sábado, 20 de junio de 2015

El amor por la lectura





Dicen los expertos que para fomentar el amor por la lectura en los niños lo mejor es predicar con el ejemplo. Si los padres leen, los hijos leen. Puede que esta teoría se cumpla en algunos casos, de hecho el ser humano aprende por imitación y en general los menores de la casa tienden a emular las conductas de los mayores. Sin embargo, no siempre sucede así, y lo digo por mi propia experiencia.

Mis padres apenas fueron al colegio el tiempo suficiente para aprender a leer, escribir y las normas básicas de la aritmética. Yo no nací en un hogar lleno de libros, aun así, el amor por la lectura surgió en mí mucho antes de que en el instituto me obligaran a leer a Homero, Calderón de la Barca o Shakespeare. Mi hermana y yo empezamos a coquetear con los libros mucho antes que con los chicos, ella más que yo, la recuerdo como una lectora compulsiva devorando sin piedad a Enid Blyton, Agatha Christie o Isabel Allende desde muy pequeña. Leer nos parecía (y nos sigue pareciendo) divertido, y una buena forma de llenar las interminables horas de ocio de las vacaciones de verano, por ejemplo.







Mi padre empezó a leer cuando se jubiló, hace unos veinte años, y también se ha convertido en un lector voraz. El tráfico e intercambio de libros entre mi hermana, mi padre y yo es continuo desde entonces. 




Cuando nació mi hijo tuve muy claro, desde el primer momento, que haría todo lo que estuviera en mi mano para que amara los libros. Le leía cuentos por las noches desde que no era más que un bebé. Adquiría, o pedía que le regalaran, aquellos títulos que trataban sobre temas que a él le llamaban la atención. La saga de Geronimo Stilton, la de Harry Potter y más tarde la de Crepúsculo fueron algunas de las llenaron su estantería, a medida que crecía. Pero me salió el tiro por la culata. Mi hijo no leía. No leía nada de nada. ¿Cómo es posible? Me preguntaba yo. Si siempre ha visto esta casa llena de libros, si me ve a mí, que no termino uno cuando ya estoy empezando otro. Se lo recriminaba una y otra vez. Tampoco era buen estudiante. ¿Cómo puede ser? Me indignaba. Si yo no sólo era buena, sino la típica empollona que sacaba excelente en todo. Este asunto me tenía muy frustrada. Al final me di por vencida. Tuve que resignarme a la evidencia: mi hijo no era estudioso, ni amante de la lectura. Increíble pero cierto. Me costó encajarlo. Y al final lo asumí a regañadientes. 


Un buen día mi hijo descubrió a Abdelá Taia, escritor marroquí que logró llamar su atención. Por voluntad propia decidió leer Mi Marruecos, su primera novela; después la segunda y luego la tercera... Eso no fue más que el desencadenante.


La tarde que lo pillé con el tocho de La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, casi me desmayo. "¿Sabes qué, mamá?" Me dijo entonces. "Me he dado cuenta de que leer es como ver una película, pero mejor, porque imaginas las cosas a tu manera y le pones la cara que quieres a los personajes. ¡Me encanta!" Estuve a punto de llorar de la emoción. Tantos años intentando infructuosamente inculcarle el amor por la lectura y el muy tozudo sólo lo hizo cuando le dio la gana. Lo mismo sucedió con los estudios: cuando dejé de machacarle con ese tema sus notas subieron como la espuma. ¡Es lo que tienen los hijos! Cuanto más te empeñas en que hagan algo, menos lo hacen. Pero si les das un margen de confianza y respetas su libre albedrío, te sorprenden agradablemente.   

  



 

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