domingo, 18 de agosto de 2019

La aventura de ser madre de un adolescente


Cuando creé este blog, hace siete años, incluí una sección llamada Madre permisiva, algo neurótica y… ¡pelín histérica! Por aquel entonces mi retoño tenía quince años y, como cualquier angelito de esa edad, se las hacía pasar canutas a su madre —¡servidora!— que, día tras día, observaba a ese desconocido preguntándose: “¿Quién demonios eres tú y qué has hecho con mi adorable hijo?”.
Narrar, exagerando mucho las situaciones y dándoles un toque de humor  —o al menos esa era la idea—, las anécdotas más curiosas que viví y sufrí en aquella época, me servía de desahogo. Si lograba que alguna lectora se identificara conmigo, algo que sucedía a menudo, me sentía, además, muy reconfortada. Pero, como suele suceder en estos casos, también recibí alguna que otra crítica negativa por parte de madres que carecían del todo de sentido del humor. Eso me llevó a eliminar la sección. Sin embargo, guardé los relatos, y ahora que ya tengo cierta experiencia en este mundillo de las redes y las críticas me importan un comino, he decidido volver a publicar los que considero más divertidos.
Advertencia: la sección ya no se llamará Madre permisiva, algo neurótica y… ¡pelín histérica!, sino La aventura de ser madre de un adolescente, y NO es APTA para madres que se consideran PERFECTAS.






 La aventura de ser madre de un adolescente

Episodio 1:
La culpa la tuvo Bill Kaulitz 



—¡Mamá, quiero un piercing!
      Nueve años tenía mi hijo la primera vez que pronunció estas escalofriantes palabras. Estábamos sentados en el sofá viendo la tele juntos, cuando un vídeo de Tokio Hotel interpretando su famosa canción Durch Den Monsun provocó que a mi retoño se le iluminara la cara y se le dibujase una sonrisa de oreja a oreja. Intenté esquivar el asunto haciéndome la loca. Aunque, como ya debéis de sospechar, no dio resultado.
      —¿Eh, mamá? ¿Te has dado cuenta? Bill Kaulitz lleva un piercing en la lengua. ¡Qué guay! Yo quiero uno como el suyo.
      —¿Cómo sabes que lo lleva? Yo no he visto nada —respondí.
      —¡Se nota cada vez que abre la boca! Mamá, por favor… ¡tienes que fijarte más! 
      —Vale, pero Bill Kaulitz es todo un hombretón —argumenté, aunque resultaba evidente que el cantante de Tokio Hotel no era más que un crío—. Tú eres aún muy pequeño.
      —¿Cuando tenga su edad me darás permiso?
      —Bueno, ya veremos. ¿Cuántos años tiene Bill?
      —Catorce.
      “¡Catorce! ¡Dios mío, es un bebé!” pensé, de inmediato.
      —¿Lo ves? Él es mayor, tú no. Vuelve a preguntármelo cuando tengas su edad.
      En ocasiones como esta, una cree que no va a llegar nunca ese momento. "Ya se le pasará", piensas. 





Cinco años después:
—¡Mamá, quiero un piercing! —sentenció mi polluelo nada más cumplir los catorce. No se le había olvidado; a mí sí.
      —¿Un piercing? ¿De verdad crees que voy a darte permiso para que te pongas un piercing? ¡Solo tienes catorce años!
      —¡Me lo prometiste!
      —¡Yo? ¡Cuándo?
      —Estábamos viendo un vídeo de Tokio Hotel y…
      Estrujé mi cerebro. Un vídeo de Tokio Hotel, un vídeo de Tokio Hotel… Las vívidas imágenes de aquel episodio afloraron tan perezosas como impasibles a la superficie de mi memoria. Lentas pero seguras.
      —No te lo prometí. Dije que “ya veremos”.
      —¿Y eso es un “no”?
      —Por supuesto que es un “no”. Eres demasiado joven, aún. Tendrás que esperar hasta los dieciocho.
      —¡Hasta los dieciocho? ¡Sí, hombre! ¡Falta un siglo! Hasta los quince.
      —Hasta los dieciséis y se acabó el regateo. 
      Una cosa era que llevase determinado tipo de ropa o corte de pelo y otra muy distinta permitir que le atravesaran la piel hasta perforar la carne. La integridad física de mi hijo me preocupaba, como a cualquier madre. Yo también me agujereé la oreja por múltiples zonas —lo hice sola, con hielo y aguja— y me la llené de aretes, ¡pero tenía veinte años! ¿Qué estaba pasando? “Como sigamos así, las nuevas generaciones van a nacer ya con los tattoos puestos”, pensé.
      Pese a la pataleta de sus recién estrenados catorce me hice de nuevo con la victoria y algo mejor: gané tiempo. 
      El calendario, sin embargo, siguió avanzando inexorable y a mi pesar. No se detuvo ni por un instante, el puñetero.






Un año después:
      —¡Mamá, quiero un piercing! —exclamó el púber, al cumplir los quince.
      “¡Maldita sea! ¡Otra vez con el dichoso piercing!”
      —Te dije a los dieciséis, ¡no seas pesado!
      —¡No puedo esperar! ¡Quiero un piercing y lo quiero ya!
      “¡Dios santo! ¡Qué pesadilla!”
      —Hijo, qué más te da. ¿Quince? ¿Dieciséis? ¿Qué diferencia hay?
      —¡Eso! ¿Qué diferencia hay?
      Caí en mi propia trampa de bruces; urgía un cambio de estrategia inmediato.
      Recurrí al chantaje.
      —No haces más que pedir y pedir. ¿Qué das tú a cambio? Si al menos estudiaras.
      —¿Si lo apruebo todo me darás permiso?
      Y al soborno.
      —¡Hecho!
      —¡Toma ya! ¡Sí! ¡Eres la mejor madre del mundo!
      ¡Bien! Otro tanto a mi favor. Conocía a mi hijo: no era imposible que lo aprobase todo, pero sí improbable.

Fin de curso. Tal y como me temía, a mi cachorro le quedaron unas cuantas asignaturas colgadas para septiembre. Y —oh, oh— empezó a expresar en voz alta su deseo de abandonar la ESO. La mía había sido una victoria agridulce, una vez más. Me puse en alerta.
      —Venga, Chris, al menos inténtalo.
      —No vale la pena, mamá; voy a suspender.
      Desmotivación total y absoluta. Tuve que echar mano de mi imaginación a toda prisa. Estaba dispuesta a hacer lo que fuese con tal de que no dejase los estudios.
      Incluso recurrir al chantaje.
      —Si apruebas los exámenes de recuperación ¡te daré permiso para un piercing!
      —Es inútil, mamá, no voy a presentarme.
      Y de nuevo al soborno.
      —Te ayudaré a estudiar. Si te esfuerzas y te presentas habrá una recompensa. Aunque no lo apruebes todo.
      —¿De verdad?
      —Sí. Prometido.
      —¿Y esa recompensa puede ser un piercing en la lengua?
      "¡En la lengua? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?"
      —Esa recompensa puede ser un piercing en la lengua —ya estaba dicho; y una promesa es una promesa.
      ¡Adiós vacaciones! Cada mañana, desde finales de junio hasta principios de septiembre, ayudé a mi hijo con sus interminables y tediosas tareas estudiantiles —¡había suspendido más asignaturas de las que había aprobado!—, exceptuando alguna escapadita a la playa. Para más inri, a principios de agosto sufrió un ataque de apendicitis y tuvo que ser operado. ¡Menudo verano! El machaque psicológico al que me sometió el cachorro humano, además, no tenía precedentes.
      —Me han dicho que no duele nada de nada, un pinchacito y ya.
      Sacaba el tema a la hora del desayuno; a la hora de la comida; a la hora de la merienda; a la hora de la cena.
      —Muchos amigos míos llevan piercings en la lengua desde hace tiempo, no te creas, ¡y tienen mi edad!
      Parecía un disco rayado. El monotema se repetía una y otra vez, una y otra vez…, como una cansina letanía. Por más que me esforzara en cambiar de conversación, él siempre se las arreglaba para reconducirme a ese tenebroso callejón sin salida.
      —Tendrás que acompañarme, ¿sabes? Porque los menores de dieciséis años necesitan una autorización de los padres. 






Al fin llegó la temida, a la par que esperada, semana de exámenes de recuperación. El chaval no lo aprobó todo, pero superó varias de las materias pendientes y pasó de curso; había cumplido su parte.
      Empecé a buscar información en la red como una loca; y se me revolvió el estómago. El piercing que él quería era, precisamente, el que conllevaba mayores riesgos. "¡Ahhhrrggg! ¡Maldita sea!" Intenté convencerlo por todos los medios de que se lo pusiera en el labio o en la ceja, por ejemplo. No hubo manera. Mi hijo es de ideas fijas. Ya tenía elegido el día, la hora, el lugar... y la zona de su cuerpo que se iba a perforar: ¡la lengua!
      Un tipo calvo y gigante como un armario nos recibió en el lúgubre antro, exhibiendo sus impresionantes bíceps tatuados y unas dilataciones tan exageradas en sendos lóbulos que había más agujero que oreja. Un sudor frío descendió por mi espalda. Las voces de mi conciencia —sí, tengo más de una— hicieron toc-toc en el umbral de mi embotado cerebro. La de mi Ángel me advertía, con tanta suavidad como delicadeza: “Protege a tu hijo, no lo dejes en manos de cualquier desaprensivo, es tu niño”. La de mi Demonio, frotándose las manos, me hostigaba malicioso: “¡Se lo has prometido! Y una promesa es una promesa”.
      —No puedo, Chris, no puedo. ¡Lo siento! Esto es demasiado. ¡Vámonos!
      —¡Mamá, me lo prometiste!
      Mientras el mastodonte nos observaba impertérrito, mi zagal se le plantó delante con determinación.
      —Quiero que me ponga un piercing en la lengua —ordenó. El hombre lo premió con su sonrisa perniciosa y me lanzó a mí una mirada desafiante.
      —Si quiere, puede ir echando un vistazo a las advertencias y rellenar el formulario. Tenéis que firmar aquí, los dos.
      Me entregó un dosier de varias hojas y señaló un apartado, al final de la última. El fruto de mis entrañas agarró el primer bolígrafo que encontró, dispuesto a plasmar su garabato. Lo impedí a tiempo.
      —¡Espera! —grité—. Primero hay que leer lo que pone.
      —¿No pensarás leerte tooodo eso?
      —¡Por supuesto! Nunca se debe firmar ningún documento sin leerlo.
      El muchacho refunfuñó y resopló, pero me importaba un bledo. El "armario" desapareció para que pudiéramos discutir en la intimidad. Me lo leí de la “a” a la “z” buscando con desesperación algo a qué aferrarme, una prueba irrefutable del error que estábamos a punto de cometer. ¡Y la encontré!
      —¡Mira! ¡Mira lo que pone aquí!: “Se desaconseja colocar un piercing después de haberse sometido a una intervención quirúrgica, si no ha transcurrido al menos un mes”. ¡Ja! ¡Ahí lo tienes! ¿Lo ves? A ti te acaban de operar de apendicitis. ¡Menos mal que lo he leído!
      —¡Fue el mes pasado!
      —Sí. Hace exactamente tres semanas, lo sabes muy bien. No podemos arriesgarnos. ¡Oiga! ¡Oiga! —de todas maneras, decidí consultárselo al mamut, que reapareció con desgana y sin garbo—. Mire, a mi hijo lo han operado hace poco y aquí pone que…
      —Este… Bueno, señora… Si lo pone ahí por algo será. Es lo que dice el reglamento. Consulte a su médico. Yo no quiero problemas.
      Salí de ahí triunfante, tirando del brazo de un enfurruñadísimo Chris. ¡Bendita apendicitis! Y al cabo de dos días estábamos en la consulta del Hospital Sant Joan de Déu, en la segunda y última revisión del post-operatorio.
      —¿Verdad, doctor, que no es bueno que se ponga un piercing, estando tan reciente aún la operación? —le dije, guiñándole un ojo.
      —En el ombligo no, desde luego —respondió.
      —No, no es en el ombligo, es en la lengua –afirmó Chris.
      —Entonces no veo inconveniente alguno, jovencito. Estás totalmente recuperado, puedes hacer vida normal.
      "¿Será posible? ¡Menuda ayuda!" Tenía escasos días de margen para idear una estrategia perfecta y definitiva.
      No se me ocurría ninguna.
      El tiempo pasaba y el polluelo me atosigaba sin piedad. ¡No me dejaba pensar! Desayunábamos con el piercing; comíamos con el piercing; merendábamos con el piercing; cenábamos con el piercing. ¡Qué pesadilla! No había excusa posible. Se lo prometí. Y una promesa es una promesa.
      Mister Proper me miraba con cara de pocos amigos, levantando una ceja, mientras yo escudriñaba de nuevo, de arriba abajo, el dichoso dosier. En esa ocasión no hallé impedimento alguno. “Eres una mala madre”, afirmaba mi Ángel con un hilillo de voz, meneando la cabeza de un lado a otro con desazón. “¡Firma de una puñetera vez, maldita vieja!”, soltaba el Demonio, perdiendo la paciencia.
      —¡Firma ya, mamá, que van a cerrar!
      Estampé la lúbrica con mano temblorosa y Chris hizo lo propio. La Bestia me arrebató el dosier con una especie de mueca que no llegaba a sonrisa, y parecía satisfecho. Se sentía vencedor; yo me sentía vencida.
      —Necesitaré vuestros documentos de identidad para hacer fotocopias —alegó.
      Mi chaval sacó el suyo al instante. Yo rebusqué en el interior de mi enorme bolso con lentitud exasperante; era consciente de que estaba tardando una eternidad. Ambos, ahora cómplices, clavaron sus miradas asesinas en mí, gesto que no me ayudaba en absoluto, ¡me estaban poniendo de los nervios! Saqué el monedero, ¡por fin! Lo abrí y comprobé, estupefacta, que mi DNI no estaba dentro. ¿Cómo podía ser? ¡Lo guardaba siempre en el mismo sitio! Efectué un registro minucioso, pero no apareció. ¡Todo un misterio!
      —¡Qué pasa ahora, mamá?
      —No está donde debería estar; no lo entiendo.
      ¿Qué hubiese dicho Freud?
      —¿Cómo no va a estar? ¡Tú siempre lo llevas! Eres la persona más responsable y cumplidora que conozco, no vas por ahí indocumentada.
      —Si no hay DNI, no hay piercing —espetó el Bulldog. Se cruzó de brazos con semblante glacial, puso los ojos en blanco y desapareció de nuestra vista. Busqué y busqué, por todas partes, pero fue inútil. No estaba. Nunca antes me había sucedido nada semejante.





      Mientras caminábamos hacia el metro a Chris empezó a salirle humo por las orejas. Me sometió a tal tortura psicológica que a punto estuve de lanzarme a las vías o empujarlo a él. “¡Socorro!” gritaba con el pensamiento. Me vino a la cabeza aquel dichoso vídeo de Tokio Hotel. ¡La culpa la tuvo Bill Kaulitz! Traté en vano de concentrarme en la búsqueda mental de mi documento de identidad, que era lo que realmente me preocupaba en ese instante, ¿lo habría perdido? ¿Me lo habrían robado? No lograba discurrir con claridad. “¡Que alguien me ayude!” era lo único que alcanzaba a discernir. La presión a la que me sometía el chico bloqueaba y anulaba la totalidad de mis neuronas. “¡Aaaarrggghhhhh!”
      —¡Cállate de una vez! ¡No me dejas pensar! Es importante que recuerde cuándo fue la última vez que necesité mi DNI y para qué.
      Pero mi hijo no hacía más que lamentarse y lloriquear. No me servía de ninguna ayuda. No veía más allá de su propio ombligo.
      Llegamos a casa y lo puse todo patas arriba buscando el documento. Hasta que, de repente, se me encendió una lucecita en el cerebro: el día anterior había hecho una fotocopia, ¿me lo habría dejado en la impresora? Lo comprobé y… ¡bingo! Lo cogí a toda prisa, tiré del brazo de mi chaval, sin darle explicaciones, y salimos como almas que lleva el diablo. Ahora era yo la que sentía la necesidad urgente de librarme del asunto del piercing de una puñetera vez y para siempre. Pero al llegar al local... estaba cerrado.





      —¡Mira lo que has conseguido! ¡Estás haciendo todo lo posible para impedir que tenga mi piercing! ¡Te odio!
      ¡Encima! ¡Lo que me quedaba por oír! No podía más, ¡la cabeza me iba a estallar! Lo que debería haber hecho es cruzarle la cara ahí mismo a ese engreído y regresar a casa, lo sé. ¡Pero seguiría machacándome hasta el fin de los días!
      —¿Eso es lo que crees? Muy bien. Seguro que hay cientos de esos establecimientos, alguno quedará abierto.
      —Sí —murmuró—, conozco otro que está por allí, aunque creo que es más caro.
      —¡Qué más da! De perdidos al río, ¡vamos!
      “Esto es otra cosa” me dije, nada más entrar. Era un local amplio y bonito, bien iluminado. Las paredes estaban decoradas con dibujos típicos de tatuajes. De fondo, sonaba buena música hard-rock. Me sentí tan aliviada como reconfortada. Las vitrinas mostraban una gran variedad de piercings. Una mujer, más o menos de mi edad, sonrió y se nos acercó. Llevaba una bata blanca. Sabía que no era médico, ni enfermera; aun así, la bata blanca le proporcionaba un toque de profesionalidad que a mí me transmitió confianza, tranquilidad. Nos informó con eficacia y rapidez. Firmé y pagué casi con los ojos cerrados, entregando mi DNI con diligencia. Cualquiera diría que estaba deseando que a mi hijo le taladrasen la lengua. ¿O es que de verdad lo ansiaba? Hum, ¿qué diría Freud?

      —Seguidme— ordenó.
      Subió una escalera, con nosotros detrás. Todo presentaba un aspecto impoluto. Entramos en un pequeño cuarto en el que había una camilla y le pidió al chico que se tumbara; eso me gustó. Me quedé en la entrada, apoyada en el quicio de la puerta, observando desde una distancia prudencial. Ella se puso unos guantes de latex, colocó el piercing elegido en una bandejita y lo roció con alcohol. Acto seguido echó mano de una especie de aguja larga de plástico, perfectamente empaquetada en su higiénico envoltorio. La extrajo y procedió.   

    —Sentirás un leve pinchazo —informó—; te dolerá. La barra que voy a ponerte es larga y algo molesta, pero debes llevarla durante un mes. Se te hinchará la lengua, te supurará, escupirás espumarajos verdes, los primeros días no hablarás bien… pero tranquilo; todo eso es normal —¡Madre mía! Su sinceridad resultaba abrumadora. ¿Cómo era posible que mi hijo, tan aprensivo como es, no se levantara y saliera por piernas?—. Durante unas dos semanas solo podrás ingerir comida triturada y líquidos. Usa un enjuague bucal sin alcohol tres veces al día. En algunos casos ocurre que la bola del extremo del piercing se desprende y… ten cuidado, no te la vayas a tragar. ¿Está claro? ¿Lo has entendido todo? —Chris hizo un gesto afirmativo y contundente con la cabeza. Qué fuerte. Impresionante. Si no lo llego a ver, no me lo creo—. Muy bien, vamos allá —continuó la mujer de la bata blanca. Yo permanecía muda y expectante—. Abre la boca y saca la lengua —le sujetó la lengua, la marcó con un rotulador, se la perforó con la aguja y sustituyó la misma por la barra del piercing en un santiamén, con una habilidad prodigiosa—. ¡Ya está! —exclamó, satisfecha. A mí los ojos casi se me salieron de sus órbitas. ¿Ya estaba? —Si tienes cualquier problema, ven lo antes posible. Si no, nos vemos dentro de un mes. ¿Ok?

      Le di mil veces las gracias, no salía de mi asombro, ¡qué fácil!
      —¡Do be ha dolido dada de dada, babá! –balbuceó Chris, camino del metro–. ¡Anda, di do buedo hablad!
      “¡Vive Dios! ¡No puede hablar!” Era un milagro maravilloso.
      Se quedó callado el resto de la noche y pasó los siguientes días practicando el voto de silencio. Además, se ocupó él mismo de preparar sus cremas, batidos y purés, ¡faltaría más! No hablaba a la hora del desayuno; ni a la hora de la comida; ni a la hora de la merienda; ni a la hora de la cena.
      Qué paz; qué sosiego; qué calidad de vida. ¡Bendito piercing! ¿Por qué no le di permiso antes?
      ¡Gracias, Bill Kaulitz!

Moraleja: 
Si no puedes con el enemigo, únete a él. O lo que es casi lo mismo: si no logras impedir que tu hijo se ponga un piercing, por más que tú aborrezcas la idea, al menos asegúrate de que lo haga en un lugar que reúna las mínimas garantías legales, higiénicas y de seguridad. Por cierto, Chris sigue llevando ese piercing, siete años después —y otros más, en distintas partes de su cuerpo—, y jamás le ha creado problemas de salud ni de ningún tipo.





domingo, 24 de febrero de 2019

Presentación de LOS OJOS DE SAÏD en el Club de Lectura de la librería Santos Ochoa






Si hay una librería de Barcelona en la que me siento como en casa, es Santos Ochoa, situada en el paseo Fabra i Puig. La descubrí gracias a Pasión en Marrakech, fue la primera en la que firmé ejemplares por Sant Jordi, en el 2014. Más tarde presenté allí esa misma novela, y ahora repito la experiencia con Los ojos de Saïd, que es mi tercer libro publicado.

Montse Blanca Juárez, la administradora de su Club de Lectura, ha captado con tanta profundidad lo que quise transmitir a través de esta obra, que voy a transcribir palabra por palabra el texto en el que describe no solo la trama, sino también el interesante debate que surgió durante esa magnífica tarde de presentación y tertulia. 

Soy consciente de que en nuestra sociedad los temas vinculados al mundo árabe y musulmán producen cierto repelús en la mayoría de las personas, por eso me resulta tan gratificante encontrar la ocasión de aclarar cosas y desmontar tópicos, que fue lo que sucedió el 21 de febrero de 2019.

Antes de entrar en materia solo me queda dar las GRACIAS a todas las personas que hicieron el esfuerzo de acudir a la cita, pese a los inconvenientes de la huelga; a Nelly, la dueña del establecimiento; y por supuesto a Montse, la organizadora del evento. 

¡Espero volver a Santos Ochoa muy pronto con material nuevo!






Texto de Montse Blanca Juárez:

«Este jueves, dentro de nuestro espacio “Presentación de autor”, hemos contado con la presencia de la escritora Mar Montilla, que ha estado con todos nosotros para hablarnos de su último libro Los ojos de Saïd.

Mar Montilla no es la primera vez que nos visita, ya que hace un tiempo la tuvimos con todos nosotros presentándonos su anterior novela Pasión en Marrakech y en varias ocasiones nos ha acompañado en el día mágico de Sant Jordi en el stand de la librería firmando sus ejemplares.

Es licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona, profesión que ejerce en la actualidad, pero ante todo es una gran contadora de historias, su gran sueño. Escribe desde los doce años. El primer libro que escribió, Me separé, aunque le amaba demasiado, era una novela a caballo entre un libro de autoayuda y una novela con tintes autobiográficos, donde volcó las propias experiencias personales tras su separación, entretejiéndolas con tratados, artículos y estudios sobre superación personal y autovaloración, aunque finalmente esta no sería su primera obra en publicarse. Curiosamente, Pasión en Marrakech, que fue su último libro escrito, sería el primero que llegó a las librerías, pasando por delante de Los ojos de Saïd, que es el libro que hoy nos ocupa. Mar Montilla colabora también escribiendo artículos para la revista CÉ CHIC.





Los ojos de Saïd nos cuenta la historia de amor de Sara, una joven periodista española, y Saïd, estudiante marroquí que ejerce de traductor en el mismo medio informativo en el que trabaja Sara. De la mano de estos dos personajes vamos a vivir las dificultades que tienen que afrontar en su día a día las parejas multiculturales. Tendrán que salvar los prejuicios preestablecidos en sus respectivas culturas, intentando respetar sus creencias y comprender sus diferentes formas de afrontar la vida. Una historia de amor, sensualidad y erotismo, pero también una historia llena de olores y sabores, tradiciones y costumbres, que nos acerca a la cultura árabe y al islam, algo de lo que los occidentales tenemos un gran desconocimiento.

Como siempre, la primera pregunta que se hace imprescindible a la hora de dar comienzo a estos encuentros, es la motivación que lleva al autor a escribir una historia determinada.





Mar Montilla nos comentó que tenía la necesidad de poner sobre el papel las propias experiencias que estaba viviendo ella misma en aquellos momentos. Por aquel entonces estaba casada con un hombre de procedencia marroquí y eran muchos los prejuicios establecidos con el que ambos se encontraban dentro de sus propios círculos sociales, la dificultad de llevar adelante su relación frente a las presiones externas. De hecho, como ella misma comenta en su libro con una frase muy contundente: “Una cosa es escribir sobre diferencias culturales y otra experimentarlas en tu propia piel”. Quería dejar constancia de las dificultades con las que se encuentran todas las parejas multiculturales, sobre todo las que son de culturas tan opuestas y con creencias religiosas tan diferentes, que tiene que luchar, no solo con los prejuicios de su entorno, sino con los suyos propios. De cómo estas parejas afrontan planes en común y de qué manera llevan adelante la propia aceptación de sus diferentes formas de ser y de pensar.





De todas formas se confiesa como una persona que, tal y como se ha visto en sus otras publicaciones, utiliza la escritura como un medio de canalizar las emociones y los sentimientos que experimenta en su vida diaria. Es algo que le sale espontáneamente sin necesidad siquiera de replanteárselo. Cuando se pone ante un papel con la intención de escribir esas experiencias fluyen.

Cuando escribió su primer libro Me separé, aunque le amaba demasiado, que aborda una experiencia muy importante de su vida, acababa de pasar por una separación dolorosa, para ella fue como una catarsis poder sacar al exterior todo lo que le oprimía, en ningún momento afrontó la escritura de este libro con la intención de hacer un tratado de autoayuda, sino que fue por una necesidad propia que más tarde quiso compartir con otras personas, aunque tendría que pasar algún tiempo antes de que este libro viera definitivamente la luz.





Según nos comentó la propia autora, algo confirmado por casi todos los autores que han pasado por nuestro espacio “Presentaciones de autor”, el mundo editorial no es nada fácil y muy complicado para los escritores que quieren abrirse paso en este entorno. Muy pocos son los que tienen la suerte de poder dedicarse íntegramente a su profesión sin tener que estar compartiendo espacio con otras actividades más lucrativas, por lo que en muchas ocasiones, no guarda ninguna relación el momento en el que se escribe un libro con el momento en que es publicado. Por esa razón, muy a menudo, y como es su caso, algunas narraciones se ven obligadas a permanecer unos cuantos años guardadas en el cajón una vez finalizadas.





Sin embargo, Los ojos de Saïd pudo publicarse en su momento por una editorial muy conocida en el mundo literario, pero por algunas diferencias de opinión, el acuerdo no llegó a concretarse, por lo que tuvo que pasar un tiempo en stand bite antes de ser publicada y de que los lectores pudiéramos tener acceso a ella. Tras la publicación de Pasión en Marrakech, novela que tuvo más suerte que las anteriores, cuando Mar Montilla pudo darse a conocer como escritora en el mundo literario, fue cuando por fin Los ojos de Saïd pudieron ver la luz. Por otra parte, su novela Me separé, aunque le amaba demasiado también tuvo que permanecer en barbecho algún tiempo y al final tuvo que ser la autopublicación la que lo hiciera posible.





Los ojos de Saïd, como ya nos había explicado la autora, fue escrita en una época muy determinada de su vida, cuando la relación, con el que en aquel momento era su marido, saboreaba las mieles del amor y de la felicidad, pero debido a ese tiempo en el tuvo que estar en espera de ser publicada, sus circunstancias personales ya habían cambiado y dado un drástico giro. Aquella relación idílica había tenido un final inesperado, y fue entonces, cuando la historia, basada en aquel amor, no autobiográfica, como nos recalca la autora, fue publicada. Sin embargo, a Mar Montilla en ningún momento se le ocurrió cambiar nada de lo que había volcado en su momento en aquellas páginas, ya que tenía muy claro que era una experiencia vital que había vivido y que formaba parte de su historia, a la que estaba muy agradecida, a pesar de su doloroso final, porque gracias a ella había aprendido el valor de muchas cosas, a tener una visión más abierta del mundo, a ser más tolerante y a perder la mayoría, por no decir todos, los prejuicios que tenía sobre las personas de procedencia árabe, es más, de la procedencia de cualquier persona.





A la pregunta de una de las personas presentes en el encuentro, de si con la perspectiva del tiempo transcurrido, y tras lo sucedido, no le hubiera gustado cambiar el final tan idílico y romántico de su novela, la autora comentó, que ni se le había pasado por la mente, ya que una novela romántica no puede tener más que un final romántico, que al fin y al cabo es lo que esperan los lectores, pero que de cualquier manera, ese era el final que había visualizado, y aunque en su caso personal no había acabado siendo ni tan idílico ni tan romántico, era el que los protagonistas de su novela merecían. Indudablemente, que si en estos momentos tuviera que escribir esa misma historia, no la escribiría en los mismos términos, porque también su experiencia con el paso del tiempo se ha ampliado y tiene una visión mucho más completa.

En relación a los personajes que comparten protagonismo en su novela: Sara y Saïd, Alicia y Nadir, Mar nos comentó, que si bien los dos primeros están basados en ella misma y su pareja de aquel entonces, las cosas que les ocurren son de ficción. No es el mismo caso de Alicia y Nadir que son totalmente inventados, y por una razón muy concreta. Con una pareja irreal podía dar rienda suelta a toda su imaginación e introducir los momentos eróticos que aparecen en el libro, salvaguardando el pudor de sus personajes principales, aunque para crear el personaje de Nadir había utilizado algunos rasgos de una persona real.

Al hilo de esta cuestión se le preguntó a la autora por ese componente de erotismo y sensualidad que aparece en sus novelas, y que si eso era algo inherente al exotismo de la cultura árabe. A lo que Mar nos confirmó que, si bien esta cultura es muy pudorosa a la hora de expresar emociones en público, y que hacen una separación muy radical entre hombres y mujeres en las conversaciones que versen sobre sexualidad, en la intimidad las relaciones sexuales tienen esos componentes de erotismo y sensualidad muy presentes, donde se busca la satisfacción de ambos miembros de la pareja. Algo que culturalmente las madres trasmiten a las hijas y los padres a los hijos.





Otros de los temas que se abordaron, fue sobre el concepto de machismo que se tiene en la sociedad occidental respecto a la sociedad árabe. Concepto, que tal y como se demostró en el debate que se abrió en ese momento entre las personas presentes en el encuentro, no es algo alejado de nuestra propia cultura, sino que se sigue perpetuando en la actualidad, tal y como Mar Montilla resalta en su libro respecto a Sara y su propia familia. Un padre autoritario y dictatorial y una madre sumisa que acata y vive para satisfacer al marido, con unos hermanos que son copias exactas de sus padres. Comportamiento no tan residual en nuestro propio entorno, ya que se puede encontrar incluso en las grandes ciudades donde la población es de mente más abiertas, y con más fuerza, en muchos pueblos de nuestra geografía.





El debate se extendió hasta el papel que juega, dentro de su sociedad, la mujer musulmana en el más amplio sentido de la palabra, donde son las propias mujeres las que continúan perpetuando esa mentalidad cerrada y dando alas al comportamiento machista, ya que son las primeras en juzgar, censurar y condenar a las mujeres que intentan cambiar este estado de cosas y que se rebelan contra las normas establecidas, justificando, a la misma vez, el papel de los hombres. Hombres a los que se les está permitido, aunque no sea bien visto, casarse con infieles y tener hasta cuatros esposas, mientras que las mujeres árabes jamás pueden casarse con un infiel, solo les es permitido el enlace con musulmanes, y por descontado, con un solo hombre. También son las mujeres las que han de demostrar un comportamiento ejemplar según unas reglas muy estrictas y vestir adecuadamente según estas mismas reglas, algo que en ningún momento se les exige a los hombres.

Al hilo de este comentario también se debatió el papel de los protagonistas Sara y Saïd, donde él, sin imponerse, pero muy sutilmente, va haciendo sugerencias de cómo ha de comportarse, de cómo vestirse para no ofender, de lo que es correcto y de lo que no lo es, tratándola de diferente manera si hay musulmanes cerca, algo que hará que Sara altere su propia forma de ser. También será ella la que tendrá que hacer todas las concesiones en la relación, incluso en lo referente a posibles hijos que puedan tener en un futuro. Para dar más claridad a estas dificultades con las que se encuentran las parejas multiculturales, se leyó un pasaje del libro que lo concretiza muy bien. Dicho pasaje está extraído de un artículo publicado en un medio de comunicación que Mar Montilla incorporó a la novela tras la autorización de su propia autora, y que se puede encontrar en el capítulo 15 pág 89.





Otras de las cuestiones que aborda el libro es el papel de la madre dentro de la sociedad árabe, en concreto de la marroquí, donde es la máxima autoridad en lo que se refiere a los asuntos familiares, y más cuando el padre ha fallecido, donde incluso los miembros masculinos de la familia le deben respeto y obediencia.

En su libro también se hace mucha referencia al islam y la filosofía de vida que representa, como un estado de paz interior y de respeto por toda la vida existente, algo que choca mucho al lector que no tiene demasiado conocimiento sobre esta creencia religiosa, salvo por lo negativo que llega a través de los medios de comunicación en referencia a los hechos violentos y dramáticos que se cometen en nombre del islam. Mar Montilla comentó, que si bien no había leído por completo el Corán, ya que la traducción al español incurre en muchas inexactitudes, algo que le pudo confirmar el que en aquel momento era su pareja, en lo que había alcanzado a leer no había encontrado ninguna referencia a la violencia, aunque como sucede en los libros sagrados de otras religiones, todo depende de la interpretación que quiera dársele, es más, en el Corán, no se hace referencia a que la mujer sea inferior al hombre, sino todo lo contrario, que ha de ser tratada como una igual.

Mar nos comentó que los prejuicios occidentales tienden a poner dentro del mismo saco a todos los musulmanes, cuando la mayoría son personas normales y corrientes que condenan todo tipo de violencia y a los que les duele muchísimo cualquier hecho violento que se comete en nombre de su dios o de su religión. Por eso en su libro también quiso introducir el escenario del 11M y el sentimiento de rechazo que se creó en aquel momento con toda la comunidad musulmana, algo que cada vez se está extendiendo más debido a todos los acontecimientos terroristas que han ocurrido desde entonces.

Otra de las curiosidades que despierta la lectura del libro a las personas que no estamos suficientemente informadas sobre esta cuestión es el Ramadán. Qué es, qué significado tiene dentro del islam y cómo lo vive la mujer occidental que convive con un musulmán que lo practica. Mar Montilla nos ilustró muy bien sobre todos estos conceptos que suscitaban curiosidad, y la verdad es que fue muy interesante todo lo que compartió con los asistentes.

Llegando ya al final del encuentro otra de las preguntas que se hacen imprescindibles es la de los proyectos futuros que Mar Montilla tiene en el tintero en estos momentos. La autora nos confesó que son dos los proyectos que tiene, ambos bastante adelantados, pero a los que aún les falta un tiempo para estar finalizados. Uno de ellos tendrá algo que ver con la situación vivida tras su separación, pero el otro no tiene nada que ver con los anteriores, aunque sí que aparecerá un personaje marroquí, y está ambientado durante la guerra civil española. Una novela que comenzó a escribir antes de su separación, que dejó aparcada durante un tiempo para dedicarse al otro proyecto, pero que ahora ha vuelto a retomar con mucha ilusión. Algo de lo que todos los presentes nos alegramos, ya que tendremos la oportunidad de seguir leyendo historias interesantes de la mano de esta autora.





Y como siempre, una vez concluido el intercambio de toda esta información tan interesante y enriquecedora, pasamos a nuestra clásica foto de familia para el recuerdo y la firma de libros por parte de la autora.

Desde aquí, ya solo nos queda dar las gracias a Mar Montilla de parte de todos los asistentes al encuentro y del equipo profesional de la librería Santos Ochoa, por haber compartido con todos nosotros parte de su preciado tiempo.»







La aventura de ser madre de un adolescente

Cuando creé este blog, hace siete años, incluí una sección llamada Madre permisiva, algo neurótica y… ¡pelín histérica! Por aquel enton...