lunes, 27 de noviembre de 2017

Crónica surrealista de una viajera despistada






Tengo un flamante y recién estrenado puesto de trabajo. Ejerzo tareas similares a las de mi empleo anterior, pero debo adaptarme a los cambios, ya os podéis imaginar, distintas herramientas; diferentes compañeros; nuevo jefe... ¡Todo un reto! Sin embargo, no es eso lo que más me inquieta.

Como mucha gente sabe, vivo en un universo paralelo en el que las cosas no funcionan del mismo modo que en el mundo real. Por lo tanto, aventuras como tenerme que desplazar a diario de la población en la que vivo a otra, pueden suponer para mí una verdadera odisea, dado el habitual despiste que me caracteriza. O, por lo menos, así es durante los primeros días, hasta que mis neuronas se van redirigiendo, y asimilan las novedades. Entonces, las extremidades comienzan a aceptar las órdenes que reciben de mi cerebro y, poco a poco, los pies me van llevando a diario al lugar, de forma automática. Dicho así, parece sencillo. Pero lo cierto es que esto sucede después de un cúmulo considerable de anécdotas de lo más variopintas, como las que me dispongo a relatar.

Día D:  
Me he informado bien acerca del autobús que debo coger y sus horarios. He indagado a fondo sobre qué alternativas posibles de desplazamiento tengo a mi disposición, y me consta que esta es la más idónea. He consultado a San Google y, por supuesto, a San Google Maps. Aun así, la duda me corroe, no lo puedo evitar. Hasta que no haya superado con éxito esta primera jornada, íntegra, no me quedaré tranquila. Un nudo de angustia atenaza la boca de mi estómago. ¿Y si esos horarios no se cumplen? ¿Y si me equivoco de parada? ¿Y si no encuentro la dirección a la que voy? ¿Y si no llego a tiempo? ¿Y si se junta la Tierra con el Sol? ¿Y si nos invaden unos extraterrestres? ¿Y si…? Las incógnitas son múltiples, y de toda índole. De entrada, resulta que cerca de mi casa hay dos paradas que pueden irme bien: La parada A y la parada B. No sé cuál me irá mejor, habrá que ir probando. Este primer día elijo la A. Ya estoy subida en el vehículo que me trasladará a mi destino, bastante convencida de que es el correcto. De todas maneras interrogo al conductor, por si acaso. Le informo de adónde me dirijo, le pregunto si me sirve la T-10, que es mi bono de transporte habitual. Este chófer, por cierto, es encantador. Me confirma que sí, que me sirve la T-10, pero de 3 zonas, y que no me preocupe, que me avisará cuando llegue a mi destino. Genial. ¡Uf, menos mal! Un tipo atento. «Operación ida» finalizada con éxito.

No obstante, aún queda la «operación vuelta».

Salgo de trabajar y me entretengo, haciendo tiempo. Mi  autobús aún tardará. Merodeo por la zona, explorando el territorio. Descubro varias tiendas de ropa, varios supermercados, una farmacia, etc. Diez minutos antes de la hora ya estoy en mi parada. La que me han indicado. Esa en la que me apeé esta misma mañana. ¡Por fin llega el autobús! Asciendo con alivio. ¡Qué ganas de llegar a casa! La conductora, que no solo es afable, sino también vidente, me informa de que no va para Barcelona. Vamos, que no estoy en la parada que debería estar. ¿Y ahora qué? Me ruborizo, abro unos ojos como platos y exclamo: ¡Madre mía! —¿Pero quién soy yo? ¿Anastasia Steele?—. ¡Pues ya puede correr! Me aconseja la buena mujer. Porque el último está a punto de irse, si es que no se ha ido ya. Añade. ¡Madre mía! ¡Madre mía! Repito. Le doy las gracias y salgo a la carrera, como alma que lleva el diablo, hacia la parada que me indica la gentil dama. Y, a Dios gracias, aterrizo a tiempo. Sofocada y sin aliento. Pero a tiempo.






Día H:
Me dirijo a la parada A. Aún no estoy segura del todo de que sea preferible a la B. No obstante, ¿cómo sería la vida sin riesgo? Aburrida. Carente de emoción. Insulsa. Ya dispongo de mi T-10 de 3 zonas, ese tema está resuelto. Algo es algo. Ahí estoy, sentada, esperando. Veo a lo lejos el que creo que es mi autobús, aún no puedo asegurarlo, pero me preparo. Debo admitir que ya no tengo la vista de lince de antaño. Existen tres autobuses muy similares entre sí, de la misma compañía, color, tamaño y modelo. Solo se diferencian por el cartel que indica el destino, y por un número. Los tres pasan a esa hora, con segundos de diferencia. Sin embargo, solo uno de ellos es el mío. Lo sé a ciencia cierta porque el primer día los paré a todos. Sí, en efecto. Subí a los tres. Pregunté a todos y cada uno de sus correspondientes conductores si ese iba a mi destino. Eso me quedó claro desde el principio. En fin, ahí estoy yo, viendo venir al que se supone que es el mío, y esperando a que se coloque a mi altura. Como son tantos los autobuses que paran en el mismo sitio, a menudo se forman largas hileras de estos vehículos, urbanos e interurbanos, y tienes que esperar a que el tuyo alcance el punto de parada. Bueno, pues mi autobús es el último de la fila. Un tramo bastante amplio lo separa aún del famoso punto de parada cuando, de repente, da un volantazo, gira, se desplaza al carril de al lado y… ¡se va! ¡Mi autobús se va! ¿Pero por qué se va! Grito, histérica. Y me echo a correr por la acera, en la misma dirección, colorada como un pimiento morrón. ¡Eh, oiga! ¡No se vaya! Todo el mundo me mira. ¡Se va! ¿Pero cómo puede ser! Evidentemente, ni él se detiene, ni yo lo alcanzo. Aunque, ya que estoy, sigo trotando hasta la parada B. ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Me pregunto, al borde de un ataque de nervios. ¡Voy a llegar tarde y es mi segundo día! Me lamento. Bueno, bueno, a ver. Relájate, seguro que hay una solución. ¡Piensa, Mar, piensa! Venga, con la calma. ¡Oooooommmmmmmmmm! Logro tranquilizarme, al fin, y ser objetiva. Ayer llegaste con media hora de antelación, me digo, seguro que hoy llegas justo a tiempo. ¡No es para tanto, mujer, madura de una vez! Me vuelvo a sentar, recuperando el sosiego. Me resigno, me sereno, respiro hondo y observo —¡oh, milagro!— que viene mi autobús. ¡El anterior no lo era! Este sí que es el mío. Experimento un gran alivio y a la vez me siento absolutamente ridícula. ¡MADRE MÍA! A mi lado, Anastasia Steele resulta la tipa más avispada que puedas echarte a la cara. Pongo los ojos en blanco, solo de imaginarlo.



Día K:
Otra de las dificultades que mi nuevo empleo me obliga a superar es qué hacer con las tres horas libres que me quedan al mediodía, ya que mi jornada es completa y partida. Ir a casa y volver supondría un sobre esfuerzo, doble gasto y mayor estrés. Descubro una biblioteca en Vilanova, muy cerca. ¡Estupendo! Asunto solucionado. Aprovecho mi tiempo libre para escribir. ¡Excelente idea! Normalmente me desplazo a pie, así también hago ejercicio, aunque un compañero me ha informado de qué autobús podría coger, en caso necesario. Todas las incógnitas se van resolviendo de un modo favorable. Bien. Así paso yo mis mediodías. De Roquetas a Vilanova y de Vilanova a Roquetas. Caminando. Perfecto. La vida es bella. Hasta hoy. Hoy me he cansado de tanto caminar y, como ya he adquirido la T-Mes de tres zonas —un bono con un número ilimitado de viajes que puedes usar durante treinta días consecutivos en un radio de desplazamiento de tres zonas—, decido coger en Vilanova ese autobús que me indicó el compañero. Así lo hago. Pero, oh, oh, la máquina no admite mi bono de transporte. Pita y pita. Una y otra vez se enciende una lucecita tan roja como mi semblante. El chófer me mira mal. Yo sonrío con timidez. Lo intento de nuevo y vuelve a pitar. No lo entiendo, digo, enseñándole la tarjeta al conductor, que escruta mi rostro, con el ceño fruncido. A ver, señora, exclama con prepotencia, es que está picando con una tarjeta de tres zonas. Sí, sí, es de tres, corroboro con absoluto convencimiento. Pues por eso no le sirve, porque es de tres zonas. Pero si es la T-Mes, insisto. No lo capto, y cada vez estoy más sofocada. El autobús va lleno hasta la bandera. Detesto ser el centro de atención y, sin duda, en este instante lo soy. Señora —¡Otra vez lo de señora! ¿No hubiera podido decir mujer, muchacha, señorita, chica, joven…? ¡Que tampoco es una tan vieja, vamos!—, está usted en zona 4. ¿Ah, sí? ¿Vilanova es zona 4! ¡No lo sabía! El color de mis mejillas se intensifica por momentos. Pero a ver, si yo voy a Roquetas… —intento defenderme, con apenas un hilillo de voz—. De golpe y porrazo, el conductor no-amable detiene el motor del vehículo y se impone un silencio mortal. O sea, que no lo entiende. Dice, repantigándose en el asiento, soltando el volante, como diciendo bueno, pues nos quedamos aquí parados, si usted quiere, hasta que lo pille. Pues no, no lo pillo. Digo, con un tono casi inaudible. ¡Juro por dios que de verdad no lo entendía! Y no lo digo en un sentido metafórico, sino literal. Es una más de las incógnitas existenciales de mi vida. ¿Alguien puede explicarme cómo funciona esto de las zonas? Porque según mi lógica —no aplicable, por lo visto, al Planeta Tierra—, si yo tengo un bono para desplazarme en un radio de tres zonas, al moverme de la zona 3 a la zona 4, y viceversa, debería servirme, ¿no? Pues, visto lo visto, no. Y resulta evidente que este conductor, en concreto, no me lo va a aclarar. O sea que marco con mi tarjeta de 1 zona. La de 1 zona es mucho más barata que la de 3, cierto, pero para mí, que ya he pagado por mis viajes de todo el mes una cantidad nada despreciable, supone un gasto extra, del todo incomprensible y, según yo, innecesario. En fin. Sin comentarios.





Día X:
Estoy en la parada B, he venido directamente, creo que me va mejor que la A. Veo venir mi autobús y empiezo a prepararme, yendo hacia él, por si acaso, aunque aún no ha llegado a mi altura. En cuanto me acerco, el conductor me hace señas, como indicando que debo esperar en el punto de parada. ¡Jolín! Pienso. ¡No hay quién les entienda! Unos te hacen esperar en el punto de parada. Y otros, si no vas hacia ellos, ¡se largan! Así, sin más. Te entran ganas de decir a ver, un momento, ¡que saco la bola mágica! Pues nada, espero. Me subo, me instalo en mi asiento y todo va estupendamente bien hasta que me doy cuenta de que —¡oh dios mío!— no está haciendo el recorrido habitual. Me levanto como impulsada por un resorte, me dirijo hacia el conductor y le pregunto, con evidente desesperación en el timbre de mi voz: ¡Oiga! ¿Este no es el que pasa por Roquetas? ¿Este? No. Este va a Vilanova. ¡Ostras, ostras! ¡Me he equivocado de autobús! ¡Yo voy a Roquetas! El chófer, que este sí es considerado y bonachón, todo hay que decirlo, se apiada de mí y me advierte de que lo más sensato es que me baje ahí mismo y enlace con otro autobús que me llevará a mi destino. ¿Que qué autobús? ¡Aquel en el que tanta vergüenza pasé! He quedado en ridículo, una vez más. ¿Pero qué puedo hacer? Comprendo que lo más acertado es seguir la recomendación del hombre. Mi manía de salir de casa tan temprano evitará que fiche tarde. Pero no me librará de toparme cara a cara —¡otra vez!— con el conductor no-amable. ¡Qué vida más dura, por dios! Tengo ganas de llorar y me siento estúpida. Eso sí, llegaré justo a mi hora.

Mar Montilla






lunes, 18 de septiembre de 2017

LA NIÑA QUE HABITA EN MÍ



Érase una vez una chiquilla con una fantasía tan compleja y un mundo hacia dentro tan rico que a duras penas sabía cómo manejarse hacia afuera. Vivía en una especie de burbuja silenciosa, nadie conocía el timbre de su voz. Para expresar las emociones y que no le explotaran dentro, las volcaba sobre un cuaderno, acariciando el papel con su pluma de forma suave y continuada, dejando fluir la palabra escrita, que le interesaba infinitamente más que la hablada. A ella se le antojaba que las cosas no anotadas se esfumaban de la memoria sin dejar huella. En cambio, todo aquello que se transformaba en letras, bañadas en tinta, perduraba en el tiempo y permanecía para siempre. Fue abriéndose a la mundanal vida externa con pereza, a medida que crecía taciturna, aunque nunca desestimó su riqueza interior. Pasó de niña a adolescente y de adolescente a mujer sin abandonar jamás ese hábito de plasmar por escrito cada suceso, reflexión o pensamiento que se le ocurría a ella misma o a alguien de su alrededor. Cuando su día a día se llenaba de acontecimientos felices, los relataba con pasión, reviviéndolos con intensidad al escribirlos, y luego al leerlos, y una vez más al releerlos. Era mágico. Sin embargo, cuando las cosas no salían como esperaba y su corazón se llenaba de congoja y tristeza, la escritura le servía para vaciar el alma. Escribir la ayudaba a ordenar sus ideas, creencias y sentimientos. Lo hacía por y para ella. Escribía por el puro placer de escribir, y por el alivio que experimentaba al hacerlo. 

Un día, nadie sabe por qué, sintió la necesidad de ser leída por otros y se le ocurrió escribir un libro. La primera vez que alguien leyó un texto escrito por ella probó una desconocida y cautivadora sensación. Un universo nuevo se abrió ante sus ojos. Se volvió ambiciosa y decidió entonces escribir una novela. ¡Fue maravilloso! Comprendió que esa era su verdadera vocación y escribió otra… y otra. Rozó con las yemas de los dedos algo similar al éxito y eso la sedujo por completo. Lo disfrutó. Lo paladeó. Después llegaron las decepciones. Editoriales. Intereses. Rivalidades. Saboreó la amargura del abuso de quienes juegan con los sueños de los demás en su propio beneficio. Sintió en su piel el desgarro que provoca la envidia incomprensible de otros escritores. Lágrimas. Impotencia. Frustración. ¿Era ese el mundo real? No soportaba su crudeza. Le aterró comprobar que a menudo se preguntaba para qué iba a seguir escribiendo. Se asustó aún más al caer en la cuenta, horrorizada, de que ya nunca escribía a mano. No se reconoció a sí misma.

Hasta que un buen día decidió que nada ni nadie iba a contaminar la pureza de su alma. Sabía que, en el fondo, seguía siendo esa niña inocente, transparente, ingenua, incapaz de percibir la maldad ajena. Esa niña que escribía sin más. Por el puro placer de escribir.

Y por fin recuperó su esencia.

Mar Montilla











jueves, 3 de noviembre de 2016

Los ojos de Saïd: un breve avance



Los ojos de Saïd 
(Fragmento)

¿Has contemplado alguna vez el océano en una noche sin luna? Asusta. Todo es negro. La línea que separa el mar del cielo se difumina en el horizonte, provocando una sensación terrorífica. Te reconoces diminuta como una hormiga, insignificante como una pulga en medio de esa absoluta inmensidad, en medio de esa demoledora soledad. ¿Te imaginas caerte ahí, en plena oscuridad, siendo consciente de los infinitos misterios que se ocultan en las profundidades de esas aguas? Así se sintió Sara la primera vez que se zambulló, de forma voluntaria, en su mirada penetrante. Y por extraño que resulte, no experimentó miedo alguno. Al contrario, jamás se había percibido tan segura y arropada. Lo sé de buena tinta. Me lo contó ella misma usando homólogas palabras e idénticas metáforas.

Sus ojos fueron la clave. Negros, profundos, almendrados, perfilados con el lápiz invisible de Tutankamon. Y digo invisible porque se parecían de verdad a los de Tutankamon, sí, pero era imposible que se los hubiera maquillado, él nunca haría algo así. Eran como eran por naturaleza. De mirada intensa, directa, que nada temen, que nada ocultan. Muy diferentes a los cientos, miles de ojos —occidentales— que había contemplado hasta ese momento, a lo largo y ancho de sus treinta y tantos. Y cuando, intencionadamente o no, sus ojos tropezaron con los de Sara, ella no los apartó, como solía hacer. Le sostuvo la mirada firme, desafiante, casi al borde del descaro. Como la mujer segura de sí misma que se suponía que era. Como buscando algún indicio de prepotencia machista en esos increíbles ojos árabes.

Pero no halló en los ojos de Saïd el mínimo atisbo de superioridad, ni por asomo. Irradiaban tal halo de serenidad que se sintió hipnotizada, a la par que halagada, al descubrir que la seguían a todas partes, y que eso venía sucediendo desde el mismo día en que el joven aterrizara en la sede de Barcelona. Era la primera vez que contaban con un intérprete marroquí en plantilla, circunstancia que provocó algo de revuelo en general, y entre las féminas en particular. Hasta hacía nada se las arreglaban con colaboradores eventuales, pero a raíz de los sucesos que tuvieron lugar en la estación de Atocha de Madrid, el 11 de marzo del 2004, la presencia en la redacción de alguien con perfecto dominio de la lengua árabe, se hizo imprescindible. Cierto recelo flotaba en el aire. Se le trataba con amabilidad y respeto aunque el prejuicio coexistía, en silencio, junto a los buenos modales. Y si a alguna enamoradiza se le ocurría susurrarle al oído a su compañera, entre suspiros: «¿No te parece atractivo?» la otra se apresuraba a contestar: «¿Estás loca? Es marroquí. ¡Y musulmán! ¿Quieres que te obligue a llevar un velo? Quítatelo de la cabeza».

Sara no podía quitárselo de la cabeza. Lo intentó. Trató de convencerse de que lo único que sentía por él era la inevitable curiosidad que despiertan las personas de procedencia extranjera. Otra cultura, otras costumbres. Un cúmulo de sensaciones contradictorias la golpeaba. Una parte de ella levantaba murallas alrededor, por si acaso. Otra, añoraba con fervor casi urgente volver a estar con alguien, saborear la miel de los besos, la cálida turbación de los abrazos, la traviesa impaciencia del deseo a duras penas contenido. Dos años de celibato voluntario habían sido más que suficientes. Sexo. ¡Mmm! Cómo echaba de menos el sexo...

Un hombre árabe. ¡Uf! Qué complicado. Sin duda se sentía confusa, atraída por las diferencias, se justificaba. Pero cada vez que Saïd aparecía ante ella sufría estragos fisiológicos tales como taquicardia, aumento del flujo sanguíneo y una especie de punzada ardiente en el bajo vientre. Por no mencionar el rubor de las mejillas y el temblor de la voz. Su retorno a la adolescencia, en definitiva. Tuvo que rendirse a los hechos: se sentía atraída por él y resultaba evidente que era recíproco. ¿Bueno y qué? ¿No presumía tanto de su falta de prejuicios raciales y de todo tipo? ¿Qué había de peligroso en tener una aventurilla? Algo pasajero. Un aquí te pillo, aquí te mato y ya está. Podía ser curiosidad, hambre sexual atrasada, simpatía mutua o química, pura y simple.

Él se mostraba tímido y respetuoso, tal vez en exceso, con el sexo opuesto. En su trato hacia las mujeres de alrededor se le adivinaba la inexperiencia, incluso cierta torpeza. Aunque dominaba el idioma, en ocasiones titubeaba, azorado. Sara se preguntaba qué podía hacer para seducirle. Llevaba tanto tiempo sin salir con nadie que no sabía por dónde empezar. Y ese no sé qué de prohibido que envolvía a Saïd lo hacía aún más interesante. Solo se le ocurría una forma de calmar su inquietud: acercarse a él. Pero la desbordaban los tópicos. ¿Sería machista? ¿La consideraría inferior por ser una mujer? ¿Vería con malos ojos que diera ella el primer paso en un intento de conquistarle?

Averiguó que vivía en Barberà del Vallès y se desplazaba en tren. Una tarde, minutos antes de la hora del cierre, se atrevió por fin a formular la pregunta que rondaba por su mente desde hacía días.

—¿Coges el tren?
—Sí —contestó, escueto.
—Podríamos ir juntos hacia la estación, si quieres, me pilla de paso.
—Me parece bien.

Parco en palabras, pensó Sara, no va a ser fácil. Pese a todo, entendió que su propuesta le sorprendió y agradó a partes iguales, a juzgar por la expresión de su rostro. La esperó a la salida esa y todas las tardes siguientes. Una encantadora forma de romper el hielo, lenta y tímida, a la antigua usanza, como una pareja de novios en la sufrida España de los años cuarenta. Sin acercarse demasiado, sin tocarse. Saboreando minuto a minuto la magia de enamorarse.

Empezaron a conocerse con cautela. Ella le interrogaba con la inocencia y espontaneidad de una niña. Él la miraba escandalizado aunque, en el fondo, le divertía su franqueza, pues lo mismo le preguntaba: «¿Y por qué las mujeres musulmanas llevan velo?» que le soltaba: «Pues el hombre que tenga cuatro mujeres deberá estar muy en forma para cumplir con todas, ¿no?». Ante semejantes elocuencias, Saïd reaccionaba con una risa nerviosa en algunas ocasiones, ruborizado en otras. Jamás enojado. Demostraba una paciencia infinita. Como periodista, Sara creía disponer de abundante material sobre el mundo árabe y musulmán, aunque pronto descubrió que se trataba de una información confusa y cargada de estereotipos.

Una mañana estuvieron juntos en Barberà terminando un reportaje y, al mediodía, Saïd la invitó a comer en un restaurante árabe que solía frecuentar. Se sintieron tan cómodos el uno con el otro que el tiempo pasó volando, como en un soplo. ¡Y llegaron tarde a la oficina! El rumor de que había algo entre ellos se extendió como la pólvora desde ese instante y ya no hubo modo alguno de acallarlo.

En la segunda cita fue ella quien le llevó a saborear una deliciosa paella en la Ciudad Condal, en una terracita de la Villa Olímpica, un soleado sábado de julio. Después de una plácida sobremesa, pasaron horas y horas conversando, mirándose como bobos, riéndose de las cosas más simples, contemplando el sol, paseando junto al mar o sentados en las rocas, muy pegados el uno al otro, sonrojados como criaturas inexpertas. Sara deseaba estrechar las manos de Saïd entre las suyas y no se atrevía. Esperaba que él lo hiciera y no lo hacía. Quiso hacer eternas las horas, detener el tiempo. No lo consiguió. Mientras se dirigían hacia el metro, minutos antes de la despedida, sintió que era su última oportunidad. Saïd caminaba con las manos metidas en los bolsillos y no le quedó más remedio que meter la suya en uno de ellos. Él entendió el gesto y le correspondió de inmediato pasando un brazo por encima de sus hombros. Medía unos veinticinco centímetros más que Sara y a ella le invadió una agradable sensación de protección, cálida y tierna. Ya habían cumplido el ritual que les convertía en pareja. Cuando se separaron, al final de aquella extraordinaria tarde compartida, Saïd depositó un primer y tímido beso en los labios de Sara, tan fugaz y escasamente saboreado que más tarde, al recordarlo, casi le asaltaba la incertidumbre de si sucedió de verdad o solo tomó cuerpo en sus pensamientos, teñidos de deseo. Sus mejillas sucumbieron a un rubor más propio de adolescente que de mujer sobrada y su risa nerviosa no hizo más que añadir insensatez a una escena que tiró por tierra la teoría de que a ciertas edades el amor se vive con mayor serenidad. Desde ese momento anduvo no semanas, sino meses, con una perpetua sonrisilla bobalicona estampada en su rostro noche y día; día y noche.


Así de dulce fue el inicio de esta bonita historia. ¿Os la sigo contando?

Mar Montilla





viernes, 24 de junio de 2016

Ciclos que se cierran, esperanzas que se abren





Como escritora, llevo años recorriendo un sendero más lleno de piedras y baches, que de autopistas lisas. En este tiempo ha habido un poco de todo: ilusión, desengaño; alegría, tristeza; ganas de comerme el mundo, ganas de tirarlo todo por la borda; caerme, levantarme; volver a caer, levantarme una vez más... Porque una cosa es escribir, esa es la cara amable de esta profesión, pero otra bien distinta es darse a conocer entre editoriales, acertar en la elección para que tu obra pueda llegar al mayor número posible de lectores y, por supuesto, que tu esfuerzo sea recompensado y remunerado. Porque escribir es un trabajo. 

Lo peor de todo, sin duda, es el desamparo que te invade a menudo, el sentimiento de soledad que te provoca verte en medio de esa tenebrosa jungla repleta de peligros. Tienes la certeza absoluta de que necesitas que alguien te eche una mano, pero ¿en quién confiar? 




Tardé en decidirme, me asaltaron un sinfín de dudas. Sin embargo, lo supe desde la primera conversación telefónica. Supe que era ella. Y tuve la sensación de que me estaba esperando. «Ya no estás sola, Mar», afirmó, rotunda. «A partir de ahora vamos a caminar juntas, y no voy a parar hasta colocarte en el lugar que mereces». Lo está cumpliendo, esto no ha hecho más que empezar. Y es que María Jesús Romero no es una agente literaria cualquiera. Te escucha, te anima en los momentos de flaqueza, te hace de mamá, de psicóloga... lo que necesites en cada instante. Con una energía inagotable que no sé de dónde saca. Siempre positiva. Siempre mirando hacia adelante. Siempre en alerta.





Por eso me siento tan orgullosa de poder anunciar alto y claro que gracias a ella, a Neo Coslado y, en definitiva MJR Agencia Literaria, Los ojos de Saïd estará a vuestra disposición en octubre del 2016 de la mano de Cristal




Como muchos de vosotros ya sabéis (otros no), Los ojos de Saïd será mi segunda novela publicada (tercer libro) y con él se cerrará un ciclo, y podré decir que tengo publicado todo lo que he escrito hasta ahora, algo muy estimulante para una escritora como yo que tiene un buen puñado de nuevas ideas estupendas para futuras novelas, aún por escribir.



¿Queréis saber de qué va Los ojos de Saïd para ir haciendo boca? ¿Sí? Pues venga, no voy a hacerme de rogar porque en el fondo estoy deseando contarlo:

Los ojos de Saïd

Mar Montilla

SINOPSIS 


Sara es una periodista española que escribe una columna sobre el mundo árabe y musulmán. La llegada a la redacción de Saïd, un joven marroquí que colaborará con ella como intérprete, revolucionará su vida entera, rompiendo sus esquemas y poniéndolo todo patas arriba. Al principio intenta resistirse, pero resulta demasiado evidente que se gustan. Inician un apasionado romance que ambos consideran pasajero, aunque se sienten tan a gusto juntos que acaban haciéndose inseparables. Al mismo tiempo, Alicia, amiga de Sara, inicia una relación con Nadir, compañero de piso de Saïd. Alicia y Nadir solo quieren divertirse. Sara y Saïd, sin embargo, enseguida se dan cuenta de que lo suyo va en serio. 




Abrumados por los tópicos y cargados de prejuicios, el uno hacia el otro, observan impotentes que el amor se abre camino, a su pesar. Ella empieza a comprender una cultura que creía conocer. Y en él se va difuminando la frívola imagen que tenía de la mujer occidental. A medida que el tiempo avanza, sin embargo, las diferencias culturales, el rechazo familiar y otros numerosos obstáculos parecen abocar la relación a un inevitable fracaso.

Ambientada en España y Marruecos, Los ojos de Saïd es una novela romántica que aborda, de manera muy cercana, el tema de la interculturalidad en pareja.









miércoles, 13 de abril de 2016

I Encuentro MJRomántica: Crónica de un día inolvidable




Cuando María Jesús Romero anunció que MJR Agencia Literaria iba a organizar un evento de Romántica en Collado Villalba (Madrid), no dudé en participar, pese a que huyo de las etiquetas y no quiero que se me considere «escritora de Romántica» sino simplemente escritora. Además, he asistido a algún que otro evento de estas características y la experiencia no resultó demasiado positiva. Sin embargo, intuía que este iba a ser diferente. Y no me equivoqué.



Llegué a Madrid en el primer Ave de la mañana, procedente de Barcelona, acompañada por mi séquito (mi hijo y mi hermana), y después de dejar el equipaje en el hotel nos dirigimos a Collado Villalba. Nuestra intención inicial era coger un tren de cercanías, pero la recepcionista del Rafaelhoteles Atocha nos informó de que el metro nos llevaba hasta la estación de unos autobuses que iban directos y te dejaban justo delante de nuestro destino: el Centro Cultural Peñalba. No teníamos la certeza de que esa fuese la mejor opción, aun así, seguimos el consejo de la amable señorita. Y aunque nos perdimos las primeras intervenciones, aterrizamos a tiempo de disfrutar de la Mesa de Novedades MJR en la que Mar Cantero, Elena Montagud, Mario Escobar y Susana Bielsa nos presentaron sus nuevas novelas, publicadas ese mismo 9 de abril, en exclusiva. Ya de entrada, me cautivó la calidad que de los autores participantes y el buen rollo que rezumaba el ambiente. La aventura no había hecho más que empezar y olía a literatura, a cultura, a ganas de hacer las cosas bien e intercambiar opiniones y conocimientos.




Se sucedieron las mesas, a cual más interesante. Tuvimos el privilegio de contar con la actriz y modelo Vanesa Romero, que interpreta a «Raquel» en la serie La que se avecina, y formó tándem con Blue Jeans en la Mesa de Redes Sociales, moderada por Neo Coslado. Tanto Blue como Vanesa nos contaron qué ha supuesto para ellos estar tan presente en las redes, dejando clara la importancia de seguir una línea, de saber qué imagen queremos transmitir para promocionar nuestra marca. Me sorprendió agradablemente Vanesa —que en nada se parece a su personaje televisivo—, rompiendo por completo con el desafortunado tópico que persigue a las rubias.






Sin ánimo de ofender a nadie, porque todos merecen mi más absoluto respeto, debo decir que en la Mesa «Habla la experiencia», formada por Antonia J. Corrales, Víctor Fernández Correas, Mario Escobar, José Antonio Rebullida y Neo Coslado, me impresionó en especial la intervención de Antonia, por su desparpajo, su forma de expresarse sin pelos en la lengua y la abrumadora seguridad en sí misma que demuestra. No creo equivocarme demasiado si afirmo que todos la escuchábamos boquiabiertos de admiración. No obstante, fue muy enriquecedor conocer la experiencia y la forma de trabajar de cada uno de estos autores, con sus pautas, hábitos y manías.  




A esas horas ya empezábamos a notar un agujero en el estómago, todo hay que decirlo. O sea que fue un auténtico placer devorar, cual alimañas hambrientas, el magnífico cátering que María Jesús y Neo, socorridos por sus encantadores ayudantes especiales, nos ofrecieron, amenizado por un estupendo sorteo en el que los protagonistas eran los libros.




Acto seguido, tuvimos la oportunidad de disfrutar de la Mesa de Editoriales en la que intervinieron Enrique Cabrera (Arconte) y Ana Coto (Palabras de Agua). Ambos hablaron de su trabajo como editores y no escatimaron a la hora ofrecer sabios consejos, muy útiles, para tener en cuenta a la hora de contactar con una editorial y enviar un manuscrito. Pero es que, además, Enrique elevó a un pedestal la gracia andaluza, con sus simpáticas ocurrencias, propias de los monólogos típicos de El club de la comedia.





La desidia que acostumbra a aflorar en eventos culturales, después de unas cuantas horas de duración, no apareció en este, doy fe. Lo afirma una que había tenido que levantarse a las 3:30h de la madrugada, habiendo trabajado hasta bastante tarde el día anterior. Cansancio, sí; aburrimiento, no, todo lo contrario.




Impresionante también fue la intervención de Lola P. Nieva en la Mesa de lobos. Me cautivó su explicación y me entraron unas ganas irresistibles de leer sus novelas, aunque eso me ocurrió en numerosas ocasiones, a lo largo del día, a medida que cada autor nos hablaba de su obra.




¡Y llegó el gran momento! Tuve el honor de codearme con un estupendo elenco de escritoras y escritores en la Mesa de Autores MJR, compartiendo espacio con mis queridas Mencía Yano y Mar Cantero, entre otras y otros. Neo Coslado fue el moderador y ahí tuvimos la ocasión de expresar, una por una, uno por uno, cómo descubrimos a MJR Agencia Literaria, por qué decidimos acudir a ella, cómo nos sentimos siendo representados por ella y otras muchas cosas más relacionadas con nuestro trabajo, nuestra obra y la implicación particular de cada uno en la Novela Romántica como género. Lo que más me gustó de esta mesa fue que no había personajes principales, ni secundarios, sino que todos éramos protagonistas.




La jornada continuó con la Mesa de Autoeditados, que nos ayudaron a desmontar más de un tópico. Después pudimos disfrutar de la intervención de Ana Coto, Arlette Geneve y la siempre dicharachera y locuaz Regina Román, en la Mesa de Invitados especiales. Y el evento llegó a su fin, aunque nos pareciera mentira. Las horas pasaron con esa velocidad con la que transcurren los sucesos felices, esos cuya belleza eterna queda prendida en nuestra memoria para el resto de nuestros días.







Fue para mí un placer conocer en persona a Mar Cantero, entre otros muchos autores y autoras, como la encantadora Chloe Queen o la veterana Antonia J. Corrales, por ejemplo; fue para mí un placer coincidir de nuevo con Mencía Yano, Elena Montagud y otros tantos y tantas.
Mi más sincera enhorabuena y agradecimiento a María Jesús Romero y Neo Coslado —y a sus colaboradores especiales— por su indiscutible profesionalidad, por la infinita generosidad, pero sobre todo por la buena organización, que no es fácil de lograr, en un evento de semejante magnitud; y por la calidad de contenidos. Mereció la pena el madrugón, el viaje, el gasto extra, el cansancio y las horas robadas al sueño.

¿Para cuándo el II Encuentro MJRomántica?









domingo, 24 de enero de 2016

El motor que me alimenta






Cuando alguien contacta conmigo en privado para darme su opinión sobre uno de mis libros, o lo comenta en mi muro, experimento un agradable cosquilleo y una inmensa satisfacción. Necesito de vez en cuando ese refuerzo positivo que me recuerde que vale la pena seguir intentándolo. Porque lo difícil no es escribir. Si eso es lo que te apasiona, encuentras la manera, el momento y el lugar. Lo difícil es abrirte camino y lograr que se te valore como mereces. Los autores que trabajan bajo la presión de una fecha de entrega, pero con la tranquilidad que debe de proporcionar saber que una editorial está esperando tu obra, no imaginan lo duro que es hacer doble jornada cada día: una en casa, escribiendo, y otra fuera, con la incertidumbre de qué pasará cuando acabes la nueva novela, esa a la que has dedicado tantas horas de tu tiempo y tantos días.





En más de una ocasión te entran ganas de tirarlo todo por la borda, pero no lo haces. No lo haces porque un impulso misterioso te insta a continuar. Y no lo haces, sobre todo, porque te vienen a la cabeza hermosas palabras que una lectora o lector te dedicó en aquella ocasión. Ese es tu verdadero motor.

«Empecé a leer Me separé, aunque le amaba demasiado, en el mes de mayo (bonito mes para cualquier cosa). En mis desplazamientos con transporte público me resulta del todo imprescindible llevar lectura de interés, ya que es la única justificación que le encuentro a la pérdida de tiempo que se produce en dichos traslados y cuya única solución sería teletransportarme, o dicho de otra manera desplazarme a distancia, sin necesidad de establecer contacto con el medio de transporte en cuestión. Pues como quiera que sea esto es solo misión futurible, decía antes, que mi compensación para no sentir la pérdida de ese bien tan preciado, muchas veces comparado con el oro, es leer. De alguna manera cuando leemos, en cualquier lugar que lo hagamos, también nos teletransportamos, pero aquí estaríamos hablando de la imaginación, y esta tiene el poder de llevarte donde ella quiera. Leyendo este libro de autoayuda he tenido la sensación de que hablase una hermana mayor, alguien que desde el conocimiento y la experiencia hace un verdadero tratado de psicología, sus páginas te van descubriendo la naturaleza del amor y las adicciones, a las que compara entre sí. Es verdad que el amor mal interpretado es una adicción, pero también es verdad que con este libro, el primero que escribió Mar Montilla, aunque segundo en editar, la autora realiza un acto de amor en sí mismo. No desvelaré demasiado si digo que está escrito en primera persona y que intercala un testimonio real sobre la convivencia con un adicto al juego, al que la protagonista ama por encima de todas las cosas, e intercala artículos sobre psicología social, psicopatologías, inteligencia emocional, y otros aspectos científicos, de modo que la experiencia vital de Susana, voz narradora, sufre un desdoblamiento cuando habla la psicóloga profesional, que lucha por llevar el timón. Me ha gustado mucho esta forma de contar una historia, que nada tiene que ver con una novela y mucho con el ensayo, género literario que interpreta y analiza con argumentos y opiniones acreditadas. No es nada sencillo organizar una historia a través de una idea concreta, para dar evidencias y conclusiones lógicas de lo que en este caso la protagonista sufre. Recomiendo su lectura porque el lector sentirá que participa, y entenderá por qué, cuando nos dejamos llevar por el corazón hay argumentos aplastantes para ello».
INMACULADA JIMÉNEZ GAMERO




«Me ha parecido un libro muy apropiado para todas aquellas personas (aunque está dirigido a mujeres) que se enredan en relaciones tóxicas e intentan "salvar" a la pareja, alguien que puede tener una adicción como la ludopatía o cualquier otra, sin darse cuenta de que ellas mismas se están hundiendo en ese proceso de salvar al otro en lugar de ocuparse de su propio bienestar. Quienes están pasando por ello pueden encontrar un poco de luz dentro de ese laberinto. Algo que me ha llamado la atención es que en la historia que explica se entiende que se puede maltratar a alguien sin proponérselo (psicológicamente), de modo inconsciente, y sin que la persona maltratada se entere de nada. El maltrato tiene muchas caras.
Las personas que se encuentran en esta problemática se sentirán comprendidas, y me parece que eso ya es mucho. La autora habla desde su propia experiencia y, además, es psicóloga. Y lo hace con un lenguaje muy cercano y asequible para todos».
MARÍA SALAS





«Hola Mar,
La mañana del 30 de diciembre de 2015 empecé la lectura de Me separé, aunque le amaba demasiado. Relajada. En la casa del pueblo de mi padre, junto a la chimenea. Sentada en el sillón del que años atrás mi abuelo ocupaba en las largas horas de reuniones familiares. Y así, atizando el fuego, oliendo a leña y disfrutando de algún que otro Ferrero Rocher (lo confieso, fueron unos cuantos... son mi perdición por estas fechas), acabé el libro ya entrado el atardecer del mismo día.
No pude dividirme la lectura, que tanto me gusta hacer para alargar los libros que me entretienen, porque la historia de Susana me resonaba de una manera especial. Quizás porque desde el primer episodio, "Un cuento de hadas", parecía que la historia se hubiese personificado, y una amiga, llamada Susana, me estuviese contando su relato, allí... a mi lado, las dos calentándonos junto al fuego. Y yo, como haría toda amiga, la escuchase atentamente, intentando comprender su dolor y sufrimiento, y acompañándola en todo momento, y sin poder evitar que se me pusiese la piel de gallina al comprobar que algunos de los hechos de la vida que me estaba contando mi amiga, los reconocía! Sería esto posible? Sería posible que Susana estuviese sacando a la luz aquello que yo guardaba solo para mí? "Automatismo", el episodio de "Confianza rota", "No es amor... es obsesión" (esta se me formulaba como pregunta), "lo machaqué demasiado", "quizás me había equivocado de carrera y de profesión", "me autoengañaba"... en fin, millones de palabras retumbaban en mi cabeza al escuchar a Susana. Sí, era posible.
Una delicia de descubrimiento personal. Ejemplo de superación de una relación de dependencia y de una relación tóxica, en ambos sentidos. Por último, unas observaciones de lectora de tus dos libros publicados y seguidora enganchada (permíteme la broma... se le puede llamar adicción? Jajaja!) a tus posts en las redes sociales, y que me encantaría compartir contigo.
En "No es oro todo lo que reluce" es tan auténtico lo que describes y tan real que saboreo ese café con leche contemplando la vida pasar a través de la cristalera de aquel bar en el que Susana se iba cada lunes después de trabajar mientras esperaba a su amado David.
He sufrido leyendo "Aprender a vivir sin él... terriblemente... entendía a Susana pero en mi cabeza solo podía gritarle: Aléjate de él!... qué sencillo suena decirlo, y qué lejano queda cuando es otro el que lo dice.
Finalmente me ha cautivado, fascinado! el último episodio del libro, "Borrón y cuenta nueva". Para mí, una magnífica serie de buenas prácticas para salir de una relación tóxica de cualquier tipo, y cómo la terapia se debe ver como una guía de aprendizaje y no como algo insano o inapropiado.
ENHORABUENA! Y qué gusto que te hayas rencontrado con una de tus pasiones: escribir. Así, nosotr@s seguiremos disfrutándote!
Tengo pendiente mi reseña de Pasión en Marrakech. Pero te cuento que todo lo que me provocó ha sido tal estampida de sensaciones (espero poder contártelas algún día) que necesito una segunda lectura para apaciguarlas y centrarme en el libro únicamente.
No me quiero despedir sin antes desearte UN FELIZ AÑO!!!!! Te lo deseo de todo corazón, y deseo que Los ojos de Saïd vea la luz bien pronto!
Se despide una exploradora de ese enigma llamado amor
(jajajjajaja!)
Besos.
Christina».
CHRISTINA PARDO

A Christina, a María, a Inmaculada... y a esos lectores que tal vez no lo expresen con tanta intensidad, pero están ahí, siguiendo mis pasos, transmitiéndome cariño, prestándome su apoyo incondicional: GRACIAS. 
Porque el motor que me alimenta sois vosotros.








Crónica surrealista de una viajera despistada

Tengo un flamante y recién estrenado puesto de trabajo. Ejerzo tareas similares a las de mi empleo anterior, pero debo adaptar...