunda opción. Me temblaban las piernas. 

¾Voy a convertirme en tu sombra ―murmuró junto a mi oído, antes de retirarse. Pude percibir la calidez de su aliento y un suave aroma a sudor masculino. Se me erizó la piel… y sentí que la vulva se me hacía agua. 

Tomé aire, tragué saliva y me reuní de nuevo con el resto del grupo, mientras disimulaba como podía. Enseguida me abordó Nuria. 

¾Estás guapísima. ¡Qué bien te queda! ¡Yo también quiero! 

                La mayoría de mujeres y algún que otro hombre del grupo corrieron en busca de su turbante, y se armó un revuelo tremendo. A continuación, los fornidos muchachos empezaron a colocar nuestros equipajes en las vacas de cada 4x4, tarea que les mantuvo ocupados durante un buen rato. Luego nos distribuyeron en los vehículos. El guía número cuatro no me decepcionó y cumplió con lo esperado: me incluyó en su coche. 

                Los todoterrenos eran de ocho plazas, pero eso no me impidió ocupar el asiento del copiloto, privilegio que provocó envidias a mi alrededor. Entre mis acompañantes no figuraba ninguno de aquellos con los que ya tenía un poco de confianza, así es que me limité a contemplar el paisaje e intercambiar miradas con mi guía número cuatro, deleitándome con el morbo que proporciona seducir y ser seducida delante de tantos testigos… sin que te pillen. El joven conductor no cesaba en su indiscreto juego. Era tan descarado que mis mejillas debieron teñirse de un rojo intenso, a juzgar por mi sofoco. Temí marearme. Siempre tendría la opción, eso sí, de culpar a las altas temperaturas. Mis compañeros de viaje conversaban entre sí, animados y dicharacheros. Muda por la emoción, me sentí protagonista de una de esas películas de exploradores que se pierden en el desierto y corren toda suerte de aventuras. Una excitación incontenible se apoderó de mí. Recorrimos kilómetros y kilómetros de terreno llano y polvoriento. Si bajábamos las ventanillas, tragábamos polvo y arena. Si las subíamos, la sensación de calor era asfixiante. No había escapatoria posible. A lo lejos, empezamos a divisar las magníficas dunas del desierto, el pintoresco hotel en el que nos alojaríamos esa noche y a los enigmáticos tuareg. Un numeroso grupo de hombres azules, con sus correspondientes camellos, nos esperaba. 

Cuando me apeé del vehículo ya no estaba segura de si la intensa excitación que experimentaba se debía al descarado coqueteo del guía, a la visión de los camellos en los que subiríamos en breves instantes ―en realidad dromedarios, de una sola joroba―, a la contemplación de tan paradisiaco paisaje, o a una mezcla de todo. Sin embargo, me inclino a afirmar esto último. Por un lado, me sentía como una niña; por otro, como una femme fatale. 

Me acerqué a los tuareg a paso ligero, percibía la intensidad de una decena de pares de ojos que me escudriñaban a través de sus turbantes. Estaba turbada, nunca mejor dicho. Un inesperado escalofrío recorrió mi cuerpo entero. Me sentía muy deseada y era una sensación placentera y poderosa, desconcertante. Rachid y los guías del desierto conversaban entre sí en árabe, organizando la expedición. Nuria corrió hacia mí cual púber de doce años, emocionada. Las pupilas brillantes y una sonrisa de oreja a oreja atravesaban su rostro. 

¾¡Rachid se ha ofrecido a subirse conmigo! ―comentó eufórica.
¾¿Y eso? ―inquirí, asombrada.
¾Le he dicho que no seré capaz de montarme sola en uno de esos bichos, que me muero de miedo. ¡Es mentira pero ha funcionado! Me encanta hacerme la mujercita desvalida e indefensa. ¡Y ellos son tan inocentes! ¡Se matan para proteger a una dama! ―Se alejó risueña; se giraba cada dos pasos y me guiñaba un ojo. 

Me quedé perpleja. Jamás se me hubiera ocurrido semejante artimaña, esa es la verdad. La parte más femenina de mi cerebro se puso entonces a funcionar, rebuscando en el archivo de las argucias de mujer, ese que toda fémina posee, aunque no lo use. 

¾Dios mío, son enormes ―observé los camellos, boquiabierta, acercándome al guía cachas que me había llevado hasta ahí―. No podré subirme. ¡Qué horror! 

                Giré sobre mí misma y me encaminé con paso firme y decidido hacia el hotel. 

¾¡Espera! ―le oí gritar. Continué andando sin mirar atrás, con esa velocidad propia de situación de riesgo que eleva la adrenalina. El muchacho corrió detrás de mí y me agarró del brazo, obligándome a detenerme. La fuerza de su impulso me cautivó. Me giré hacia él―. No permitiré que te vayas así. No pienso dejarte escapar. Subirás al camello conmigo. ―Lejos de molestarme, su tono imperativo y dominante despertó en mí una admiración con tal carga de erotismo que a duras penas lograba reconocerme a mí misma―. Yo cuidaré de ti. 

Mi respiración era tan agitada que un botón de la blusa saltó de mi busto. No puedo presumir de grandes pechos, pero sí de unos senos firmes, redondos como mandarinas y bien contorneados. Se llamaba Otman. La calidez de su voz me derretía y su acento se me antojó de lo más seductor. Sus pupilas se clavaron en mi escote como dardos afilados. Me gustaba tanto que me olvidé de Rachid… y hasta de Omar. Sus ojos trazaron una línea descendiente por mi anatomía, aunque llevaba una falda demasiado larga y amplia como para que adivinase lo que se ocultaba debajo. Sin embargo, eso no pareció desanimarle. Esbozó una pícara media sonrisa y me dedicó un guiño que no comprendí. Esa forma suya peculiar de ladear la boca empezó a resultarme familiar. Lo hacía cada dos por tres. Con la devoción de quien participa por primera vez en un misterioso y apasionante juego… decidí obedecerle. 

                Otman se fue hacia Rachid para ponerle al corriente de la situación. Mientras hablaban, me observaban de reojo. Sus rostros reflejaban esa autosuficiencia característica que demuestran algunos hombres ante una mujer. Y me sentí especial, como una chiquilla dispuesta a cualquier cosa con tal de disfrutar de su golosina preferida. 

Los camellos fueron colocados en fila, se les obligó a sentarse en el suelo y los guías ayudaron a los turistas a subirse en ellos, solos o por parejas. Otman me recomendó poner la falda hacia atrás, de forma que por la parte delantera toda la tela quedara atrapada bajo mi cuerpo. Estaba a punto de seguir sus indicaciones al pie de la letra cuando oí la voz de Rachid llamándome y viniendo a toda velocidad. Me detuve en seco. 

¾Será mejor que me suba contigo, Edurne ―sentenció el guía número dos. 

Entonces atisbé a lo lejos a Omar, cuyas audaces piernas corrían también, desde el hotel, hacia nosotros. 

¾¡Espera, Edurne, espera! Yo me montaré contigo ―gritó. 

Miré a Otman, a Rachid, a Omar… y otra vez a Otman. De repente, cruzaron sus miradas desafiantes y empezaron a discutir en árabe, subiendo el tono de voz al tiempo que los niveles de testosterona se elevaban hasta el cielo. La escena era surrealista. Enmudecí. No sabía ni qué decir ni qué pensar. Tenía ante mí tres hombres hechos y derechos intentando… ¿Protegerme? ¿Seducirme? ¿Era un sueño hecho realidad… o una pesadilla? Todo el mundo nos miraba. Ninguno de los testigos comprendía nada y yo menos que nadie. Rumiando pausadamente, el camello contemplaba la escena sin aspaviento, con sus enormes ojos saltones de párpados entrecerrados. Me entraron ganas de reír a carcajadas pero me contuve. Una burlona sonrisa se instaló en mi cara. ¡Se estaban peleando por mí! Los tres me deseaban. ¡Increíble! Me sentí muy poderosa. Sin decir ni mu me abrí de piernas y me coloqué sobre el animal. Me quedé ahí mirándoles, hipnotizada, incrédula a la par que divertida. ¡Hacía tiempo que no disfrutaba tanto! Omar me deseaba. Rachid me deseaba. Otman me deseaba. ¡Guaaaau! Supe que el guía número cuatro había ganado la contienda porque subió al camello enardecido y se me encaramó detrás, muy pegado a mi cuerpo, rodeándome con sus fuertes brazos en un gesto de lo más posesivo, lanzando una mirada desafiante a sus contrincantes. Los otros se dieron la vuelta con expresión ofendida y se retiraron. Algunos metros más allá, Nuria observaba la escena decepcionada, por mucho que Rachid estuviese regresando a su lado para montarse con ella. Y Omar se encaminó hacia el único ejemplar que quedaba libre.

Otman y yo íbamos subidos en el último camello de la fila, guiados por un hombre azul, como todos los demás. El caminar parsimonioso del animal nos hacía mover adelante y atrás, adelante y atrás, con un agradable balanceo. El paisaje era maravilloso, como de película, y yo me sentía protagonista indiscutible. En apenas unos minutos se pondría el sol. Me dejé abrazar por Otman y percibí que algo muy duro y abultado chocaba con mi trasero, a cada paso de la bestia. Estaba excitada, muy excitada. Toda suerte de fantasías sexuales asaltaba mi mente. Y eso que ignoraba por completo en qué desembocaría aquel suave vaivén. Otman empezó a murmurar palabras incomprensibles al tiempo que mordisqueaba el lóbulo de una de mis orejas. Se me pusieron los ojos en blanco y la piel de gallina. Resultaba tremendamente seductor. Deseaba besar esos labios gruesos, tocar su abultado paquete. Pero estaba inmovilizada, atrapada en una cárcel de brazos y piernas. Me imaginé a mí misma como una esclava. Dominada por él, sometida a su voluntad, convertida en su sierva. Aflojé mi cuerpo, me liberé de la tensión y me dejé llevar. El sol bajaba sin prisa hacia las dunas, el cielo se teñía de magníficos tonos rojizos y yo, impaciente, víctima de una deliciosa embriaguez, me anticipaba al gozo...
 
(Pasión en Marrakech
 será publicada en octubre, por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que verá la luz). 
 
 
 

sábado, 12 de enero de 2013

Ese enigma llamado amor





(Extracto de mi libro: Me separé, aunque le amaba demasiado. Del amor y otras adicciones).


“¿Qué es amor? Dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es amor? ¿Y tú me lo preguntas?

Amor… eres tú”.


O al menos eso es lo que, probablemente, le respondería Gustavo Adolfo Bécquer a su amada, si levantara la cabeza.
Ríos y ríos de tinta se han vertido intentando descifrar, definir y analizar ese sentimiento irracional que nos acongoja y a la vez deleita, transformándonos. No sabemos bien qué explicación darle, ni en qué lugar exacto situar el límite que lo diferencia de una afectuosa amistad o de una transitoria pasión.
Según la definición del Diccionario de la Real Academia, es “el sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido”.
Pero casi se podría afirmar que existen tantas interpretaciones del amor como personas hay en el mundo, pues es una experiencia subjetiva, y de qué forma lo vive cada uno dependerá de numerosos factores sociológicos, culturales e incluso biológicos.
El antropólogo James Prescott, que ha estudiado las diferencias existentes entre las sociedades o culturas que acostumbran a ser afectuosas con los niños y las que no lo son, lo define destacando cuatro aspectos que lo caracterizan. Según él, el amor es:

1. Empatía con el ser amado. Saber ponerse en el lugar del otro y comprender lo que siente.

2. Preocuparse por el  bienestar, la felicidad y el crecimiento del ser amado.

3. Poner a disposición del otro todos nuestros recursos para que consiga el bienestar, la felicidad y el crecimiento.

4. Aceptar la singularidad y la individualidad del ser amado, otorgar libertad plena para que experimente, actúe y se convierta en aquello en lo que desea convertirse.

Los antiguos griegos establecían una distinción entre el amor ágape –que viene a ser más o menos el definido por Prescott—y el amor eros. También Carmen Posadas lo menciona en su libro Un veneno llamado amor.

El ágape es esa pequeña sociedad creada por dos seres adultos que se eligen libremente y deciden caminar juntos a lo largo de la vida. Se aceptan tal y como son, no se imponen nada por la fuerza. Evolucionan y maduran de forma individual y conjunta, alcanzando cada uno su propia felicidad y procurando la del otro. Es un crecimiento mutuo, del uno al otro, resultante del respeto de la voluntad y de la identidad de cada uno. Como dice Erich Fromm en su libro El arte de amar, “se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”.

El eros, sin embargo, está más acorde con la pasión que con el amor verdadero. Esa pasión que te arrastra, que te hace sentir un irresistible cosquilleo en el estómago y te quema por dentro. Te sientes morir pero a la vez no deseas vivir sin ese vértigo indescriptible. Esta es la idea de amor que se nos ha transmitido de generación en generación a través de cuentos, leyendas y películas que narran historias de amantes que vivieron sufriendo por amor y murieron por amor, como Romeo y Julieta, Los amantes de Teruel o Juana la loca.

 Del amor como adicción
Ante semejante panorama no me extraña que haya tanta confusión generalizada y tanto loco suelto capaz de protagonizar los más escalofriantes crímenes pasionales. Los asuntos amorosos llevan a más de uno a la consulta del psiquiatra y a otros, aún menos afortunados, directamente al cementerio.
Hay personas adictas al amor. Tienen una necesidad exagerada, rozando lo patológico, de sentirse queridas. Son muy exigentes a nivel afectivo con sus familiares y amigos. Sus expectativas de amor son tan elevadas que sus parejas acaban huyendo ante la imposibilidad de cubrir sus carencias. Nunca están a la altura. Al ser abandonados, los adictos al amor se sienten frustrados y decepcionados, creen que nadie les quiere y acaban encerrándose en sí mismos para evitar nuevos fracasos amorosos. Para llegar a desengancharse tendrán que comprender y aceptar que su idea del amor no es realista, y que el origen de esa idea está en su gran inmadurez emocional. Este será el primer paso para adquirir una visión del amor más madura, sana y acorde con la realidad.
Luego están los que aman demasiado, los que se entregan sin límite ni medida, sin esperar nada a cambio, y sólo reciben rechazo y desprecio por parte del ser amado. La persona que ama demasiado no puede comprender ni aceptar la reacción del otro, sin embargo tiene su lógica: cuanto más fácilmente se entrega uno a los demás, menos se le valora; cuanto más esfuerzo nos cuesta conseguir el amor de alguien, más valor le otorgamos. Cuando se da, hay que comprobar qué se recibe a cambio, de lo contrario el desgaste psicológico y el sufrimiento están asegurados. Profundizaré más en esta errónea y dañina forma de amar en un capítulo posterior, y mencionaré el libro Las mujeres que aman demasiado, de la terapeuta Robin Norwood.

La bioquímica del amor
Desde el punto de vista biológico, enamorarse no es más que una sucesión de reacciones químicas que se producen en el cerebro, provocando modificaciones mentales y físicas.
La principal culpable de dicha revolución hormonal es la fenilalalina, sustancia que se encuentra en alimentos como el chocolate. Este componente químico es el responsable de que, ante la presencia del ser amado, sintamos mariposas en el estómago, sudoración en las manos, dilatación en las pupilas y aceleración del ritmo cardíaco. Aunque, por otra parte, debemos tener en cuenta que otras emociones igualmente intensas –como la cólera o el miedo—pueden provocar los mismos síntomas o muy similares, creando confusión en el individuo que las experimenta. Así lo corroboran estudios realizados por psicólogos sociales como Stanley Schachter, que atribuye dos componentes a la experiencia de la emoción:
-La activación psicológica: sudar, pulso acelerado, acaloramiento…
-La interpretación subjetiva: la etiqueta que le colocamos a eso que estamos sintiendo según el momento, lugar y persona que nos acompaña.
Pero la fenilalalina no se encuentra sola, causando estos estragos. La acompañan sus colegas de profesión: la adrenalina, que acelera el corazón; y la endorfina, que fortalece el sistema inmunológico. O sea que enamorarse no sólo produce sensación de felicidad, buen humor y bienestar psíquico, sino que además mejora las defensas del organismo, con lo cual repercute beneficiosamente en nuestra salud, y tiene como consecuencia que el que está enamorado enferme menos que el que no lo está.
El mejor o peor funcionamiento de todo este engranaje de reacciones químicas que nos capacita para el amor, depende precisamente del que nosotros mismos hayamos recibido en la infancia e incluso en el útero materno. La importancia de la vida intrauterina ha quedado demostrada en numerosos estudios realizados por el doctor Arthur Janov, reconocido psicoterapeuta que ha sabido plasmar, en su libro La biología del amor, el hecho fundamental e indiscutible de que el amor es la base de la vida.
Nuestro cerebro está lleno de mensajeros, cada uno de los cuales tiene una determinada función que, si no se cumple de forma correcta, puede provocar alteraciones diversas. Estos mensajeros son sustancias químicas como la serotonina, que ayuda a inhibir el dolor; la dopamina, que activa el estado de alerta y el placer; o la oxitocina, que tiene la función de estimular la conducta maternal en la mujer, entre otras.
La embarazada debería ser consciente de que determinadas  conductas incidirán de forma negativa en las conexiones cerebrales de la criatura, alterándolas de por vida, dejando archivada una huella irreversible. Si se alimenta de forma precaria, el bebé no sólo nacerá desnutrido, sino que además tendrá elevadas probabilidades de padecer, cuando llegue a la adolescencia, trastornos alimenticios como la anorexia. Si fuma, el feto sufrirá hipoxia –deficiencia de oxígeno-- y se verá obligado a flotar en un ambiente tóxico que le provocará en el futuro problemas respiratorios y una continua sensación de agobio. Si la gestante ingiere drogas, tranquilizantes y/o alcohol en cantidades significativas, dañará las estructuras cerebrales de su hijo de tal manera que sus niveles de neurotransmisores se verán afectados, no será capaz de producir analgésicos de forma natural, padecerá, casi con toda seguridad, trastornos de ansiedad y depresión entre otros, ya en la edad adulta, y tendrá todos los números para convertirse a su vez en un adicto a cualquiera de las sustancias consumidas por su progenitora. Una estructura cerebral sana, en cambio, fabrica por sí misma los niveles precisos de serotonina, oxitocina y/o dopamina, que son las hormonas del amor por excelencia.
La futura mamá que ama a su hijo y, por supuesto, a si misma, se alimenta de forma adecuada, no fuma, no bebe alcohol, no se automedica, no consume drogas y no se expone a situaciones de riesgo para el feto. Transmite a su criatura, desde antes de nacer, una sensación de bienestar y confianza que la prepara de la forma más idónea para la dura tarea de nacer y vivir.
Después del nacimiento, si los padres no ofrecen contacto físico al recién nacido –caricias, besos, abrazos, mirada afectuosa-- disminuirá notablemente el ritmo de crecimiento de las células nerviosas de su cerebro. Esto es fundamental sobre todo en los dos primeros años de existencia. A esa edad, cada vez que besamos o abrazamos a nuestro bebé activamos de forma vertiginosa el desarrollo de sus neuronas.  No obstante, hay padres que aman con locura a sus hijos pero no saben cómo demostrarles afecto, ya que ellos mismos tampoco lo recibieron en su infancia, y el gran peso que tienen los patrones de conducta adquiridos en la primera etapa de la vida impide a estos padres mostrarse cariñosos. Es una pena, porque a su vez ellos mismos vuelven a transmitir ese modelo no afectuoso a su propia descendencia, y ésta a la suya, creando una cadena muy difícil de romper. Además, cuanto más amor entreguemos a nuestros hijos, antes y después de nacer, mejor los dotamos para que sean capaces, en el futuro, de disfrutar de una sana, duradera y estable vida en pareja.


Las mieles de la pasión
La pasión es otra cosa. Es atracción sexual, fuego, deseo. Un impulso visceral que la mayoría anhela sentir al menos una vez en la vida. No puedes dejar de pensar en él, en ella… te cuesta concentrarte en otra cosa y tienes la sensación de no poder vivir sin su presencia. La libido se dispara y a todas horas quieres dar rienda suelta a esa lujuria desatada. Llevada al extremo y si se convierte en algo obsesivo, podría provocar erróneos sentimientos de posesión e incluso celos patológicos, una combinación capaz de llevar a cualquiera a cometer las más absurdas locuras, con terribles consecuencias.
Viviéndola de forma sana, sin embargo, podemos disfrutar de la pasión mientras dure, teniendo en cuenta, eso sí, que en cualquier momento se esfumará. No es sinónimo de amor. En una relación ideal deberían estar presentes ambas emociones, al menos en una fase inicial, aunque no siempre sucede así. Si el amor no es tal, la pasión se desvanece y muere, sin más. Cuando lo que sentimos por alguien es auténtico, y correspondido, la pasión suele desembocar en un sentimiento menos intenso pero más duradero, que nos da equilibrio, serenidad y felicidad.
  
La importancia del amor
Amar no significa sufrir. Si el amor conlleva sufrimiento, algo va mal. Cuando se descubre que el ser amado no es perfecto y aún así lo queremos y aceptamos tal y como es: eso es amor. No se impone, ni se aprende, surge sin más, de un modo espontáneo y natural, sin esfuerzo. O lo sientes o no lo sientes. Si tienes que pararte a pensar si quieres a tu pareja o no… mal asunto.
 Para amar a alguien hace falta cierta madurez emocional y la capacidad de conocerse y amarse a uno mismo, primero. Cuanto más a gusto te sientes y mayor es tu autoestima mejor preparado estás para encontrar a una persona dispuesta a caminar a tu lado. Se trata de querer, no de necesitar. No es sólo dar, no es sólo recibir; es dar, recibir, compartir y sobre todo respetar. Sin pisar la libertad del otro, que no tiene por qué cubrir tus carencias o cumplir tus expectativas. Ni tú las suyas.

Dos personas que se aman se apoyan mutuamente, se respetan. Son ante todo amigas, y por supuesto amantes. En cuanto a la pasión, no tiene por qué desaparecer. Con el paso del tiempo podemos ir recurriendo a truquillos varios con el fin de reavivar la llama. Donde hubo fuego, siempre quedan brasas. Ahora bien, donde nunca lo hubo…
 Cuando una relación se convierte en estable y van pasando los años, sucede a veces que cada uno de sus miembros evoluciona de manera diferente. Se distancian, se enfrían y el amor se desvanece. Hay parejas que duran dos días y otras que comparten una vida entera. Y también las hay de conveniencia, personas que están juntas por intereses económicos, sociales, o para no quedarse solas. Pero esa ya es otra historia que nada tiene que ver con el AMOR, con mayúsculas. 

Lo que está claro es que el amor es importante y parece inconcebible una existencia sin él. Como dice Erich Fromm, en su libro El arte de amar, “sólo el amor puede lograr la fusión con otra persona, siendo el impulso más poderoso que existe en el hombre. Sin amor, la humanidad no podría existir ni un día más”.









 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Pasión en Marrakech


 


(Fragmento de Pasión en Marrakech, novela ligera y entretenida, con un toque erótico que va elevando suavemente el tono a medida que el argumento avanza, permitiendo que el lector abra su mente a fantasías sexuales de fondo arabesco).


...cuando se estaba desabrochando el pantalón, golpearon con ímpetu la puerta. El susto disipó la libido de forma instantánea, lanzándola a miles de kilómetros de distancia. Nos levantamos de inmediato y, antes de que ninguno de los dos abriera la boca, oímos su voz. La de Rachid, sin duda.
       ¾¡Rápido, abre, Edurne! ¡Sé que Omar está ahí! ¡Hazlo por su propio bien!
 
Obedecí. Rachid se coló en mi alcoba con un hábil movimiento felino y cerró a sus espaldas. Omar no sé… pero yo me sentía como una colegiala a la que las monjas acababan de pillar dejándose meter mano. Me puse muy colorada.
        ¾¡Escóndete! ―me ordenó de inmediato.
        ¾¡Pero si ésta es mi habitación! ―protesté, contrariada.
        ¾¡Hazme caso! ¡Su mujer lo está buscando como loca! Está llamando a las puertas de todas las habitaciones. Soy el guía y no quiero líos de cuernos bajo mi supervisión ―añadió, con una firmeza muy convincente. Omar, nervioso, intercambió con él varias frases en árabe y siguió dando vueltas por el dormitorio, cual león enjaulado.


 
Llamaron a la puerta de nuevo. Me tiré al suelo y rodé bajo la cama. Menos mal que estaba muy delgada en esa época, porque el espacio entre el suelo y el catre era bastante reducido. Seguro que ahora me hubiese quedado atascada.
 

       ¾¿Omar? ¿Estás ahí, cielo? ―La inconfundible y temblorosa vocecilla de una Elena llorosa se me clavó en las sienes. No sé quién estaba más al borde del infarto: ella o yo. Sin perder la calma y con un aplomo sorprendente, Rachid abrió la puerta.
       ¾Aquí lo tienes, mujer. Que se ha equivocado de habitación. Como hay tan poca luz y todas son iguales ―mintió, con una delicadeza exquisita, eso sí.

        Desde mi escondite adiviné la escena con lástima. Ella dudaba y, aunque sólo podía verle los pies, la imaginé recorriendo con los ojos toda la estancia. Recordé que mis bragas habían volado por los aires y empecé a sudar. Me asaltaron terribles remordimientos de conciencia. Y por un leve intervalo de tiempo evoqué aquella horrible escena que tantas noches me mantuvo en vela: mi exmarido follándose a su secretaria en nuestro propio dormitorio conyugal. Maldito seas, Víctor, farfullé entre dientes. Aún me hervía la sangre al recordarlo.
        ¾Aquí estoy, cielo ―susurró Omar.
        ¾¿Pero de quién es esta habitación? ―interrogó la chica. Su voz sonó igual que la de una niña de ocho años preguntándole a su padre quiénes eran los Reyes Magos. Aunque sospechaba la verdad, prefería ser engañada.
        ¾¡Pues mía, mujer! ¡De quién va a ser! ―Se apresuró a corroborar Rachid, en un tono firme y seguro.
        ¾Estoy muy cansada, habibi, vámonos a dormir ―se lamentó ella.
        ¾Claro que sí, princesa ―murmuró Omar con suma cautela y sus babuchas empujaron con suavidad a las de Elena, arrastrándolas fuera de la habitación. Se cerró la puerta y la voz de mi polvo frustrado se fue alejando mientras mi corazón recuperaba el sosiego. Sólo quedaban unos pies ante mis ojos: los de Rachid y su inconfundible calzado deportivo. Visualicé mentalmente su figura cruzada de brazos, esperándome, y dudé entré salir o quedarme escondida para siempre haciéndome pequeñita, pequeñita, hasta desaparecer. Pero como esta última idea no parecía muy adulta, decidí dar la cara.
¾Voy a quejarme a la dirección del hotel porque creo que nadie limpia debajo de las camas ―dije, sacudiéndome la pelusilla del vestido, tratando de quitarle hierro al asunto. Tal y como sospechaba, el guía número dos estaba plantado en medio del cuarto, en la postura que imaginé, mirándome con dureza. Su pose de novio ofendido me ponía de los nervios.
        ¾Rachid, yo…, yo ―me sentía obligada a disculparme y no tenía muy claro por qué. Así es que me quedé muda, y paralizada. Igual que él. La tensión era tal que podía cortarse con unas tijeras―. ¡No sé qué decir!
Despegó los labios pero de su boca no salió ni un solo vocablo. Y los volvió a apretar. Su semblante lo decía todo. Ofuscado, con el orgullo herido de muerte, se dio la vuelta y abrió la puerta, aunque esta se quedó atrancada a mitad del recorrido, como si no quisiera dejarle salir. En el suelo había algo que la impedía deslizarse con normalidad. El guía número dos se agachó y, con el índice y el pulgar a modo de pinza, cogió el trozo de tela que se interponía en su camino. Eran mis braguitas. Me las tiró con rabia y salió dando un portazo. La prenda aterrizó en mi cara y de rebote en mis manos. Las piernas me temblaban tanto que me desplomé sobre la cama, lanzando un suspiro de alivio, con los ojos en blanco. Un agobiante calor incendiaba mis mejillas...
 
(Pasión en Marrakech será publicada en octubre, por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que verá la luz). 
 



¿Escritora en crisis?

Estoy en crisis, me digo a mí misma. ¿Por qué? Me pregunto, iniciando una especie de monólogo interno absurdo. Porque aún no he empezado la ...