jueves, 24 de septiembre de 2015

La vecina Tánger





Me acerqué a la vecina Tánger. Paseé a pleno día por las calles del Boulevard y me camuflé entre sus gentes, arriesgando la vida propia y la ajena cada vez que atravesaba la avenida, tratando de esquivar los coches. Intenté pasar desapercibida, con mi cabello recogido, mis faldas amplias y largas, de tela tupida, y mis blusas holgadas de media manga, pese a ese sol que parecía reírse de mí sin disimulo, señalándome con el dedo, mirándome de soslayo, persiguiéndome implacable como si fuese el objetivo único de su incandescencia. Por más que me empeñara, mi condición de extranjera quedaba patente en los músculos contraídos de mi rostro al cometer el acto suicida de cruzar la carretera. Los autóctonos —vehículos y transeúntes— se entremezclan con naturalidad, en una especie de baile cuya coreografía no encaja con ninguna norma de tráfico.





Aun así, me relajé desayunando en el Salón de Té La Giralda, mientras contemplaba la espléndida panorámica que ofrecen sus cristaleras. A escasos metros El Minzah, emblemático hotel; y más cerca aún, justo en la acera de enfrente, una larga hilera de adolescentes ociosos descansando sobre una muralla; algunos observan a los turistas que se fotografían junto al cañón; otros estallan en absurdas risotadas, entre humaredas de hachís; y otros clavan sus pupilas más allá del Estrecho de Gibraltar y de sus aguas —Mediterráneo al este, Atlántico al oeste—, en la tierra que asoma al otro lado, con sus falsas promesas de prosperidad europea.






Penetré en la caótica Tánger. Merendé en la pastelería La Española, degustando un sabroso petit pain au chocolat acompañado por un dulcísimo té a la hierbabuena, y aunque aguanté lo que pude, no me quedó más remedio que hacer uso del abanico que suelo llevar en el bolso, atrayendo aún más, si cabe, la curiosidad de las miradas femeninas y la picardía de las masculinas. Sacié mi sed con el vaso de agua —a veces botellín— que te sirven sin que lo pidas. Luego continué mi paseo calle abajo hasta perderme en el zoco, donde tampoco en esta ocasión aprendí a regatear; pero sí pude comprobar, por enésima vez, que aunque mis labios estén sellados, ellos perciben a la legua mi lugar de procedencia, y se dirigen a mí en mi idioma, algo que no sucede a la inversa.






Me mimeticé con la multitudinaria Tánger. Recorrí su paseo marítimo dirigiendo la vista a la playa de la Malabata, saboreando las semillas de girasol que acababa de adquirir por un dirham —unos diez céntimos de euro—. El vendedor ambulante las llevaba en una cesta junto a otros frutos secos, y no pude resistirme, me encantan las pipas; cogió un puñado con la mano y las depositó en un cucurucho de papel preparado por él mismo. Se notaba que eran recién tostadas porque aún estaban calientes. 
En Occidente nos dejamos seducir por el bonito aspecto de las cosas. Cuando vamos al supermercado la fruta está limpia, brillante, bien colocada. Y a menudo sucede que al comerla la encuentras insípida. En Marruecos ponen las hortalizas a la venta recién sacadas de la tierra, incluso aún con restos, su aspecto no enamora a simple vista pero el sabor es auténtico, como ese del que conservo un vago recuerdo de mi niñez, cuando las naranjas aún sabían a naranjas. Como esas crujientes y deliciosas pipas a granel.






Tropecé con las dos caras de la moneda de Tánger. Otras cosas —no tan jugosas como las naranjas— me recordaron a la Barcelona de mi infancia: los descampados, idénticos a aquellos en los que jugaba de chiquilla; o la dejadez de las personas aún no concienciadas de que las papeleras son para echar en ellas los desperdicios, y que los contenedores de basura sirven para tirar en su interior la inmundicia, en lugar de abandonarla en cualquier esquina a merced de los gatos callejeros y de las altas temperaturas. También suspiré con tristeza y meneé la cabeza con desaprobación cuando vi chavales de no más de diez o once años despachando en las tiendas o mendigando en las calles, sin que nadie se mostrase indignado o sorprendido.






Me quedé boquiabierta con la disparatada Tánger. Vi básculas de baño colocadas en medio de la acera con un dirham reposando a su lado; maniquíes con peinados imposibles en las tiendas de ropa de mujer; exquisitos dulces de diferentes formas, tamaños y sabores expuestos al alcance de las personas y de las abejas; escaparates con vistosos caftanes elaborados con telas de las más variadas tonalidades y texturas; y tendederos plegables repletos de toallas extendidas, en la puerta de las peluquerías...






Experimenté la aventura de coger un taxi en Tánger. Esperé en la parada a que hubiera más personas con el mismo destino, y cuando el vehículo estaba abarrotado —dos ocupantes en el asiento del copiloto y cuatro atrás— emprendimos la marcha, custodiada a ambos lados por mis hombres —marido e hijo—, y si uno de los dos no estaba me ponía en el extremo o pegada a una mujer, jamás junto a un varón que no sea de mi familia. Así fuimos hasta Tetuán, a unos cincuenta kilómetros de distancia —treinta dirhams por persona— y hasta Asilah, a cuarenta kilómetros —veinte dirhams, o sea dos euros—.





¿Qué si podría acostumbrarme a vivir en Tánger, con su estrés típico de capital...? Por poder, podría; pero no es mi ideal. 




Si me dieran a elegir me quedaría en la pacífica y bella Asilah, blanca y azul, en la que puedes pasear por la medina; perderte en el zoco; fotografiarte con unos músicos gnawa; y lo mejor de todo: recorrer kilómetros y kilómetros de playa desierta, caminando descalza sobre una mullida alfombra de arena mojada. Serena, infinita, bañada por el Atlántico. 

Ahí donde la prisa mata me quedaría ahora mismo, sin pensarlo dos veces. Lejos del ajetreado bullicio de cualquier ciudad.







  

sábado, 20 de junio de 2015

El amor por la lectura





Dicen los expertos que para fomentar el amor por la lectura en los niños lo mejor es predicar con el ejemplo. Si los padres leen, los hijos leen. Puede que esta teoría se cumpla en algunos casos, de hecho el ser humano aprende por imitación y en general los menores de la casa tienden a emular las conductas de los mayores. Sin embargo, no siempre sucede así, y lo digo por mi propia experiencia.

Mis padres apenas fueron al colegio el tiempo suficiente para aprender a leer, escribir y las normas básicas de la aritmética. Yo no nací en un hogar lleno de libros, aun así, el amor por la lectura surgió en mí mucho antes de que en el instituto me obligaran a leer a Homero, Calderón de la Barca o Shakespeare. Mi hermana y yo empezamos a coquetear con los libros mucho antes que con los chicos, ella más que yo, la recuerdo como una lectora compulsiva devorando sin piedad a Enid Blyton, Agatha Christie o Isabel Allende desde muy pequeña. Leer nos parecía (y nos sigue pareciendo) divertido, y una buena forma de llenar las interminables horas de ocio de las vacaciones de verano, por ejemplo.







Mi padre empezó a leer cuando se jubiló, hace unos veinte años, y también se ha convertido en un lector voraz. El tráfico e intercambio de libros entre mi hermana, mi padre y yo es continuo desde entonces. 




Cuando nació mi hijo tuve muy claro, desde el primer momento, que haría todo lo que estuviera en mi mano para que amara los libros. Le leía cuentos por las noches desde que no era más que un bebé. Adquiría, o pedía que le regalaran, aquellos títulos que trataban sobre temas que a él le llamaban la atención. La saga de Geronimo Stilton, la de Harry Potter y más tarde la de Crepúsculo fueron algunas de las llenaron su estantería, a medida que crecía. Pero me salió el tiro por la culata. Mi hijo no leía. No leía nada de nada. ¿Cómo es posible? Me preguntaba yo. Si siempre ha visto esta casa llena de libros, si me ve a mí, que no termino uno cuando ya estoy empezando otro. Se lo recriminaba una y otra vez. Tampoco era buen estudiante. ¿Cómo puede ser? Me indignaba. Si yo no sólo era buena, sino la típica empollona que sacaba excelente en todo. Este asunto me tenía muy frustrada. Al final me di por vencida. Tuve que resignarme a la evidencia: mi hijo no era estudioso, ni amante de la lectura. Increíble pero cierto. Me costó encajarlo. Y al final lo asumí a regañadientes. 


Un buen día mi hijo descubrió a Abdelá Taia, escritor marroquí que logró llamar su atención. Por voluntad propia decidió leer Mi Marruecos, su primera novela; después la segunda y luego la tercera... Eso no fue más que el desencadenante.


La tarde que lo pillé con el tocho de La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, casi me desmayo. "¿Sabes qué, mamá?" Me dijo entonces. "Me he dado cuenta de que leer es como ver una película, pero mejor, porque imaginas las cosas a tu manera y le pones la cara que quieres a los personajes. ¡Me encanta!" Estuve a punto de llorar de la emoción. Tantos años intentando infructuosamente inculcarle el amor por la lectura y el muy tozudo sólo lo hizo cuando le dio la gana. Lo mismo sucedió con los estudios: cuando dejé de machacarle con ese tema sus notas subieron como la espuma. ¡Es lo que tienen los hijos! Cuanto más te empeñas en que hagan algo, menos lo hacen. Pero si les das un margen de confianza y respetas su libre albedrío, te sorprenden agradablemente.   

  



 

sábado, 23 de mayo de 2015

Haciendo balance

 
 
 
 
Cuando decidí sacar a la luz Me separé, aunque le amaba demasiado, no esperaba que tuviera gran repercusión, esa es la verdad. Lo hacía para concluir algo iniciado bastantes años atrás, que se había convertido en asignatura pendiente. Y también porque tenía ganas de averiguar por mí misma cómo era eso de publicar a través de Amazon. Han pasado cuatro meses y creo que ya puedo hacer un pequeño balance de cómo está resultando la experiencia, tanto en lo referente a la autoedición como a la acogida que está teniendo el libro.
 
 
 
 
Para empezar, la parte técnica del acto en sí de subirlo a Amazon nos dio mucho trabajo, porque no es una novela, y está escrito con distintos tipos de letras para diferenciar las partes narrativas de los artículos que tratan temas específicos. Eso representó la primera dificultad; la segunda fue que mi empeño en publicarlo tanto en formato digital como en papel multiplicó por dos el esfuerzo y las horas dedicadas al proceso; y la tercera, que un elevado porcentaje de personas interesadas hasta ahora en el libro eligen pedírmelo directamente a mí (y por supuesto dedicado), circunstancia que me obliga a invertir gran parte de mi tiempo en tareas de comercial y de relaciones públicas que nunca antes había realizado.
 
 
 
 
No obstante y como ya sabéis, prefiero hacer hincapié en los aspectos positivos de toda vivencia. Y en esta ocasión no voy a hacer una excepción.
 
 
 
 
 
Esta forma de publicación (sin editorial) me está permitiendo cobrar cada mes, y eso me parece tan maravilloso y sorprendente que hasta me cuesta creerlo. No son grandes cantidades, pero son mías, y Amazon me las ingresa con rigurosa puntualidad mensual, lo que me permite, al menos, ir cubriendo los gastos ocasionados por el diseño de la portada y los marcapáginas, por ejemplo.
 
 
 
 
Por otra parte, gracias al hecho de que un buen puñado de lectores escogen encargármelo a mí, no sólo estoy recuperando el contacto con amigos que hacía lustros que no veía, sino también conociendo a gente estupenda.
 
 
 
 
 
No obstante y sin lugar a dudas, lo mejor de todo son las opiniones de los lectores, que están siendo excelentes. Eso es, con diferencia, lo más gratificante de escribir y publicar. Y en este caso me dejan sorprendida y boquiabierta, porque mis expectativas, como ya os he dicho, eran bastante más modestas.
 
 
 
 
 
Os dejo unas cuantas:
 
"Mar, muchas felicidades por este libro, me lo terminé ayer y me ha gustado mucho. Me he sentido muy identificada con él en muchos aspectos". MARGARITA GARCÍA SANCHO.
 
 
 
 
 
 
"A mí me ha encantado y creo que puede llegar a ayudar a mucha gente. Me ha emocionado, me ha puesto triste, desata los sentimientos. Muy bueno". MARÍA BEGOÑA MATELLANES.
 
 
 
 
 
"Lo terminé el sábado. Muy difícil para mi opinar sobre este libro porqué lo he sufrido de principio a fin... Creo que puede ser muy útil para las personas que hayan pasado por la misma situación. Y si no es así también es bueno leerlo para conocer una historia de superación y tener fe en que de todo se sale... Y qué puedo decir de la escritora, pues que está consiguiendo su sueño porque se lo ha ganado por luchadora y sin duda se lo merece todo... VAMOS A POR LOS SIGUIENTES!!! Los estamos esperando!!!!" ANA MONTILLA SÁNCHEZ.
 
 
 
 
 
"Hola, Mar:
Ya he terminado tu libro. Lo leí el mismo viernes por la tarde, no podía dejar de leer. Me atrapó la historia de principio a fin. Mientras lo leía pensaba en ti, en el sufrimiento sostenido durante tantos años. En el dolor por el que has pasado. La verdad es que me ha impresionado, tanto por la manera de plantearlo, haciendo anotaciones de diferentes autores sobre la psicología de los personajes, como la propia historia. Me parece un buen libro. ¡Me ha encantado! Espero que pueda ser leído por muchas personas, porque creo que merece la pena. No es sólo una historia, es también la reflexión de diferentes profesionales de la psicología sobre el perfil de los personajes. Un abrazo". LOURDES CANO.
 
 
 
 
 
 



lunes, 27 de abril de 2015

Un Sant Jordi más que quedó atrás

 
 

Por un momento temí, el pasado miércoles, que lloviera al día siguiente. Ya se sabe que la primavera es inestable, y no me fío demasiado de las previsiones meteorológicas. Sin embargo, apenas tardé unos segundos en ahuyentar mis temores y pensar: "Imposible. Mañana es Sant Jordi, seguro que lucirá un sol radiante y disfrutaremos de un día espléndido". Y efectivamente, así fue. Para mí la magia empezó la tarde anterior, cuando mi amiga Mei me pidió algunos ejemplares de Pasión en Marrakech y de Me separé, aunque le amaba demasiado, para decorar con libros y rosas, como es su costumbre por estas fechas, el escaparate de su tienda ART I DECORACIÓ.

Y es que éste es uno de los comercios más antiguos del barrio La Marina, que ha logrado sobrevivir a la crisis y a la proliferación de centros comerciales que ha tenido lugar en los últimos años. Mei, la chica de la eterna sonrisa, es muy apreciada en el barrio, tanto que pocos se resisten a hacer una pausa en su tienda para conversar un rato con ella después de la dura jornada laboral o antes de iniciarla. Y yo no soy una excepción. Por otra parte, a la gente del barrio le hace gracia enterarse de que tienen una vecina escritora, y tengo que confesar que Mei ha jugado un papel importante en la difusión de esa información, dándole marcapáginas a sus clientes y a sus amigas. La verdad es que entre ella, mi padre y mi hermana tengo a los mejores representantes de toda la ciudad.


Llegó el 23 de abril, con su habitual ajetreo. Había quedado a las 10h en Jojos Llibres con Óscar, el dueño de esta librería de reciente apertura. Además, estaba deseando conocer a mi compañera de editorial Mencía Yano. Entre unas cosas y otras yo iba en modo "este va a ser un día mágico", por lo que no es de extrañar que ya en el autobús me sentara, con la sonrisa puesta, al lado de un joven lector, y decidiera, así sin más, regalarle unos marcapáginas, hecho que dio pie a una interesante conversación. Casualmente o no (porque soy de las que piensan que todo sucede por alguna razón) el chico resultó ser un licenciado en Historia sumergido en la nada fácil tarea de terminar su doctorado a corto plazo y, a la vez, con el objetivo en mente de escribir una novela histórica. Nuestra improvisada charla giró en torno a ese tema; el suyo me pareció un excelente proyecto; le escuché, le animé, y tengo la sensación de que le di (o me gustaría creer que fue así) el empujoncito que necesitaba para sacudirse el miedo y lanzarse a cumplir su reto. Espero que lo consiga.




 






¡Al fin llegué a Jojos! Con la lengua fuera, por cierto, porque estaba más lejos de lo que había calculado (para mí, que vivo tocando Hospitalet, en el otro extremo de Barcelona). Primero conocí a Óscar, muy simpático, y después a la encantadora Mencía (con la que ya tenía una amistad virtual), que acababa de llegar de su Galicia natal para vivir esa jornada tan especial de Sant Jordi y para presentar su novela El amor siempre llama dos veces.




Mencía y yo pasamos todo el día juntas, de ahí nos fuimos a la Llibrería Santos Ochoa, donde nos esperaba Montse Blanca con su simpatía habitual.



Después corriendo hacia Sagrada Familia, donde en el puesto de la Llibrería La Ploma ya estaba firmando ejemplares de Espérame en París nuestra compañera Susana Cañil, abordando a los clientes con el desparpajo que la caracteriza y esa eterna pose de "antes muerta que sencilla". ¡Cómo nos reímos! El tiempo transcurrió en un plis plas, Mencía y yo tuvimos que despedirnos de Susana y de nuevo a cruzar Barcelona en metro para llegar a Plaza España donde nos tomamos un merecidísimo descanso comiendo en un japonés, en el centro comercial Las Arenas. ¡Pero ahí no quedó todo! Porque después del café de la sobremesa nos dirigimos al Ferrocarril de la Generalitat de Catalunya que nos transportó hasta el Corte Inglés de Cornellà de Llobregat. El cansancio iba aflorando inexorable, sobre todo en ella, que la pobre no había pegado ojo en su noche viajera. Pero ahí estábamos, sin perder la ilusión ni por un instante. Ni siquiera cuando tuvimos la certeza de que la cola kilométrica que nos acechaba no era para nosotras, sino para el político Albert Rivera, de Ciudadanos, que, sentado a nuestro lado, se hinchó de firmar ejemplares de su libro "Un cambio sensato". ¡Ni por esas perdimos las ganas y el buen humor! Fue un día maravilloso lleno de sorpresas. Para Mencía su primer Sant Jordi; para mí el segundo; para ambas apenas unas migajas de lo que serán nuestras largas y fructíferas carreras literarias.



 Ocurrieron un sinfín de anécdotas llenas de encanto, como el hecho de que una admiradora de Mencía no llegara a tiempo a las firmas de Cornellà y nos encontrara después casualmente, paseando por el Corte Inglés. ¡Le dio una alegría! O como reencontrarme con una amiga a la que no había vuelto a ver desde que íbamos juntas a Primaria (¡a E.G.B.!) y que al enterarse de que estaba firmando libros en Cornellà fue expresamente a saludarme.




Dicen que lo bueno si es breve, dos veces bueno. Pues así de rápido se me pasó el día, ¡como en un soplo!

Y ahora ya...
¡A esperar otro Sant Jordi!






 

lunes, 13 de abril de 2015

Magia y pasión en la Ciudad de la Lectura

 


La creación de Un cuaderno en la escalera, hace poco más de dos años, me ha aportado no sólo la posibilidad de darme a conocer como escritora sino, además, la oportunidad de entablar contacto con personas que aman la literatura tanto como yo. Así conocí a Inmaculada Jiménez Gamero, por ejemplo. Aunque también es escritora, ella fue una de las primeras en depositar un comentario en mi blog, en calidad de lectora.

 
Durante un tiempo fuimos "amigas virtuales", pero como la casualidad quiso que la distancia geográfica no fuese un impedimento para conocernos, no tardamos ni dos meses en sentarnos juntas a tomar un café y conversar, como si nos conociéramos de toda la vida. Ahora somos grandes amigas que, entre otras muchas cosas, comparten su pasión por las letras.
 
 


Eso sí, si en algo nos diferenciamos es que yo soy más propensa a encerrarme a escribir y olvidarme del mundo; Inma, en cambio, si bien jamás deja de escribir, tampoco se le escapa ni una sola oportunidad de asistir a tal presentación o tal otro evento. Es un torrente de ideas, no se está quieta. Por eso no me pilló por sorpresa cuando me anunció que tenía una iniciativa para crear un grupo de tertulias literarias, hace ya un par de primaveras.

 


¿Pero dónde, cómo y cuándo? Me preguntaba yo, que no hubiera sabido ni por dónde empezar. Ella, sin embargo, siempre sabe a qué puerta llamar. Hacía tiempo que conocía a Granada Sandoval, poeta y escritora que durante veinticinco años fue presidenta del Círculo Artístico Literario Semillero Azul, entidad de la que formó parte también la pintora María Pilar Gómez de Miguel, primero como vicepresidenta, y luego como miembro del jurado del Certamen Literario que Granada creó. Por separado, cada una en su disciplina, han acumulado largas trayectorias, literaria la una, pictórica la otra; pero es que juntas forman un tándem inseparable en el que el amor por el arte y las letras mueve montañas. Poseen amplia experiencia en este tipo de actividades, tanto en lo que a encuentros literarios se refiere como a presentaciones de autor, exposiciones, etc. Y como Mª Pilar, además de una excelente pintora, es en la actualidad la presidenta de la entidad Cornell'Art Traços (con sede en el Centre Cívic Sant Ildefons, donde imparte clases de Pintura), Inma acertó de lleno al pensar en ella.

Se nos concedió el espacio solicitado y, desde entonces, nos reunimos el primer martes de cada mes para hablar de un autor, desmenuzar su obra y exponer nuestras distintas opiniones sobre la misma. Somos un puñado de personas con algo en común: la pasión por la literatura. A veces son autores antiguos, otras modernos; en ocasiones autores que pasaron hace tiempo a mejor vida, en otras autores que siguen activos. Han pasado por nuestros particulares debates personajes de la talla de Federico García Lorca, Antonio Machado, Walt Whitman, Almudena Grandes, Gabriel García Márquez, Carmen Posadas, Isabel Allende, Antonina Rodrigo, Granada Sandoval... Todo ello en un ambiente amistoso, cálido y entrañable.



 

Fue poco después de iniciar esta aventura cuando Ediciones Tombooktu me ofreció la posibilidad de publicar Pasión en Marrakech. La idea de hacer una presentación en Cornellà de Llobregat surgió en estas tertulias, pero se fue posponiendo por unas razones u otras. Pasó el tiempo, y fue precisamente Inma, con esa capacidad resolutiva que la caracteriza, la que insistió en el tema. Al fin pusimos fecha y hora, y el resto fue coser y cantar.

 










Debo decir que estoy agradablemente sorprendida por la pasión y la entrega que mi apreciada amiga Mª Pilar Gómez de Miguel ha empleado en resolver los entresijos que conlleva la organización de un evento de tales características. Me emociono al pensarlo, y no encuentro suficientes palabras de agradecimiento.
 


La presentación tuvo lugar el pasado viernes, 10 de abril, a las 19'30 horas, en la sala de actos del propio centro cívico en el que celebramos nuestras tertulias mensuales. Fue una tarde maravillosa.


 

Como ya sabéis, cuando voy a tener que hablar en público me pongo siempre un pelín nerviosa en días anteriores, y sobre todo en las horas previas. ¡Y eso que ésta ha sido mi quinta presentación! O sea que ese viernes iba como las locas. Vivo en Barcelona y no dispongo de vehículo propio, tengo por costumbre viajar en transporte público. Cornellà no está lejos y suelo ir en metro, pero ese día tenía que llevar la maleta con los libros, un par de bolsas con cosas de picar, otra con bebidas, el bolso, los tacones... La verdad es que cuando mi vieja y querida amiga Judith me llamó y se ofreció a pasar a recogerme con su coche fue para mí como si se abriera el cielo y bajase un ángel a rescatarme. Y no sólo eso, sino que una vez allí me ayudó con la logística de última hora. ¡Es un solete!





¿Qué más puedo añadir? Todo salió a pedir de boca. No hubo lleno absoluto, pero casi... Me sentí muy a gusto, muy arropada. En la mesa me acompañaron Mª Pilar, Granada e Inma, en un primer momento; después llegó Joana Piñero, que se retrasó por motivos justificados, del todo ajenos a su voluntad. Descuartizaron mi obra milímetro a milímetro y, con una habilidad sorprendente, lograron que a las personas que aún no la conocían le entraran unas tremendas ganas de leerla. Me sentí muy querida, admirada y respaldada.

 

Quiero dar las gracias al cariñoso público que me acompañó esa tarde, y en especial a:
Manuel Moreno (presidente del Centro Andaluz Blas Infante); Félix Mate (vicepresidente del Círculo Artístico Literario Semillero Azul) Francisco Domingo (fotógrafo); Anabel Pérez (escritora) Genoveva Fernández (directora del teatro “Máscaras”) Paulí Collado (escultor y director de cine); Narciso Vizuete (representante de la entidad Contra la violencia de género, que ha grabado un vídeo de la presentación estupendo); Pepa Fraile (escritora); José Manuel Parrado (concejal de deportes del ayuntamiento de Cornellá); Mary Crisóstomo, Julia Relancio, Amelia Cabestany, Rosi Díaz, Charo Moreno (de la escuela Cornell'art Traços)...
 
Y, por supuesto, también doy las gracias a mi hijo Christian (que estuvo en el puesto de ventas al pie del cañón); a mi marido, Zuhair; a mis padres, Plácido y Ana; a mi hermana Anita; a mis compañeras de tertulias; a mis amigas; a las amigas de mis amigas, etc, etc...

Una vez más a mis queridas compañeras de mesa: Mª Pilar, Granada, Joana e Inmaculada, porque no imagino a nadie mejor para ensalzar como lo hicieron a mi niña, Pasión en Marrakech, y a mi propia persona. GRACIAS.
 
Y, cómo no, al Ajuntament de Cornellà de Llobregat, por permitir este tipo de actos en la Ciutat de la Lectura.



 
 



¿Escritora en crisis?

Estoy en crisis, me digo a mí misma. ¿Por qué? Me pregunto, iniciando una especie de monólogo interno absurdo. Porque aún no he empezado la ...