sábado, 31 de agosto de 2013

PasiónEnMarrakech


Una mujer madura, desengañada de los hombres y algo aburrida de la vida se libera y descubre un mundo de aventuras y fantasías eróticas de fondo arabesco.




Edurne es una hermosa mujer de cuarenta y muchos años, divorciada y marcada por la traición, aburrida de la vida que lleva y volcada únicamente en su trabajo como ginecóloga.
Una noche sueña que se encuentra en pleno desierto del Sáhara, a punto de desmayarse, y un apuesto tuareg montado a caballo la rescata de morir deshidratada. Al día siguiente, decide emprender un viaje a Marruecos. Está sedienta de aventuras.

Edurne se ve sumergida en un mundo de colores, aromas, sabores y placeres que jamás sospechó. Descubre la belleza de la vida y la de los magníficos hombres con los que se irá encontrando en esa experiencia sin precedentes. Hombres de mirada penetrante y sensualidad a flor de piel que la iniciarán en los secretos más eróticos y libidinosos y con quienes disfrutará de las experiencias sexuales más lujuriosas y placenteras de toda su vida.

Casablanca, Fez, Erfoud, Ourzazate, Marrakech... Pasión en Marrakech te hará viajar con la imaginación a los más exóticos paisajes y llenará tu mente de fantasías sexuales de inspiración oriental.


Pasión en Marrakech saldrá a la venta en formato papel y ebook en octubre de 2013, de la mano de Ediciones Tombooktu. 



 

jueves, 1 de agosto de 2013

PASIÓN EN MARRAKECH

 

 
  
Edurne es una mujer muy bella, aparentemente fría aunque, en el fondo, ávida de vivir nuevas experiencias y emociones fuertes. Fue una niña de papá que creció en el seno de una familia acomodada, recibiendo una educación católica y muy conservadora. Aburrida de una vida vacía y superficial, decide viajar a Marruecos, país en el que dará rienda suelta a sus más secretos y libidinosos deseos, dando paso a una Edurne más desinhibida, sensual, sedienta de aventuras, hambrienta de pasión...
 
 
Pasión en Marrakech será publicada en octubre de 2013 por Ediciones Tombooktu.
¿Te la vas a perder...? 
 
 


lunes, 15 de julio de 2013

LA MAGIA DE LAS REDES SOCIALES

 
 
 
 
Cuando decidí crear este espacio, en noviembre del 2012, lo hice con la humilde y sana intención de darme a conocer como escritora, por una parte; y por otra, más secreta y ambiciosa, con la alocada esperanza de llamar la atención de alguna editorial. Pues bien... el milagro ha sucedido, y mucho antes de lo previsto. Seis meses después de nacer, este blog cumplía su objetivo y mi ilusión, gracias a su difusión a través de las redes sociales.
El pasado mes de mayo, Isabel López-Ayllón, de Editores de Tombooktu, se ponía en contacto conmigo a través de Facebook para hacerme una propuesta editorial. Había leído en mi blog varios fragmentos de mi novela PASIÓN EN MARRAKECH y se preguntaba si yo estaría interesada en publicarla. ¿Os imagináis mi emoción...? Acepté de inmediato y nos pusimos manos a la obra con todo ese proceso que cualquier escritor experimentado conoce ya y que yo ignoraba, aunque disponía de algunas nociones. La verdad es que ha sido un parto sencillo y a la vez estimulante, enriquecedor... lo más duro para mí es tener que desprenderme de esa criatura que tardé año y medio en gestar, y que ahora debo entregar en adopción. Pero es la única forma de hacerla llegar hasta vosotros, para que disfrutéis de su lectura tanto como yo he gozado de su escritura. Ha sido un embarazo maravilloso.
¡Quién me iba a decir a mí que un recorrido por el sur de Marruecos me inspiraría hasta tal punto! Esos aromas y ese colorido indescriptible estimularon mi imaginación, mis deseos, mi fantasía...
Así nació mi hija, PASIÓN EN MARRAKECH, que a partir de octubre será vuestra.

 
 
              


viernes, 14 de junio de 2013

Lucero del Alba

 (Canción de cuna para Alba)
 


(Poema dedicado a una niña prematura. Salió del vientre de su madre tres meses antes de lo previsto y nos tuvo con el alma en vilo durante largo tiempo. Pero nació luchadora, y cada uno de sus quinientos gramos de carne y piel se aferraron a la vida con un ímpetu digno de admiración. Bienvenida seas, Alba querida).
 
 
 
A la Luna Lunera
se le ha perdido una estrella,
que vaga triste y sin consuelo,
entre las nubes del cielo.
¿Dónde vas tan sola, criatura?
Preguntó la Noche Oscura.
Soy la hija de la Luna,
me he caído sin querer
y ahora no sé cómo volver.
¿Qué haces aquí, pequeña flor?
Quiso saber la Osa Mayor.
Me alejé en contra de mi voluntad
y no sé cómo regresar.
¿Qué pretendes, chiquilla loca?
Señaló la Bella Aurora.
Busco a mi madre,
soy una estrella.
¡Sólo quiero estar con ella!
No seas insolente,
niña inocente.
Respondió el Astro Rey.
Tu padre Sol,
que soy yo,
 te protege día a día.
Y tu madre,
la Luna,
 vela por ti, noche tras noche.
No hay lugar para el reproche.
Aunque no te des cuenta,
es mi calor el que te calienta.
Aunque tú no lo sepas,
es la Luna la que te alimenta.
Aunque no reconozcas su abrazo,
es ella
la que te acuna en su regazo.
Deja de llorar,

 duerme tranquila,
niña querida, hija del alma.
Tú no eres una estrella
cualquiera.
Tú eres... el Lucero del Alba.

 
 
 
 
 
 


domingo, 7 de abril de 2013

Blanca y radiante






Fragmento de mi libro:
ME SEPARÉ, AUNQUE LE AMABA DEMASIADO. Del amor y otras adicciones.


"...Debo admitir que al contemplarme en el espejo, ante la mirada atónita de mis acompañantes, enfundada en aquel precioso vestido de raso, largo hasta los tobillos, que dejaba hombros, cuello y escote al descubierto, me quedé perpleja y muda de asombro. Fue una sorpresa verme a mí misma como a una actriz de cine clásico. Nunca imaginé que pudiera sentirme así por una simple prenda de ropa. Me vi guapa, radiante… Comprendí que en ese supuesto gran día iba a ser el centro de atención. Mamá no pudo contener las lágrimas y tanto ella como mi hermana coincidieron en que ese era mi vestido. Parecía haber sido diseñado especialmente para mí. Me probé muchísimos y con ningún otro tuve esa sensación. Era blanco, blanquísimo, de un blanco resplandeciente, perlado. De un tacto fresco y suave como la seda. Tan sencillo y a la vez tan bonito… Entallado de arriba abajo, marcando la figura, y desde la cintura, por la parte de atrás, le salía una larga cola de quita y pon. Con la cola puesta era el típico vestido de novia, aunque en absoluto convencional; sin ella, un elegante vestido de noche blanco, con un corte en la falda, por detrás, dejando entrever las piernas. Bello, sencillo y a la vez llamativo. Un verdadero acierto que no logró mitigar, sin embargo, las dudas y la angustia que me corroían por dentro, a medida que se acercaba el día.

Cuando pensaba en la boda me invadía una mezcla de emoción e incertidumbre. Una especie de desasosiego inoportuno me recorría de arriba abajo, haciéndome temblar. ¿Qué me pasa? Me decía a mí misma. ¿Acaso no es él el hombre con quien deseo de verdad compartir mi vida? ¿Acaso no he luchado contra viento y marea, en épocas de turbulencias, para salvar lo nuestro…? Cada vez que trataba de imaginarme vestida de blanco, caminando hacia el altar, mi sueño se convertía en pesadilla. Mi madre lloraría de la emoción y mi padre no cabría en sí de gozo, y allí estaría yo, rodeada por un montón de seres queridos y otros no tanto. ¿Pero… era eso lo que quería? Incapaz de reconocer que tal vez el hombre elegido no era el adecuado, culpé de mi desazón al hecho de ceder ante el deseo de la familia de celebrar una boda tradicional, en lugar de irnos a vivir juntos sin más, como en el fondo deseábamos. Y me prometí a mí misma un par de cosas: la primera, que ese día dejaría sobre el altar un puñado de convicciones, tradiciones y falsos principios que me echaron encima al nacer y cargué sobre mis espaldas durante años, como una buena niña; y la segunda, que si alguna vez tenía hijos les permitiría ser dueños de su persona y actuar en libertad, tomando decisiones por sí mismos, dependiendo de sus propios principios, que yo respetaría. Procuraría estar a su lado siempre que me necesitasen, pero no me metería en sus vidas más de lo estrictamente necesario..."






sábado, 16 de marzo de 2013

Otman



(Extracto
de mi novela 
PASIÓN EN MARRAKECH).



Cuando llegué a la habitación de Otman comprendí por qué nos habíamos citado en esa y no en la mía. Abrió la puerta despacio y, con un gesto de su mano, me invitó a pasar. Penetré con sigilo y obedecí a su sugerencia de descalzarme. Era mucho más amplia y espaciosa que la mía, y olía a una mezcla de hierbabuena e incienso. La cama estaba al fondo y no tenía patas, o tal vez se trataba de un simple colchón, aunque vestido y adornado con su colcha roja y negra, y sus almohadones cilíndricos, del mismo color. El suelo estaba cubierto en su totalidad por alfombras y cojines de tonos calientes: granate, rosa fucsia, naranja… Paredes pintadas de lila, y una luz tenue. Otman estaba descalzo. Iba cubierto, del cuello a los tobillos, por una blanca chilaba, y adiviné su cuerpo desnudo bajo esa prenda. Se notaba que acababa de ducharse, olía muy bien. No llevaba el turbante y se había peinado el cabello, aún mojado, hacia atrás.
            Por mi parte, yo también me había esmerado como nunca en mi acicalamiento personal. A falta de la posibilidad de tomar un baño de espuma, me rocié de arriba abajo con agua de rosas. La había comprado en Fez, en un puesto en el que vendían todo tipo de productos cosméticos a unos precios increíbles. Por lo visto, el agua de rosas y el aceite de almendras son dos de los principales secretos de belleza de la mujer marroquí. Solía llevar el cabello recogido en cola de caballo, pero esta vez, decidí dejarlo suelto. Aunque lo tengo tan liso y fino que jamás se encrespa, lo cepillé a conciencia, hasta hacerlo brillar. Después de revolver mi maleta, desnuda, tratando de decidir qué ponerme, opté yo también por una especie de túnica violeta que lucía unos ornamentos egipcios. Amplia y medio transparente. No me puse nada debajo y me pareció que quedaba de lo más sugerente. Sabía que la ropa me iba a durar poco rato puesta, aun así, deseaba causarle buena impresión, seducirle, provocarle... Una extraña sensación se alojaba en mis entrañas. En mis cuarenta y muchos años de existencia jamás había experimentado nada igual. Recordé varios episodios de mi pasado. Hice un recorrido mental de lo que había significado para mí el sexo hasta ese momento y la única palabra que se me ocurrió para definirlo fue: decepción. Tan sólo evocaba con algo de cariño y simpatía los revolcones con mi primo Álvaro y la irresistible excitación que me provocaba la voz de aquel sacerdote con el que me confesaba en mi época de numeraria. De la vida íntima conyugal que pasé con Víctor no valía la pena ni acordarse. Y las veladas con Asier en las que él casi lloraba de emoción y yo me aburría fingiendo el orgasmo… sólo podían calificarse de soberanamente tediosas. Eso había sido mi vida sexual hasta llegar a Otman.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me instó a hacer lo propio. A su lado reposaba una bandeja con una humeante tetera y un par de vasitos. Llenó uno de los vasos dejando caer el chorro desde muy arriba. Después el otro. A continuación levantó la tapa de la tetera e introdujo de nuevo el contenido de los vasos en el recipiente. Me explicó que se hacía así, según la costumbre. La segunda vez que los llenó fue la definitiva. Me ofreció dátiles, almendras y un sabroso dulce relleno de trocitos de pistacho y miel. Me sorprendió su ceremoniosa forma de cortejarme. Apenas hablábamos, pero intercambiábamos unas miradas capaces de derretir la Antártida.
--¿Cuántos años tienes? –pregunté, para romper el hielo.
--Veintinueve. ¿Y tú?
--¿No sabes que a una dama no se le pregunta la edad? Sólo te diré que podría ser tu madre –agregué. Él se echó a reír.
--Si la conocieras no opinarías lo mismo. Tú podrías ser su hija. Pareces muy joven y eres guapísima.
--Gracias… –contesté. Un fugaz rubor acarició mis mejillas durante leves segundos. Desvié la mirada para luego lanzarla, directa, hacia él.  
Otman ladeó la boca, sonriendo. Si observaba su cara, veía al niño. Si escrutaba su cuerpo, veía al hombre. Imagino que adivinó mi pensamiento y percibió mi deseo porque se incorporó, se desprendió de la única prenda que lo cubría y se exhibió desnudo ante mis alucinadas pupilas. No podía mostrarme como la mujer desinhibida y liberada que no era, así es que me puse de pie, suspiré, cerré los ojos y decidí dejarme llevar. De repente, la niña era yo. Volvía a ser una inocente chiquilla con uniforme de colegiala. Y el experto amante dispuesto a elevarme al séptimo cielo era un joven de rostro casi imberbe que, a ratos, usaba turbante. Noté sus manos palpando mi anatomía de arriba abajo. Cuando llegaron a los bajos de la túnica, empezaron a moverse en dirección ascendente, arrastrando la tela a su paso, hasta arrancármela. Me dejé hacer, temblorosa, con los párpados apretados.
--Mírame –ordenó, y obedecí sin titubeos--. ¿Qué te pasa, señora? ¿Te arrepientes de estar aquí? –incluso su manera de hablar, ese tono imperativo y a la vez respetuoso, y su acento… me seducían.
--Oh, no, no –me apresuré a aclarar--. Al contrario. Adoro estar aquí contigo. Soy tímida, eso es todo.
--¿A tu edad? No puede ser… no me mientas, por favor.
Era de mi estatura. O quizá un par de centímetros más, a lo sumo. Estábamos erguidos, frente a frente, casi pegados. Sus ojos a la altura de mis ojos, sus labios a la altura de los míos. Peinó con sus dedos mi cabello hacia atrás. Lo tenía muy largo en aquella época, casi me llegaba por la cintura. Luego me sujetó la cara entre ambas manos y me besó. Con suavidad, primero, impetuoso después. Me permití a mí misma poner la mente en blanco y dejarme llevar. Sus labios eran gruesos y ardientes. Su lengua, dulce, se movía dentro de mi boca con asombrosa habilidad, acoplándose a la mía como si se conocieran de toda la vida. Su miembro erecto tropezaba con mi vientre una y otra vez. Yo no sabía qué hacer, me sentía torpe, turbada. Le rodeé con mis brazos y me apreté contra él.
--No te cortes, señora. ¡Tócame! Estamos aquí para disfrutar.
Mis manos trazaron la curva de su espalda hasta llegar a su trasero. Poseía un cuerpo maravilloso. Era un verdadero Adonis. Su piel era cálida y suave como la de un bebé. El tacto de su musculatura, en cambio, resultaba imponente, poderoso, vibrante. Su agitada respiración aumentaba el ritmo al tiempo que mi vulva engordaba hasta convertirse en una jugosa fruta, abierta y madura, lista para ser saboreada. Él debió suponerlo porque me cogió de la mano y me llevó al catre. Me dejé caer sobre un mullido colchón y me quedé ahí tumbada, rodeada de cojines multicolores, ebria de deseo, expectante, excitada… muy excitada. Olvidé ese recato tan mío, el pudor, la vergüenza... Me convertí en una mimosa y receptiva Edurne. Una hembra en celo. Abrí las piernas de par en par, impaciente. Y con cada nuevo movimiento me parecía que yo no era yo, aunque puede que lo fuese más que nunca. Emitía gemidos que me resultaban ajenos, pero que salían de mi garganta. Anhelaba sentir esa...


(Pasión en Marrakech

 fue publicada en octubre del 2013 por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que ve la luz). 
 
 




domingo, 17 de febrero de 2013

El respeto a las diferencias




Hace tres décadas yo era una adolescente lunática y taciturna incapaz de decir esta boca es mía. A pesar de esa evidencia o puede que debido a ella, disfrutaba siendo el centro de atención gracias a mis atrevidas indumentarias y peinados. Consecutivamente, fui adoptando el look de diversas tribus urbanas: heavy, hippy, siniestra… al tiempo que descubría con avidez los estilos musicales ligados a cada una de ellas. Lo que más me gustaba era sentir esas miradas aterrorizadas clavadas en mí. Escandalizaba a vecinos, profesores, familiares y, por encima de todo, a mis propios padres. Mi desdeñosa actitud provocaba en el ámbito hogareño unas batallas descomunales que traían a mi madre por la calle de la amargura. Han transcurrido seis lustros pero lo cierto es que conservo muy vívidos aquellos recuerdos en mi memoria. Mis padres padecían. Les preocupaba sobremanera el qué dirán, y a menudo cargaban sobre mi espalda un sentimiento de culpa tan pesado como una losa. Aun así, me mantuve firme en mis trece de no pasar por el tubo y seguir siendo yo misma dijeran lo que dijesen. No entendía que no fuesen capaces de ver que más allá de esa extravagante ropa negra, las muñequeras de pinchos y el cabello encrespado a conciencia, no había más que una tímida muchacha muerta de miedo y desasosiego, tratando de hacerse un hueco en esa adultez que afloraba, inexorable. Maduré rodeada de incomprensión y cargada de sus consecuentes inseguridades. Y con el paso del tiempo comprendí que no era yo la que hacía sufrir a mis padres sino que ellos mismos se provocaban el sufrimiento, empeñados en obligarme a ser lo que no era y a dejar de ser lo que era.  


La rueda sigue girando




Ahora soy madre de un insurrecto adolescente que un día lleva el cabello amarillo pollo y a la semana siguiente azul, además de un piercing en la lengua y otro en el séptum. Con la enorme diferencia de que yo siempre he tenido claro de qué lado estoy, y me importa un comino lo que diga el vecino de al lado, la fisgona de la portera o la pesada de su abuela (sí, sí, la misma que me amargó la pubertad se esmera en lograr lo propio con la del nieto, aunque sus repetidos intentos caen en saco roto una y otra vez, por suerte. Y que conste que lo digo desde el cariño de mi posición de hija). Durante la adolescencia, esas personitas que hemos traído al mundo y que no son de nuestra propiedad, buscan su identidad. Pasan por distintas etapas y gustos en cuanto a la forma de vestir, el estilo de música, el peinado y las amistades. Se buscan a ellos mismos, y no siempre les resulta fácil hallarse. He educado al chico a mi manera, guiada por mi instinto, no siguiendo muy al pie de la letra las recomendaciones de manuales sobre educación infantil y juvenil, ni los consejos de los profesores. Y sin embargo me siento orgullosa del resultado. Es un muchacho espontáneo y alegre que confía en su propio criterio y cuya creatividad no tienen límites. No me importa que experimente con su pelo y con su ropa. Mientras no lo haga con las drogas y el alcohol estoy tranquila. Sabe lo que quiere y lo expresa en voz alta sin tapujos. Se siente libre, respaldado y seguro. Además, carece de prejuicios. Desde muy pequeño ha tenido amigos de diferentes orígenes y razas. No obstante, cuando me habla de cómo son las cosas en el instituto y en el barrio, tomo conciencia de lo poco que ha avanzado el mundo en algunos aspectos, y ahí es cuando soy yo la que se escandaliza. Vivimos en una ciudad cosmopolita y multirracial donde las haya. Nos las damos de liberales, pero la realidad cotidiana y palpable es otra. Mucha gente sigue abriendo unas pupilas como platos cuando ve a jóvenes con piercings, rastas en el cabello o dilataciones en las orejas, por ejemplo. No lo entiendo. Para mí lo que importa de las personas es su alma. Si miras a alguien a los ojos puedes hacerte una rápida idea de lo que hay en su interior, dejando a un lado el color de su piel, la extravagancia de su indumentaria, su creencia distinta a la tuya, o su orientación sexual.



 Ni racistas, ni homófobos


Se supone que la nuestra es una sociedad tolerante y abierta. El fenómeno migratorio nos ha puesto en contacto directo con personas de muy diversas procedencias y todo parece indicar que un buen puñado de culturas, idiomas, religiones y razas conviven en paz y armonía. De boquilla pa fuera nadie es racista, ni homófobo, qué curioso. Pero solo de boquilla pa fuera. En nuestros progresistas centros de enseñanza, comentarios como maricón de mierda siguen formando parte del elenco de piropos que intercambian los chavales, así como el ya manido aunque no por ello menos abominable moro de mierda, o sudaca, sin que los profesores hagan demasiado al respecto. Y si un muchacho de quince años decide (con un par) no ocultar su homosexualidad se puede encontrar, al entrar en el vestuario masculino, con el lamentable espectáculo de sus compañeros tapándose a su paso, alejándose de él, haciendo malabarismos para no rozarle siquiera. Y si le explica esta anécdota al jefe de estudios o al tutor se puede topar con una respuesta como: “¡Es que tú te exhibes! Disimula un poco”. Tristemente, esto me demuestra que la sociedad ha avanzado solo en apariencia. Se permiten los matrimonios gays pero, en el fondo, no se aprueban. Se habla de interculturalidad aunque, a la hora de la verdad, vivimos juntos pero no revueltos. La mayoría de chicos pakistaníes que estudian en nuestras escuelas se mezclan sólo con otros chicos pakistaníes, lo mismo ocurre con los chinos. No se debe generalizar, lo sé (¡esa es otra! La maldita manía que tenemos de generalizar: que si los musulmanes tal y cual; que si los gitanos esto y lo otro; que si los rumanos tal y pascual. ¡Hala ya está! Etiquetados y metidos cada uno en su saco). No obstante, me atrevería a afirmar que los marroquíes y sudamericanos son más abiertos y no temen mezclarse con personas de una cultura o creencia distinta a la suya. Con todo y con eso, siempre está la excepción que confirma la regla, por supuesto.



Abrir la mente





No pretendo dármelas de gurú, pero ahora que ya tengo cuarenta y tantos largos y me ha dado tiempo a tropezar y volverme a levantar unas cuantas veces a lo largo del camino, me doy cuenta de que si hubiera confiado más en mi propio instinto, en lugar de dejarme llevar por lo que opinan los demás, muchas de las cosas que han complicado mi existencia hasta el infinito, no lo hubieran hecho. Personas sanas, íntegras y honestas las hay en todas partes. Perversas y sin escrúpulos también. Eso no depende de la raza u orientación sexual que uno tenga, ni de la creencia o tribu urbana que uno elija, si es que elige alguna. En mi época gótica, mientras paseaba con una amiga de indumentaria tan fúnebre como la mía y rostro tan asqueado y lúgubre como el mío, una pareja de punkies se nos plantó delante y, sin mediar palabra, uno de ellos me cruzó la cara de un bofetón. Así, sin más. Acto seguido continuaron su camino, y nosotras, patidifusas a la par que estupefactas, el nuestro. ¿Por qué lo hizo? Vete tú a saber. Igual estaba colocado, pero lo más probable es que lo hiciera porque pertenecíamos a una tribu urbana distinta a la suya. En mi humilde opinión, lo que se esconde detrás de esa reacción es un comportamiento primitivo y poco evolucionado, pero muy inherente al ser humano. Me da mucha pena comprobar día tras día que en pleno siglo XXI algunas cosas permanecen tal y como eran en la Edad Media. Así pues, no seamos trogloditas, abramos nuestra mente y enseñemos a nuestros hijos a abrir la suya. Negros, blancos, punkies, pijos, ricos, pobres, homosexuales, heteros, musulmanes, cristianos, guapos y feos; todos somos criaturas de Dios (o del Universo, si lo prefieres). Vive y deja vivir, ese es mi lema. Menos juzgar y más respetar.


¿Escritora en crisis?

Estoy en crisis, me digo a mí misma. ¿Por qué? Me pregunto, iniciando una especie de monólogo interno absurdo. Porque aún no he empezado la ...