jueves, 3 de noviembre de 2016

Los ojos de Saïd: un breve avance


Los ojos de Saïd 
(Fragmento)

¿Has contemplado alguna vez el océano en una noche sin luna? Asusta. Todo es negro. La línea que separa el mar del cielo se difumina en el horizonte, provocando una sensación terrorífica. Te reconoces diminuta como una hormiga, insignificante como una pulga en medio de esa absoluta inmensidad, en medio de esa demoledora soledad. ¿Te imaginas caerte ahí, en plena oscuridad, siendo consciente de los infinitos misterios que se ocultan en las profundidades de esas aguas? Así se sintió Sara la primera vez que se zambulló, de forma voluntaria, en su mirada penetrante. Y por extraño que resulte, no experimentó miedo alguno. Al contrario, jamás se había percibido tan segura y arropada. Lo sé de buena tinta. Me lo contó ella misma usando homólogas palabras e idénticas metáforas.

Sus ojos fueron la clave. Negros, profundos, almendrados, perfilados con el lápiz invisible de Tutankamon. Y digo invisible porque se parecían de verdad a los de Tutankamon, sí, pero era imposible que se los hubiera maquillado, él nunca haría algo así. Eran como eran por naturaleza. De mirada intensa, directa, que nada temen, que nada ocultan. Muy diferentes a los cientos, miles de ojos —occidentales— que había contemplado hasta ese momento, a lo largo y ancho de sus treinta y tantos. Y cuando, intencionadamente o no, sus ojos tropezaron con los de Sara, ella no los apartó, como solía hacer. Le sostuvo la mirada firme, desafiante, casi al borde del descaro. Como la mujer segura de sí misma que se suponía que era. Como buscando algún indicio de prepotencia machista en esos increíbles ojos árabes.

Pero no halló en los ojos de Saïd el mínimo atisbo de superioridad, ni por asomo. Irradiaban tal halo de serenidad que se sintió hipnotizada, a la par que halagada, al descubrir que la seguían a todas partes, y que eso venía sucediendo desde el mismo día en que el joven aterrizara en la sede de Barcelona. Era la primera vez que contaban con un intérprete marroquí en plantilla, circunstancia que provocó algo de revuelo en general, y entre las féminas en particular. Hasta hacía nada se las arreglaban con colaboradores eventuales, pero a raíz de los sucesos que tuvieron lugar en la estación de Atocha de Madrid, el 11 de marzo del 2004, la presencia en la redacción de alguien con perfecto dominio de la lengua árabe, se hizo imprescindible. Cierto recelo flotaba en el aire. Se le trataba con amabilidad y respeto aunque el prejuicio coexistía, en silencio, junto a los buenos modales. Y si a alguna enamoradiza se le ocurría susurrarle al oído a su compañera, entre suspiros: «¿No te parece atractivo?» la otra se apresuraba a contestar: «¿Estás loca? Es marroquí. ¡Y musulmán! ¿Quieres que te obligue a llevar un velo? Quítatelo de la cabeza».

Sara no podía quitárselo de la cabeza. Lo intentó. Trató de convencerse de que lo único que sentía por él era la inevitable curiosidad que despiertan las personas de procedencia extranjera. Otra cultura, otras costumbres. Un cúmulo de sensaciones contradictorias la golpeaba. Una parte de ella levantaba murallas alrededor, por si acaso. Otra, añoraba con fervor casi urgente volver a estar con alguien, saborear la miel de los besos, la cálida turbación de los abrazos, la traviesa impaciencia del deseo a duras penas contenido. Dos años de celibato voluntario habían sido más que suficientes. Sexo. ¡Mmm! Cómo echaba de menos el sexo...

Un hombre árabe. ¡Uf! Qué complicado. Sin duda se sentía confusa, atraída por las diferencias, se justificaba. Pero cada vez que Saïd aparecía ante ella sufría estragos fisiológicos tales como taquicardia, aumento del flujo sanguíneo y una especie de punzada ardiente en el bajo vientre. Por no mencionar el rubor de las mejillas y el temblor de la voz. Su retorno a la adolescencia, en definitiva. Tuvo que rendirse a los hechos: se sentía atraída por él y resultaba evidente que era recíproco. ¿Bueno y qué? ¿No presumía tanto de su falta de prejuicios raciales y de todo tipo? ¿Qué había de peligroso en tener una aventurilla? Algo pasajero. Un aquí te pillo, aquí te mato y ya está. Podía ser curiosidad, hambre sexual atrasada, simpatía mutua o química, pura y simple.

Él se mostraba tímido y respetuoso, tal vez en exceso, con el sexo opuesto. En su trato hacia las mujeres de alrededor se le adivinaba la inexperiencia, incluso cierta torpeza. Aunque dominaba el idioma, en ocasiones titubeaba, azorado. Sara se preguntaba qué podía hacer para seducirle. Llevaba tanto tiempo sin salir con nadie que no sabía por dónde empezar. Y ese no sé qué de prohibido que envolvía a Saïd lo hacía aún más interesante. Solo se le ocurría una forma de calmar su inquietud: acercarse a él. Pero la desbordaban los tópicos. ¿Sería machista? ¿La consideraría inferior por ser una mujer? ¿Vería con malos ojos que diera ella el primer paso en un intento de conquistarle?

Averiguó que vivía en Barberà del Vallès y se desplazaba en tren. Una tarde, minutos antes de la hora del cierre, se atrevió por fin a formular la pregunta que rondaba por su mente desde hacía días.

—¿Coges el tren?
—Sí —contestó, escueto.
—Podríamos ir juntos hacia la estación, si quieres, me pilla de paso.
—Me parece bien.

Parco en palabras, pensó Sara, no va a ser fácil. Pese a todo, entendió que su propuesta le sorprendió y agradó a partes iguales, a juzgar por la expresión de su rostro. La esperó a la salida esa y todas las tardes siguientes. Una encantadora forma de romper el hielo, lenta y tímida, a la antigua usanza, como una pareja de novios en la sufrida España de los años cuarenta. Sin acercarse demasiado, sin tocarse. Saboreando minuto a minuto la magia de enamorarse.

Empezaron a conocerse con cautela. Ella le interrogaba con la inocencia y espontaneidad de una niña. Él la miraba escandalizado aunque, en el fondo, le divertía su franqueza, pues lo mismo le preguntaba: «¿Y por qué las mujeres musulmanas llevan velo?» que le soltaba: «Pues el hombre que tenga cuatro mujeres deberá estar muy en forma para cumplir con todas, ¿no?». Ante semejantes elocuencias, Saïd reaccionaba con una risa nerviosa en algunas ocasiones, ruborizado en otras. Jamás enojado. Demostraba una paciencia infinita. Como periodista, Sara creía disponer de abundante material sobre el mundo árabe y musulmán, aunque pronto descubrió que se trataba de una información confusa y cargada de estereotipos.

Una mañana estuvieron juntos en Barberà terminando un reportaje y, al mediodía, Saïd la invitó a comer en un restaurante árabe que solía frecuentar. Se sintieron tan cómodos el uno con el otro que el tiempo pasó volando, como en un soplo. ¡Y llegaron tarde a la oficina! El rumor de que había algo entre ellos se extendió como la pólvora desde ese instante y ya no hubo modo alguno de acallarlo.

En la segunda cita fue ella quien le llevó a saborear una deliciosa paella en la Ciudad Condal, en una terracita de la Villa Olímpica, un soleado sábado de julio. Después de una plácida sobremesa, pasaron horas y horas conversando, mirándose como bobos, riéndose de las cosas más simples, contemplando el sol, paseando junto al mar o sentados en las rocas, muy pegados el uno al otro, sonrojados como criaturas inexpertas. Sara deseaba estrechar las manos de Saïd entre las suyas y no se atrevía. Esperaba que él lo hiciera y no lo hacía. Quiso hacer eternas las horas, detener el tiempo. No lo consiguió. Mientras se dirigían hacia el metro, minutos antes de la despedida, sintió que era su última oportunidad. Saïd caminaba con las manos metidas en los bolsillos y no le quedó más remedio que meter la suya en uno de ellos. Él entendió el gesto y le correspondió de inmediato pasando un brazo por encima de sus hombros. Medía unos veinticinco centímetros más que Sara y a ella le invadió una agradable sensación de protección, cálida y tierna. Ya habían cumplido el ritual que les convertía en pareja. Cuando se separaron, al final de aquella extraordinaria tarde compartida, Saïd depositó un primer y tímido beso en los labios de Sara, tan fugaz y escasamente saboreado que más tarde, al recordarlo, casi le asaltaba la incertidumbre de si sucedió de verdad o solo tomó cuerpo en sus pensamientos, teñidos de deseo. Sus mejillas sucumbieron a un rubor más propio de adolescente que de mujer sobrada y su risa nerviosa no hizo más que añadir insensatez a una escena que tiró por tierra la teoría de que a ciertas edades el amor se vive con mayor serenidad. Desde ese momento anduvo no semanas, sino meses, con una perpetua sonrisilla bobalicona estampada en su rostro noche y día; día y noche.


Así de dulce fue el inicio de esta bonita historia. ¿Os la sigo contando?





viernes, 24 de junio de 2016

Ciclos que se cierran, esperanzas que se abren





Como escritora, llevo años recorriendo un sendero más lleno de piedras y baches, que de autopistas lisas. En este tiempo ha habido un poco de todo: ilusión, desengaño; alegría, tristeza; ganas de comerme el mundo, ganas de tirarlo todo por la borda; caerme, levantarme; volver a caer, levantarme una vez más... Porque una cosa es escribir, esa es la cara amable de esta profesión, pero otra bien distinta es darse a conocer entre editoriales, acertar en la elección para que tu obra pueda llegar al mayor número posible de lectores y, por supuesto, que tu esfuerzo sea recompensado y remunerado. Porque escribir es un trabajo. 

Lo peor de todo, sin duda, es el desamparo que te invade a menudo, el sentimiento de soledad que te provoca verte en medio de esa tenebrosa jungla repleta de peligros. Tienes la certeza absoluta de que necesitas que alguien te eche una mano, pero ¿en quién confiar? 




Tardé en decidirme, me asaltaron un sinfín de dudas. Sin embargo, lo supe desde la primera conversación telefónica. Supe que era ella. Y tuve la sensación de que me estaba esperando. «Ya no estás sola, Mar», afirmó, rotunda. «A partir de ahora vamos a caminar juntas, y no voy a parar hasta colocarte en el lugar que mereces». Lo está cumpliendo, esto no ha hecho más que empezar. Y es que María Jesús Romero no es una agente literaria cualquiera. Te escucha, te anima en los momentos de flaqueza, te hace de mamá, de psicóloga... lo que necesites en cada instante. Con una energía inagotable que no sé de dónde saca. Siempre positiva. Siempre mirando hacia adelante. Siempre en alerta.





Por eso me siento tan orgullosa de poder anunciar alto y claro que gracias a ella, a Neo Coslado y, en definitiva MJR Agencia Literaria, Los ojos de Saïd estará a vuestra disposición en octubre del 2016 de la mano de Cristal




Como muchos de vosotros ya sabéis (otros no), Los ojos de Saïd será mi segunda novela publicada (tercer libro) y con él se cerrará un ciclo, y podré decir que tengo publicado todo lo que he escrito hasta ahora, algo muy estimulante para una escritora como yo que tiene un buen puñado de nuevas ideas estupendas para futuras novelas, aún por escribir.



¿Queréis saber de qué va Los ojos de Saïd para ir haciendo boca? ¿Sí? Pues venga, no voy a hacerme de rogar porque en el fondo estoy deseando contarlo:

Los ojos de Saïd

Mar Montilla

SINOPSIS 


Sara es una periodista española que escribe una columna sobre el mundo árabe y musulmán. La llegada a la redacción de Saïd, un joven marroquí que colaborará con ella como intérprete, revolucionará su vida entera, rompiendo sus esquemas y poniéndolo todo patas arriba. Al principio intenta resistirse, pero resulta demasiado evidente que se gustan. Inician un apasionado romance que ambos consideran pasajero, aunque se sienten tan a gusto juntos que acaban haciéndose inseparables. Al mismo tiempo, Alicia, amiga de Sara, inicia una relación con Nadir, compañero de piso de Saïd. Alicia y Nadir solo quieren divertirse. Sara y Saïd, sin embargo, enseguida se dan cuenta de que lo suyo va en serio. 




Abrumados por los tópicos y cargados de prejuicios, el uno hacia el otro, observan impotentes que el amor se abre camino, a su pesar. Ella empieza a comprender una cultura que creía conocer. Y en él se va difuminando la frívola imagen que tenía de la mujer occidental. A medida que el tiempo avanza, sin embargo, las diferencias culturales, el rechazo familiar y otros numerosos obstáculos parecen abocar la relación a un inevitable fracaso.

Ambientada en España y Marruecos, Los ojos de Saïd es una novela romántica que aborda, de manera muy cercana, el tema de la interculturalidad en pareja.









miércoles, 13 de abril de 2016

I Encuentro MJRomántica: Crónica de un día inolvidable




Cuando María Jesús Romero anunció que MJR Agencia Literaria iba a organizar un evento de Romántica en Collado Villalba (Madrid), no dudé en participar, pese a que huyo de las etiquetas y no quiero que se me considere «escritora de Romántica» sino simplemente escritora. Además, he asistido a algún que otro evento de estas características y la experiencia no resultó demasiado positiva. Sin embargo, intuía que este iba a ser diferente. Y no me equivoqué.



Llegué a Madrid en el primer Ave de la mañana, procedente de Barcelona, acompañada por mi séquito (mi hijo y mi hermana), y después de dejar el equipaje en el hotel nos dirigimos a Collado Villalba. Nuestra intención inicial era coger un tren de cercanías, pero la recepcionista del Rafaelhoteles Atocha nos informó de que el metro nos llevaba hasta la estación de unos autobuses que iban directos y te dejaban justo delante de nuestro destino: el Centro Cultural Peñalba. No teníamos la certeza de que esa fuese la mejor opción, aun así, seguimos el consejo de la amable señorita. Y aunque nos perdimos las primeras intervenciones, aterrizamos a tiempo de disfrutar de la Mesa de Novedades MJR en la que Mar Cantero, Elena Montagud, Mario Escobar y Susana Bielsa nos presentaron sus nuevas novelas, publicadas ese mismo 9 de abril, en exclusiva. Ya de entrada, me cautivó la calidad que de los autores participantes y el buen rollo que rezumaba el ambiente. La aventura no había hecho más que empezar y olía a literatura, a cultura, a ganas de hacer las cosas bien e intercambiar opiniones y conocimientos.




Se sucedieron las mesas, a cual más interesante. Tuvimos el privilegio de contar con la actriz y modelo Vanesa Romero, que interpreta a «Raquel» en la serie La que se avecina, y formó tándem con Blue Jeans en la Mesa de Redes Sociales, moderada por Neo Coslado. Tanto Blue como Vanesa nos contaron qué ha supuesto para ellos estar tan presente en las redes, dejando clara la importancia de seguir una línea, de saber qué imagen queremos transmitir para promocionar nuestra marca. Me sorprendió agradablemente Vanesa —que en nada se parece a su personaje televisivo—, rompiendo por completo con el desafortunado tópico que persigue a las rubias.






Sin ánimo de ofender a nadie, porque todos merecen mi más absoluto respeto, debo decir que en la Mesa «Habla la experiencia», formada por Antonia J. Corrales, Víctor Fernández Correas, Mario Escobar, José Antonio Rebullida y Neo Coslado, me impresionó en especial la intervención de Antonia, por su desparpajo, su forma de expresarse sin pelos en la lengua y la abrumadora seguridad en sí misma que demuestra. No creo equivocarme demasiado si afirmo que todos la escuchábamos boquiabiertos de admiración. No obstante, fue muy enriquecedor conocer la experiencia y la forma de trabajar de cada uno de estos autores, con sus pautas, hábitos y manías.  




A esas horas ya empezábamos a notar un agujero en el estómago, todo hay que decirlo. O sea que fue un auténtico placer devorar, cual alimañas hambrientas, el magnífico cátering que María Jesús y Neo, socorridos por sus encantadores ayudantes especiales, nos ofrecieron, amenizado por un estupendo sorteo en el que los protagonistas eran los libros.




Acto seguido, tuvimos la oportunidad de disfrutar de la Mesa de Editoriales en la que intervinieron Enrique Cabrera (Arconte) y Ana Coto (Palabras de Agua). Ambos hablaron de su trabajo como editores y no escatimaron a la hora ofrecer sabios consejos, muy útiles, para tener en cuenta a la hora de contactar con una editorial y enviar un manuscrito. Pero es que, además, Enrique elevó a un pedestal la gracia andaluza, con sus simpáticas ocurrencias, propias de los monólogos típicos de El club de la comedia.





La desidia que acostumbra a aflorar en eventos culturales, después de unas cuantas horas de duración, no apareció en este, doy fe. Lo afirma una que había tenido que levantarse a las 3:30h de la madrugada, habiendo trabajado hasta bastante tarde el día anterior. Cansancio, sí; aburrimiento, no, todo lo contrario.




Impresionante también fue la intervención de Lola P. Nieva en la Mesa de lobos. Me cautivó su explicación y me entraron unas ganas irresistibles de leer sus novelas, aunque eso me ocurrió en numerosas ocasiones, a lo largo del día, a medida que cada autor nos hablaba de su obra.




¡Y llegó el gran momento! Tuve el honor de codearme con un estupendo elenco de escritoras y escritores en la Mesa de Autores MJR, compartiendo espacio con mis queridas Mencía Yano y Mar Cantero, entre otras y otros. Neo Coslado fue el moderador y ahí tuvimos la ocasión de expresar, una por una, uno por uno, cómo descubrimos a MJR Agencia Literaria, por qué decidimos acudir a ella, cómo nos sentimos siendo representados por ella y otras muchas cosas más relacionadas con nuestro trabajo, nuestra obra y la implicación particular de cada uno en la Novela Romántica como género. Lo que más me gustó de esta mesa fue que no había personajes principales, ni secundarios, sino que todos éramos protagonistas.




La jornada continuó con la Mesa de Autoeditados, que nos ayudaron a desmontar más de un tópico. Después pudimos disfrutar de la intervención de Ana Coto, Arlette Geneve y la siempre dicharachera y locuaz Regina Román, en la Mesa de Invitados especiales. Y el evento llegó a su fin, aunque nos pareciera mentira. Las horas pasaron con esa velocidad con la que transcurren los sucesos felices, esos cuya belleza eterna queda prendida en nuestra memoria para el resto de nuestros días.







Fue para mí un placer conocer en persona a Mar Cantero, entre otros muchos autores y autoras, como la encantadora Chloe Queen o la veterana Antonia J. Corrales, por ejemplo; fue para mí un placer coincidir de nuevo con Mencía Yano, Elena Montagud y otros tantos y tantas.
Mi más sincera enhorabuena y agradecimiento a María Jesús Romero y Neo Coslado —y a sus colaboradores especiales— por su indiscutible profesionalidad, por la infinita generosidad, pero sobre todo por la buena organización, que no es fácil de lograr, en un evento de semejante magnitud; y por la calidad de contenidos. Mereció la pena el madrugón, el viaje, el gasto extra, el cansancio y las horas robadas al sueño.

¿Para cuándo el II Encuentro MJRomántica?









domingo, 24 de enero de 2016

El motor que me alimenta






Cuando alguien contacta conmigo en privado para darme su opinión sobre uno de mis libros, o lo comenta en mi muro, experimento un agradable cosquilleo y una inmensa satisfacción. Necesito de vez en cuando ese refuerzo positivo que me recuerde que vale la pena seguir intentándolo. Porque lo difícil no es escribir. Si eso es lo que te apasiona, encuentras la manera, el momento y el lugar. Lo difícil es abrirte camino y lograr que se te valore como mereces. Los autores que trabajan bajo la presión de una fecha de entrega, pero con la tranquilidad que debe de proporcionar saber que una editorial está esperando tu obra, no imaginan lo duro que es hacer doble jornada cada día: una en casa, escribiendo, y otra fuera, con la incertidumbre de qué pasará cuando acabes la nueva novela, esa a la que has dedicado tantas horas de tu tiempo y tantos días.





En más de una ocasión te entran ganas de tirarlo todo por la borda, pero no lo haces. No lo haces porque un impulso misterioso te insta a continuar. Y no lo haces, sobre todo, porque te vienen a la cabeza hermosas palabras que una lectora o lector te dedicó en aquella ocasión. Ese es tu verdadero motor.

«Empecé a leer Me separé, aunque le amaba demasiado, en el mes de mayo (bonito mes para cualquier cosa). En mis desplazamientos con transporte público me resulta del todo imprescindible llevar lectura de interés, ya que es la única justificación que le encuentro a la pérdida de tiempo que se produce en dichos traslados y cuya única solución sería teletransportarme, o dicho de otra manera desplazarme a distancia, sin necesidad de establecer contacto con el medio de transporte en cuestión. Pues como quiera que sea esto es solo misión futurible, decía antes, que mi compensación para no sentir la pérdida de ese bien tan preciado, muchas veces comparado con el oro, es leer. De alguna manera cuando leemos, en cualquier lugar que lo hagamos, también nos teletransportamos, pero aquí estaríamos hablando de la imaginación, y esta tiene el poder de llevarte donde ella quiera. Leyendo este libro de autoayuda he tenido la sensación de que hablase una hermana mayor, alguien que desde el conocimiento y la experiencia hace un verdadero tratado de psicología, sus páginas te van descubriendo la naturaleza del amor y las adicciones, a las que compara entre sí. Es verdad que el amor mal interpretado es una adicción, pero también es verdad que con este libro, el primero que escribió Mar Montilla, aunque segundo en editar, la autora realiza un acto de amor en sí mismo. No desvelaré demasiado si digo que está escrito en primera persona y que intercala un testimonio real sobre la convivencia con un adicto al juego, al que la protagonista ama por encima de todas las cosas, e intercala artículos sobre psicología social, psicopatologías, inteligencia emocional, y otros aspectos científicos, de modo que la experiencia vital de Susana, voz narradora, sufre un desdoblamiento cuando habla la psicóloga profesional, que lucha por llevar el timón. Me ha gustado mucho esta forma de contar una historia, que nada tiene que ver con una novela y mucho con el ensayo, género literario que interpreta y analiza con argumentos y opiniones acreditadas. No es nada sencillo organizar una historia a través de una idea concreta, para dar evidencias y conclusiones lógicas de lo que en este caso la protagonista sufre. Recomiendo su lectura porque el lector sentirá que participa, y entenderá por qué, cuando nos dejamos llevar por el corazón hay argumentos aplastantes para ello».
INMACULADA JIMÉNEZ GAMERO




«Me ha parecido un libro muy apropiado para todas aquellas personas (aunque está dirigido a mujeres) que se enredan en relaciones tóxicas e intentan "salvar" a la pareja, alguien que puede tener una adicción como la ludopatía o cualquier otra, sin darse cuenta de que ellas mismas se están hundiendo en ese proceso de salvar al otro en lugar de ocuparse de su propio bienestar. Quienes están pasando por ello pueden encontrar un poco de luz dentro de ese laberinto. Algo que me ha llamado la atención es que en la historia que explica se entiende que se puede maltratar a alguien sin proponérselo (psicológicamente), de modo inconsciente, y sin que la persona maltratada se entere de nada. El maltrato tiene muchas caras.
Las personas que se encuentran en esta problemática se sentirán comprendidas, y me parece que eso ya es mucho. La autora habla desde su propia experiencia y, además, es psicóloga. Y lo hace con un lenguaje muy cercano y asequible para todos».
MARÍA SALAS





«Hola Mar,
La mañana del 30 de diciembre de 2015 empecé la lectura de Me separé, aunque le amaba demasiado. Relajada. En la casa del pueblo de mi padre, junto a la chimenea. Sentada en el sillón del que años atrás mi abuelo ocupaba en las largas horas de reuniones familiares. Y así, atizando el fuego, oliendo a leña y disfrutando de algún que otro Ferrero Rocher (lo confieso, fueron unos cuantos... son mi perdición por estas fechas), acabé el libro ya entrado el atardecer del mismo día.
No pude dividirme la lectura, que tanto me gusta hacer para alargar los libros que me entretienen, porque la historia de Susana me resonaba de una manera especial. Quizás porque desde el primer episodio, "Un cuento de hadas", parecía que la historia se hubiese personificado, y una amiga, llamada Susana, me estuviese contando su relato, allí... a mi lado, las dos calentándonos junto al fuego. Y yo, como haría toda amiga, la escuchase atentamente, intentando comprender su dolor y sufrimiento, y acompañándola en todo momento, y sin poder evitar que se me pusiese la piel de gallina al comprobar que algunos de los hechos de la vida que me estaba contando mi amiga, los reconocía! Sería esto posible? Sería posible que Susana estuviese sacando a la luz aquello que yo guardaba solo para mí? "Automatismo", el episodio de "Confianza rota", "No es amor... es obsesión" (esta se me formulaba como pregunta), "lo machaqué demasiado", "quizás me había equivocado de carrera y de profesión", "me autoengañaba"... en fin, millones de palabras retumbaban en mi cabeza al escuchar a Susana. Sí, era posible.
Una delicia de descubrimiento personal. Ejemplo de superación de una relación de dependencia y de una relación tóxica, en ambos sentidos. Por último, unas observaciones de lectora de tus dos libros publicados y seguidora enganchada (permíteme la broma... se le puede llamar adicción? Jajaja!) a tus posts en las redes sociales, y que me encantaría compartir contigo.
En "No es oro todo lo que reluce" es tan auténtico lo que describes y tan real que saboreo ese café con leche contemplando la vida pasar a través de la cristalera de aquel bar en el que Susana se iba cada lunes después de trabajar mientras esperaba a su amado David.
He sufrido leyendo "Aprender a vivir sin él... terriblemente... entendía a Susana pero en mi cabeza solo podía gritarle: Aléjate de él!... qué sencillo suena decirlo, y qué lejano queda cuando es otro el que lo dice.
Finalmente me ha cautivado, fascinado! el último episodio del libro, "Borrón y cuenta nueva". Para mí, una magnífica serie de buenas prácticas para salir de una relación tóxica de cualquier tipo, y cómo la terapia se debe ver como una guía de aprendizaje y no como algo insano o inapropiado.
ENHORABUENA! Y qué gusto que te hayas rencontrado con una de tus pasiones: escribir. Así, nosotr@s seguiremos disfrutándote!
Tengo pendiente mi reseña de Pasión en Marrakech. Pero te cuento que todo lo que me provocó ha sido tal estampida de sensaciones (espero poder contártelas algún día) que necesito una segunda lectura para apaciguarlas y centrarme en el libro únicamente.
No me quiero despedir sin antes desearte UN FELIZ AÑO!!!!! Te lo deseo de todo corazón, y deseo que Los ojos de Saïd vea la luz bien pronto!
Se despide una exploradora de ese enigma llamado amor
(jajajjajaja!)
Besos.
Christina».
CHRISTINA PARDO

A Christina, a María, a Inmaculada... y a esos lectores que tal vez no lo expresen con tanta intensidad, pero están ahí, siguiendo mis pasos, transmitiéndome cariño, prestándome su apoyo incondicional: GRACIAS. 
Porque el motor que me alimenta sois vosotros.








domingo, 25 de octubre de 2015

De la pluma a la tecla





¿Habéis pensado alguna vez en la cantidad de plumas que debió de emplear Cervantes para escribir el Quijote? Yo sí, y me encanta imaginarlo. De hecho, creo que me equivoqué de era al nacer, y que más acorde con mi personalidad que hacerlo con un teclado hubiera sido escribir con pluma y tintero, llenando mi antiguo escritorio de hojas manuscritas. Es más, quienes conocen mi letra saben que es inclinada hacia la derecha, picuda y rústica.




Ahora nos parece imposible vivir sin ordenadores, sobre todo a los que nos dedicamos a la escritura. Pero en un pasado, no tan lejano,  solo unos pocos privilegiados los usaban, casi siempre en el ámbito laboral. Cuando era estudiante, por ejemplo, lo habitual era hacer los trabajos a mano, primero, y pasarlos a máquina, después. Era un proceso laborioso y entretenido, nada que ver con el copiar y pegar actual. En esa época —hablo de los años 80—, yo me dedicaba en exclusiva a estudiar, así es que un día se me ocurrió colgar carteles a diestro y siniestro, por toda la facultad, ofreciéndome para pasar trabajos a máquina y sacarme un dinerillo extra. La idea fue un éxito, porque la gente que trabajaba y estudiaba a la vez apenas disponía de tiempo libre. Cobraba veinte duros por folio, o sea que por cada cien folios mecanografiados ganaba diez mil de las antiguas pesetas —sesenta euros—.




Mi primera máquina de escribir fue una Olivetti Dora, aún anda por ahí, guardada en algún altillo. Después tuve —tuvimos, mi hermana y yo— una Olivetti Lettera, y luego ya la máquina de escribir eléctrica, que era lo más... Cuando le cuento estas cosas a mi hijo me mira como si le hubiera dicho que merodeando por los alrededores de los jardines universitarios campaban a sus anchas varias especies de dinosaurios. Sin embargo, a duras penas han transcurrido veinticinco años, ¿qué es eso para la historia de la humanidad?




En los años 90 utilicé computadora por primera vez. No me preguntéis ni cómo era, ni de qué marca, solo tengo un vago recuerdo de aquel armatoste con el que ejercí mi primer empleo, como grabadora de datos. Uno similar manejé en el siguiente puesto ocupado, de teleoperadora, dándole siempre un uso muy rudimentario y ciñéndome en todo momento al protocolo laboral establecido.




Así inicié el siglo XXI, sin PC propio. Inverosímil pero cierto. Aunque llevaba escribiendo desde antes de los doce años, lo hacía en cuadernos, con bolígrafos de gel, usando además, en alguna que otra ocasión, mi vieja Olivetti. Hasta que decidí que quería escribir un libro, y me planteé la posibilidad de adquirir un ordenador. Así lo hice. Y confieso que me costó horrores habituarme a esa nueva herramienta. Durante mucho tiempo continué escribiendo a mano y era mi hermana la que lo pasaba al Word. Más adelante empecé a hacerlo sola. Luego me compré un portátil. Y después otro, más manejable, ligero y pequeñito. Es el que sigo usando y le tengo un gran cariño.





En la actualidad, las únicas anotaciones manuales que hago son la lista de la compra y algún que otro esbozo o esquema. Se me haría una montaña comenzar una novela a mano y tener que pasarla acto seguido al ordenador. ¿No es increíble? Desde luego, a todo se acostumbra una.



jueves, 24 de septiembre de 2015

La vecina Tánger





Me acerqué a la vecina Tánger. Paseé a pleno día por las calles del Boulevard y me camuflé entre sus gentes, arriesgando la vida propia y la ajena cada vez que atravesaba la avenida, tratando de esquivar los coches. Intenté pasar desapercibida, con mi cabello recogido, mis faldas amplias y largas, de tela tupida, y mis blusas holgadas de media manga, pese a ese sol que parecía reírse de mí sin disimulo, señalándome con el dedo, mirándome de soslayo, persiguiéndome implacable como si fuese el objetivo único de su incandescencia. Por más que me empeñara, mi condición de extranjera quedaba patente en los músculos contraídos de mi rostro al cometer el acto suicida de cruzar la carretera. Los autóctonos —vehículos y transeúntes— se entremezclan con naturalidad, en una especie de baile cuya coreografía no encaja con ninguna norma de tráfico.





Aun así, me relajé desayunando en el Salón de Té La Giralda, mientras contemplaba la espléndida panorámica que ofrecen sus cristaleras. A escasos metros El Minzah, emblemático hotel; y más cerca aún, justo en la acera de enfrente, una larga hilera de adolescentes ociosos descansando sobre una muralla; algunos observan a los turistas que se fotografían junto al cañón; otros estallan en absurdas risotadas, entre humaredas de hachís; y otros clavan sus pupilas más allá del Estrecho de Gibraltar y de sus aguas —Mediterráneo al este, Atlántico al oeste—, en la tierra que asoma al otro lado, con sus falsas promesas de prosperidad europea.






Penetré en la caótica Tánger. Merendé en la pastelería La Española, degustando un sabroso petit pain au chocolat acompañado por un dulcísimo té a la hierbabuena, y aunque aguanté lo que pude, no me quedó más remedio que hacer uso del abanico que suelo llevar en el bolso, atrayendo aún más, si cabe, la curiosidad de las miradas femeninas y la picardía de las masculinas. Sacié mi sed con el vaso de agua —a veces botellín— que te sirven sin que lo pidas. Luego continué mi paseo calle abajo hasta perderme en el zoco, donde tampoco en esta ocasión aprendí a regatear; pero sí pude comprobar, por enésima vez, que aunque mis labios estén sellados, ellos perciben a la legua mi lugar de procedencia, y se dirigen a mí en mi idioma, algo que no sucede a la inversa.






Me mimeticé con la multitudinaria Tánger. Recorrí su paseo marítimo dirigiendo la vista a la playa de la Malabata, saboreando las semillas de girasol que acababa de adquirir por un dirham —unos diez céntimos de euro—. El vendedor ambulante las llevaba en una cesta junto a otros frutos secos, y no pude resistirme, me encantan las pipas; cogió un puñado con la mano y las depositó en un cucurucho de papel preparado por él mismo. Se notaba que eran recién tostadas porque aún estaban calientes. 
En Occidente nos dejamos seducir por el bonito aspecto de las cosas. Cuando vamos al supermercado la fruta está limpia, brillante, bien colocada. Y a menudo sucede que al comerla la encuentras insípida. En Marruecos ponen las hortalizas a la venta recién sacadas de la tierra, incluso aún con restos, su aspecto no enamora a simple vista pero el sabor es auténtico, como ese del que conservo un vago recuerdo de mi niñez, cuando las naranjas aún sabían a naranjas. Como esas crujientes y deliciosas pipas a granel.






Tropecé con las dos caras de la moneda de Tánger. Otras cosas —no tan jugosas como las naranjas— me recordaron a la Barcelona de mi infancia: los descampados, idénticos a aquellos en los que jugaba de chiquilla; o la dejadez de las personas aún no concienciadas de que las papeleras son para echar en ellas los desperdicios, y que los contenedores de basura sirven para tirar en su interior la inmundicia, en lugar de abandonarla en cualquier esquina a merced de los gatos callejeros y de las altas temperaturas. También suspiré con tristeza y meneé la cabeza con desaprobación cuando vi chavales de no más de diez o once años despachando en las tiendas o mendigando en las calles, sin que nadie se mostrase indignado o sorprendido.






Me quedé boquiabierta con la disparatada Tánger. Vi básculas de baño colocadas en medio de la acera con un dirham reposando a su lado; maniquíes con peinados imposibles en las tiendas de ropa de mujer; exquisitos dulces de diferentes formas, tamaños y sabores expuestos al alcance de las personas y de las abejas; escaparates con vistosos caftanes elaborados con telas de las más variadas tonalidades y texturas; y tendederos plegables repletos de toallas extendidas, en la puerta de las peluquerías...






Experimenté la aventura de coger un taxi en Tánger. Esperé en la parada a que hubiera más personas con el mismo destino, y cuando el vehículo estaba abarrotado —dos ocupantes en el asiento del copiloto y cuatro atrás— emprendimos la marcha, custodiada a ambos lados por mis hombres —marido e hijo—, y si uno de los dos no estaba me ponía en el extremo o pegada a una mujer, jamás junto a un varón que no sea de mi familia. Así fuimos hasta Tetuán, a unos cincuenta kilómetros de distancia —treinta dirhams por persona— y hasta Asilah, a cuarenta kilómetros —veinte dirhams, o sea dos euros—.





¿Qué si podría acostumbrarme a vivir en Tánger, con su estrés típico de capital...? Por poder, podría; pero no es mi ideal. 




Si me dieran a elegir me quedaría en la pacífica y bella Asilah, blanca y azul, en la que puedes pasear por la medina; perderte en el zoco; fotografiarte con unos músicos gnawa; y lo mejor de todo: recorrer kilómetros y kilómetros de playa desierta, caminando descalza sobre una mullida alfombra de arena mojada. Serena, infinita, bañada por el Atlántico. 

Ahí donde la prisa mata me quedaría ahora mismo, sin pensarlo dos veces. Lejos del ajetreado bullicio de cualquier ciudad.