domingo, 2 de septiembre de 2018

LOS OJOS DE SAÏD: Mis lectores opinan





«Cálida,tierna y muy apasionada historia. Como siempre Mar Montilla,nos regala una historia,con una narrativa cálida y locuaz en sus descripciónes.Nos lleva paso a paso,en la historia con una ternura infinita,dejándonos ver diferencias,que solo existen en nuestra Sociedad,el Amor artífice de todo se impone logrando pasearnos por todos los desaciertos,pasiones,rencores,y más.... Llegando al final con un gran Amor! Fabulosa.»
MIRIAM




«Maravillosa. Recomiendo leerla porque es una novela llena de muchos sentimientos y mucho amor. Narra la historia de dos parejas, por un lado de Alicia y Nadir, todo pasión y diversión y por otro lado la de Sara y Saïd, donde fluye el verdadero amor.
Nos relata perfectamente las diferencias y obstáculos que hay entre las dos culturas y te hace vivir intensamente la novela. No puedes dejar de leer hasta terminar. Se nota las emociones y sentimientos de la autora. Preciosa novela que hay que leer y recomendar.
Felicidades Mar, es un placer leerte.»
MARÍA JIMÉNEZ




«Preciosa historia, ¡me ha encantado!
Nuevamente Mar Montilla nos seduce con su escritura, con una novela basada en dos parejas de culturas diferentes, con una trama llena de sentimientos, amor, pasión, sexo y diversión, con obstáculos que dónde hay amor se pueden superar.
Felicidades Mar!!!»
LOLI ZAMORA




«Preciosa historia llena de sensualidad y sensibilidad. Decir que me ha encantado esta novela es poco. Es una historia preciosa que te lleva a lugares tan exóticos que te envuelven literalmente. Además, he aprendido muchísimo de la cultura árabe gracias a ello. Sus costumbres, sus formas de ser, sus tradiciones... Una cultura tan lejana y cercana a la vez, pero de la que sabemos tan poco. Los personajes están tan bien definidos que resultan inolvidables, los diálogos verosímiles, y además está escrita con una sensibilidad y una sensualidad alucinantes. Está tan bien, resulta tan bonito, que no puedes parar de leer y siempre que vuelves al libro tienes la sensación de querer quedarte. Es una novela con tanta materia, tiene tanto en su interior que es mucho más que una novela romántica. Esta escritora escribe de maravilla, la verdad.»
READING GOOD BOOKS























miércoles, 16 de mayo de 2018

Finales felices






Personas de mi entorno que han leído Los ojos de Saïd, novela que a pesar de su reciente publicación, escribí hace unos cuantos años, me han preguntado si el argumento sería el mismo si la hubiese escrito ahora. No he sabido qué contestar. Confieso que tampoco sé qué responder cuando alguien me comenta que caigo en los tópicos y que mis finales son demasiado idílicos. Mi primera reacción es quedarme muda, algo que no siempre implica que no esté de acuerdo, sino que necesito meditarlo. Aprendo más de quien se atreve a hacerme una crítica honesta, aunque no sea buena, que de quien se esfuerza en decirme lo que sabe que quiero oír. Una crítica constructiva puede resultarle de gran ayuda al escritor —o aprendiz de— que desea pulir su estilo y enriquecerlo con cada nueva humilde aportación al mundo de las letras. 




Aun así, no soy de reacciones rápidas. Analizo todas las opiniones que recibo acerca de lo que escribo, positivas y negativas. Le doy numerosas vueltas. Entro en debates conmigo misma. Me planteo viejos conflictos: —¿Qué pesa más, lo racional o lo emocional?—. Por fin, después de una larga retahíla interna que reivindica su liberación externa, me atrevo a exponerlo por escrito, a modo de reflexión, como haré ahora.






Quienes me conocen de verdad, saben que no soy una persona banal, ni lo son mis escritos. Suena contradictorio, me doy cuenta. ¿Cómo otorgarle cierta lógica a lo que trato de expresar? En mis textos se cuelan experiencias y estados de ánimo, ya lo sabéis. No puedo, ni quiero evitarlo. Si no lo hiciese así, no sería yo. La que garabateó las primeras anotaciones que darían paso a lo que luego se convirtió en Los ojos de Saïd era una mujer —enamorada hasta los tuétanos— que no sabía nada de Marruecos, ni de los marroquíes, ni de sus costumbres, ni de su religión. Era una Mar cándida que, absorbida por la serenidad de una mirada de ojos negros, tiró del hilo de ese sentimiento, y se dejó arrastrar por él tanto en su propia existencia, como sobre el papel. Después, la imaginación hizo de las suyas, y el destino también. 




Como no tenía prisa, la trama fue tomando forma a medida que pasaba el tiempo, a la par que se consolidaba su historia, la verdadera, la que transcurría en el mundo real. Más tarde, esa Mar viajó en repetidas ocasiones a Marruecos, un país que se le quedó prendido en el alma, cuyas múltiples contradicciones la cautivaron por entero. De ahí se trajo la semilla para Pasión en Marrakech que, como todo aquel que la ha leído sabe, es un torbellino de felicidad, sensualidad y erotismo, fruto de la vorágine de sensaciones en las que ella misma estaba sumergida en esa idílica etapa de su vida. Esa Mar todavía creía en los finales felices. Estaba firmemente convencida de su existencia. Se sentía fuerte para hacerle frente a cualquier obstáculo, en la realidad y en la ficción, porque tenía claro que el broche de oro iba a ser un hermoso final. Un final feliz. Imprescindible. Irreversible. Insustituible.  

   



Ingenua para unos, inocente para muchos, niña adulta para otros. A menudo no soy ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero. Pero es cierto que, en algunas ocasiones, lo soy todo a la vez. Escribo con la misma pasión que amo y vivo. Me entrego en cuerpo y alma, incluso cuando invento esos finales felices que anhelo para mí misma. Así soy yo. Transparente. Desnuda. Expuesta. Ningún «as» bajo la manga.





Tanto Pasión en Marrakech como Los ojos de Saïd pintan las cosas más bonitas de lo que en realidad son, en efecto. ¿Y qué? Están escritas así a conciencia. Son novelas. Es ficción. La vida no es una novela, demasiado bien lo sé. ¿Pero por qué no darnos el gusto de vez en cuando de leer —y escribir— historias que nos desconectan de nuestra verdad y nos transportan a un universo paralelo en el que los finales felices son posibles?






En cuanto a si Los ojos de Saïd sería lo que es si la hubiese escrito ahora… La respuesta es no. Un NO rotundo. Ni siquiera existiría. Por otra parte, aun a riesgo de contradecirme una vez más, me alegro de haberla creado cuando lo hice, ni antes ni después. Me alegro de que exista, y de que sea tal y como es. Estoy segura de que ha cumplido la función de cerrar un ciclo de mi evolución —como escritora y como persona— que dará paso a un estilo diferente, más maduro.






 


lunes, 27 de noviembre de 2017

Crónica surrealista de una viajera despistada






Tengo un flamante y recién estrenado puesto de trabajo. Ejerzo tareas similares a las de mi empleo anterior, pero debo adaptarme a los cambios, ya os podéis imaginar, distintas herramientas; diferentes compañeros; nuevo jefe... ¡Todo un reto! Sin embargo, no es eso lo que más me inquieta.

Como mucha gente sabe, vivo en un universo paralelo en el que las cosas no funcionan del mismo modo que en el mundo real. Por lo tanto, aventuras como tenerme que desplazar a diario de la población en la que vivo a otra, pueden suponer para mí una verdadera odisea, dado el habitual despiste que me caracteriza. O, por lo menos, así es durante los primeros días, hasta que mis neuronas se van redirigiendo, y asimilan las novedades. Entonces, las extremidades comienzan a aceptar las órdenes que reciben de mi cerebro y, poco a poco, los pies me van llevando a diario al lugar, de forma automática. Dicho así, parece sencillo. Pero lo cierto es que esto sucede después de un cúmulo considerable de anécdotas de lo más variopintas, como las que me dispongo a relatar.

Día D:  
Me he informado bien acerca del autobús que debo coger y sus horarios. He indagado a fondo sobre qué alternativas posibles de desplazamiento tengo a mi disposición, y me consta que esta es la más idónea. He consultado a San Google y, por supuesto, a San Google Maps. Aun así, la duda me corroe, no lo puedo evitar. Hasta que no haya superado con éxito esta primera jornada, íntegra, no me quedaré tranquila. Un nudo de angustia atenaza la boca de mi estómago. ¿Y si esos horarios no se cumplen? ¿Y si me equivoco de parada? ¿Y si no encuentro la dirección a la que voy? ¿Y si no llego a tiempo? ¿Y si se junta la Tierra con el Sol? ¿Y si nos invaden unos extraterrestres? ¿Y si…? Las incógnitas son múltiples, y de toda índole. De entrada, resulta que cerca de mi casa hay dos paradas que pueden irme bien: La parada A y la parada B. No sé cuál me irá mejor, habrá que ir probando. Este primer día elijo la A. Ya estoy subida en el vehículo que me trasladará a mi destino, bastante convencida de que es el correcto. De todas maneras interrogo al conductor, por si acaso. Le informo de adónde me dirijo, le pregunto si me sirve la T-10, que es mi bono de transporte habitual. Este chófer, por cierto, es encantador. Me confirma que sí, que me sirve la T-10, pero de 3 zonas, y que no me preocupe, que me avisará cuando llegue a mi destino. Genial. ¡Uf, menos mal! Un tipo atento. «Operación ida» finalizada con éxito.

No obstante, aún queda la «operación vuelta».

Salgo de trabajar y me entretengo, haciendo tiempo. Mi  autobús aún tardará. Merodeo por la zona, explorando el territorio. Descubro varias tiendas de ropa, varios supermercados, una farmacia, etc. Diez minutos antes de la hora ya estoy en mi parada. La que me han indicado. Esa en la que me apeé esta misma mañana. ¡Por fin llega el autobús! Asciendo con alivio. ¡Qué ganas de llegar a casa! La conductora, que no solo es afable, sino también vidente, me informa de que no va para Barcelona. Vamos, que no estoy en la parada que debería estar. ¿Y ahora qué? Me ruborizo, abro unos ojos como platos y exclamo: ¡Madre mía! —¿Pero quién soy yo? ¿Anastasia Steele?—. ¡Pues ya puede correr! Me aconseja la buena mujer. Porque el último está a punto de irse, si es que no se ha ido ya. Añade. ¡Madre mía! ¡Madre mía! Repito. Le doy las gracias y salgo a la carrera, como alma que lleva el diablo, hacia la parada que me indica la gentil dama. Y, a Dios gracias, aterrizo a tiempo. Sofocada y sin aliento. Pero a tiempo.






Día H:
Me dirijo a la parada A. Aún no estoy segura del todo de que sea preferible a la B. No obstante, ¿cómo sería la vida sin riesgo? Aburrida. Carente de emoción. Insulsa. Ya dispongo de mi T-10 de 3 zonas, ese tema está resuelto. Algo es algo. Ahí estoy, sentada, esperando. Veo a lo lejos el que creo que es mi autobús, aún no puedo asegurarlo, pero me preparo. Debo admitir que ya no tengo la vista de lince de antaño. Existen tres autobuses muy similares entre sí, de la misma compañía, color, tamaño y modelo. Solo se diferencian por el cartel que indica el destino, y por un número. Los tres pasan a esa hora, con segundos de diferencia. Sin embargo, solo uno de ellos es el mío. Lo sé a ciencia cierta porque el primer día los paré a todos. Sí, en efecto. Subí a los tres. Pregunté a todos y cada uno de sus correspondientes conductores si ese iba a mi destino. Eso me quedó claro desde el principio. En fin, ahí estoy yo, viendo venir al que se supone que es el mío, y esperando a que se coloque a mi altura. Como son tantos los autobuses que paran en el mismo sitio, a menudo se forman largas hileras de estos vehículos, urbanos e interurbanos, y tienes que esperar a que el tuyo alcance el punto de parada. Bueno, pues mi autobús es el último de la fila. Un tramo bastante amplio lo separa aún del famoso punto de parada cuando, de repente, da un volantazo, gira, se desplaza al carril de al lado y… ¡se va! ¡Mi autobús se va! ¿Pero por qué se va! Grito, histérica. Y me echo a correr por la acera, en la misma dirección, colorada como un pimiento morrón. ¡Eh, oiga! ¡No se vaya! Todo el mundo me mira. ¡Se va! ¿Pero cómo puede ser! Evidentemente, ni él se detiene, ni yo lo alcanzo. Aunque, ya que estoy, sigo trotando hasta la parada B. ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Me pregunto, al borde de un ataque de nervios. ¡Voy a llegar tarde y es mi segundo día! Me lamento. Bueno, bueno, a ver. Relájate, seguro que hay una solución. ¡Piensa, Mar, piensa! Venga, con la calma. ¡Oooooommmmmmmmmm! Logro tranquilizarme, al fin, y ser objetiva. Ayer llegaste con media hora de antelación, me digo, seguro que hoy llegas justo a tiempo. ¡No es para tanto, mujer, madura de una vez! Me vuelvo a sentar, recuperando el sosiego. Me resigno, me sereno, respiro hondo y observo —¡oh, milagro!— que viene mi autobús. ¡El anterior no lo era! Este sí que es el mío. Experimento un gran alivio y a la vez me siento absolutamente ridícula. ¡MADRE MÍA! A mi lado, Anastasia Steele resulta la tipa más avispada que puedas echarte a la cara. Pongo los ojos en blanco, solo de imaginarlo.



Día K:
Otra de las dificultades que mi nuevo empleo me obliga a superar es qué hacer con las tres horas libres que me quedan al mediodía, ya que mi jornada es completa y partida. Ir a casa y volver supondría un sobre esfuerzo, doble gasto y mayor estrés. Descubro una biblioteca en Vilanova, muy cerca. ¡Estupendo! Asunto solucionado. Aprovecho mi tiempo libre para escribir. ¡Excelente idea! Normalmente me desplazo a pie, así también hago ejercicio, aunque un compañero me ha informado de qué autobús podría coger, en caso necesario. Todas las incógnitas se van resolviendo de un modo favorable. Bien. Así paso yo mis mediodías. De Roquetas a Vilanova y de Vilanova a Roquetas. Caminando. Perfecto. La vida es bella. Hasta hoy. Hoy me he cansado de tanto caminar y, como ya he adquirido la T-Mes de tres zonas —un bono con un número ilimitado de viajes que puedes usar durante treinta días consecutivos en un radio de desplazamiento de tres zonas—, decido coger en Vilanova ese autobús que me indicó el compañero. Así lo hago. Pero, oh, oh, la máquina no admite mi bono de transporte. Pita y pita. Una y otra vez se enciende una lucecita tan roja como mi semblante. El chófer me mira mal. Yo sonrío con timidez. Lo intento de nuevo y vuelve a pitar. No lo entiendo, digo, enseñándole la tarjeta al conductor, que escruta mi rostro, con el ceño fruncido. A ver, señora, exclama con prepotencia, es que está picando con una tarjeta de tres zonas. Sí, sí, es de tres, corroboro con absoluto convencimiento. Pues por eso no le sirve, porque es de tres zonas. Pero si es la T-Mes, insisto. No lo capto, y cada vez estoy más sofocada. El autobús va lleno hasta la bandera. Detesto ser el centro de atención y, sin duda, en este instante lo soy. Señora —¡Otra vez lo de señora! ¿No hubiera podido decir mujer, muchacha, señorita, chica, joven…? ¡Que tampoco es una tan vieja, vamos!—, está usted en zona 4. ¿Ah, sí? ¿Vilanova es zona 4! ¡No lo sabía! El color de mis mejillas se intensifica por momentos. Pero a ver, si yo voy a Roquetas… —intento defenderme, con apenas un hilillo de voz—. De golpe y porrazo, el conductor no-amable detiene el motor del vehículo y se impone un silencio mortal. O sea, que no lo entiende. Dice, repantigándose en el asiento, soltando el volante, como diciendo bueno, pues nos quedamos aquí parados, si usted quiere, hasta que lo pille. Pues no, no lo pillo. Digo, con un tono casi inaudible. ¡Juro por dios que de verdad no lo entendía! Y no lo digo en un sentido metafórico, sino literal. Es una más de las incógnitas existenciales de mi vida. ¿Alguien puede explicarme cómo funciona esto de las zonas? Porque según mi lógica —no aplicable, por lo visto, al Planeta Tierra—, si yo tengo un bono para desplazarme en un radio de tres zonas, al moverme de la zona 3 a la zona 4, y viceversa, debería servirme, ¿no? Pues, visto lo visto, no. Y resulta evidente que este conductor, en concreto, no me lo va a aclarar. O sea que marco con mi tarjeta de 1 zona. La de 1 zona es mucho más barata que la de 3, cierto, pero para mí, que ya he pagado por mis viajes de todo el mes una cantidad nada despreciable, supone un gasto extra, del todo incomprensible y, según yo, innecesario. En fin. Sin comentarios.





Día X:
Estoy en la parada B, he venido directamente, creo que me va mejor que la A. Veo venir mi autobús y empiezo a prepararme, yendo hacia él, por si acaso, aunque aún no ha llegado a mi altura. En cuanto me acerco, el conductor me hace señas, como indicando que debo esperar en el punto de parada. ¡Jolín! Pienso. ¡No hay quién les entienda! Unos te hacen esperar en el punto de parada. Y otros, si no vas hacia ellos, ¡se largan! Así, sin más. Te entran ganas de decir a ver, un momento, ¡que saco la bola mágica! Pues nada, espero. Me subo, me instalo en mi asiento y todo va estupendamente bien hasta que me doy cuenta de que —¡oh dios mío!— no está haciendo el recorrido habitual. Me levanto como impulsada por un resorte, me dirijo hacia el conductor y le pregunto, con evidente desesperación en el timbre de mi voz: ¡Oiga! ¿Este no es el que pasa por Roquetas? ¿Este? No. Este va a Vilanova. ¡Ostras, ostras! ¡Me he equivocado de autobús! ¡Yo voy a Roquetas! El chófer, que este sí es considerado y bonachón, todo hay que decirlo, se apiada de mí y me advierte de que lo más sensato es que me baje ahí mismo y enlace con otro autobús que me llevará a mi destino. ¿Que qué autobús? ¡Aquel en el que tanta vergüenza pasé! He quedado en ridículo, una vez más. ¿Pero qué puedo hacer? Comprendo que lo más acertado es seguir la recomendación del hombre. Mi manía de salir de casa tan temprano evitará que fiche tarde. Pero no me librará de toparme cara a cara —¡otra vez!— con el conductor no-amable. ¡Qué vida más dura, por dios! Tengo ganas de llorar y me siento estúpida. Eso sí, llegaré justo a mi hora.

Mar Montilla






lunes, 18 de septiembre de 2017

LA NIÑA QUE HABITA EN MÍ



Érase una vez una chiquilla con una fantasía tan compleja y un mundo hacia dentro tan rico que a duras penas sabía cómo manejarse hacia afuera. Vivía en una especie de burbuja silenciosa, nadie conocía el timbre de su voz. Para expresar las emociones y que no le explotaran dentro, las volcaba sobre un cuaderno, acariciando el papel con su pluma de forma suave y continuada, dejando fluir la palabra escrita, que le interesaba infinitamente más que la hablada. A ella se le antojaba que las cosas no anotadas se esfumaban de la memoria sin dejar huella. En cambio, todo aquello que se transformaba en letras, bañadas en tinta, perduraba en el tiempo y permanecía para siempre. Fue abriéndose a la mundanal vida externa con pereza, a medida que crecía taciturna, aunque nunca desestimó su riqueza interior. Pasó de niña a adolescente y de adolescente a mujer sin abandonar jamás ese hábito de plasmar por escrito cada suceso, reflexión o pensamiento que se le ocurría a ella misma o a alguien de su alrededor. Cuando su día a día se llenaba de acontecimientos felices, los relataba con pasión, reviviéndolos con intensidad al escribirlos, y luego al leerlos, y una vez más al releerlos. Era mágico. Sin embargo, cuando las cosas no salían como esperaba y su corazón se llenaba de congoja y tristeza, la escritura le servía para vaciar el alma. Escribir la ayudaba a ordenar sus ideas, creencias y sentimientos. Lo hacía por y para ella. Escribía por el puro placer de escribir, y por el alivio que experimentaba al hacerlo. 

Un día, nadie sabe por qué, sintió la necesidad de ser leída por otros y se le ocurrió escribir un libro. La primera vez que alguien leyó un texto escrito por ella probó una desconocida y cautivadora sensación. Un universo nuevo se abrió ante sus ojos. Se volvió ambiciosa y decidió entonces escribir una novela. ¡Fue maravilloso! Comprendió que esa era su verdadera vocación y escribió otra… y otra. Rozó con las yemas de los dedos algo similar al éxito y eso la sedujo por completo. Lo disfrutó. Lo paladeó. Después llegaron las decepciones. Editoriales. Intereses. Rivalidades. Saboreó la amargura del abuso de quienes juegan con los sueños de los demás en su propio beneficio. Sintió en su piel el desgarro que provoca la envidia incomprensible de otros escritores. Lágrimas. Impotencia. Frustración. ¿Era ese el mundo real? No soportaba su crudeza. Le aterró comprobar que a menudo se preguntaba para qué iba a seguir escribiendo. Se asustó aún más al caer en la cuenta, horrorizada, de que ya nunca escribía a mano. No se reconoció a sí misma.

Hasta que un buen día decidió que nada ni nadie iba a contaminar la pureza de su alma. Sabía que, en el fondo, seguía siendo esa niña inocente, transparente, ingenua, incapaz de percibir la maldad ajena. Esa niña que escribía sin más. Por el puro placer de escribir.

Y por fin recuperó su esencia.

Mar Montilla











jueves, 3 de noviembre de 2016

Los ojos de Saïd: un breve avance



Los ojos de Saïd 
(Fragmento)

¿Has contemplado alguna vez el océano en una noche sin luna? Asusta. Todo es negro. La línea que separa el mar del cielo se difumina en el horizonte, provocando una sensación terrorífica. Te reconoces diminuta como una hormiga, insignificante como una pulga en medio de esa absoluta inmensidad, en medio de esa demoledora soledad. ¿Te imaginas caerte ahí, en plena oscuridad, siendo consciente de los infinitos misterios que se ocultan en las profundidades de esas aguas? Así se sintió Sara la primera vez que se zambulló, de forma voluntaria, en su mirada penetrante. Y por extraño que resulte, no experimentó miedo alguno. Al contrario, jamás se había percibido tan segura y arropada. Lo sé de buena tinta. Me lo contó ella misma usando homólogas palabras e idénticas metáforas.

Sus ojos fueron la clave. Negros, profundos, almendrados, perfilados con el lápiz invisible de Tutankamon. Y digo invisible porque se parecían de verdad a los de Tutankamon, sí, pero era imposible que se los hubiera maquillado, él nunca haría algo así. Eran como eran por naturaleza. De mirada intensa, directa, que nada temen, que nada ocultan. Muy diferentes a los cientos, miles de ojos —occidentales— que había contemplado hasta ese momento, a lo largo y ancho de sus treinta y tantos. Y cuando, intencionadamente o no, sus ojos tropezaron con los de Sara, ella no los apartó, como solía hacer. Le sostuvo la mirada firme, desafiante, casi al borde del descaro. Como la mujer segura de sí misma que se suponía que era. Como buscando algún indicio de prepotencia machista en esos increíbles ojos árabes.

Pero no halló en los ojos de Saïd el mínimo atisbo de superioridad, ni por asomo. Irradiaban tal halo de serenidad que se sintió hipnotizada, a la par que halagada, al descubrir que la seguían a todas partes, y que eso venía sucediendo desde el mismo día en que el joven aterrizara en la sede de Barcelona. Era la primera vez que contaban con un intérprete marroquí en plantilla, circunstancia que provocó algo de revuelo en general, y entre las féminas en particular. Hasta hacía nada se las arreglaban con colaboradores eventuales, pero a raíz de los sucesos que tuvieron lugar en la estación de Atocha de Madrid, el 11 de marzo del 2004, la presencia en la redacción de alguien con perfecto dominio de la lengua árabe, se hizo imprescindible. Cierto recelo flotaba en el aire. Se le trataba con amabilidad y respeto aunque el prejuicio coexistía, en silencio, junto a los buenos modales. Y si a alguna enamoradiza se le ocurría susurrarle al oído a su compañera, entre suspiros: «¿No te parece atractivo?» la otra se apresuraba a contestar: «¿Estás loca? Es marroquí. ¡Y musulmán! ¿Quieres que te obligue a llevar un velo? Quítatelo de la cabeza».

Sara no podía quitárselo de la cabeza. Lo intentó. Trató de convencerse de que lo único que sentía por él era la inevitable curiosidad que despiertan las personas de procedencia extranjera. Otra cultura, otras costumbres. Un cúmulo de sensaciones contradictorias la golpeaba. Una parte de ella levantaba murallas alrededor, por si acaso. Otra, añoraba con fervor casi urgente volver a estar con alguien, saborear la miel de los besos, la cálida turbación de los abrazos, la traviesa impaciencia del deseo a duras penas contenido. Dos años de celibato voluntario habían sido más que suficientes. Sexo. ¡Mmm! Cómo echaba de menos el sexo...

Un hombre árabe. ¡Uf! Qué complicado. Sin duda se sentía confusa, atraída por las diferencias, se justificaba. Pero cada vez que Saïd aparecía ante ella sufría estragos fisiológicos tales como taquicardia, aumento del flujo sanguíneo y una especie de punzada ardiente en el bajo vientre. Por no mencionar el rubor de las mejillas y el temblor de la voz. Su retorno a la adolescencia, en definitiva. Tuvo que rendirse a los hechos: se sentía atraída por él y resultaba evidente que era recíproco. ¿Bueno y qué? ¿No presumía tanto de su falta de prejuicios raciales y de todo tipo? ¿Qué había de peligroso en tener una aventurilla? Algo pasajero. Un aquí te pillo, aquí te mato y ya está. Podía ser curiosidad, hambre sexual atrasada, simpatía mutua o química, pura y simple.

Él se mostraba tímido y respetuoso, tal vez en exceso, con el sexo opuesto. En su trato hacia las mujeres de alrededor se le adivinaba la inexperiencia, incluso cierta torpeza. Aunque dominaba el idioma, en ocasiones titubeaba, azorado. Sara se preguntaba qué podía hacer para seducirle. Llevaba tanto tiempo sin salir con nadie que no sabía por dónde empezar. Y ese no sé qué de prohibido que envolvía a Saïd lo hacía aún más interesante. Solo se le ocurría una forma de calmar su inquietud: acercarse a él. Pero la desbordaban los tópicos. ¿Sería machista? ¿La consideraría inferior por ser una mujer? ¿Vería con malos ojos que diera ella el primer paso en un intento de conquistarle?

Averiguó que vivía en Barberà del Vallès y se desplazaba en tren. Una tarde, minutos antes de la hora del cierre, se atrevió por fin a formular la pregunta que rondaba por su mente desde hacía días.

—¿Coges el tren?
—Sí —contestó, escueto.
—Podríamos ir juntos hacia la estación, si quieres, me pilla de paso.
—Me parece bien.

Parco en palabras, pensó Sara, no va a ser fácil. Pese a todo, entendió que su propuesta le sorprendió y agradó a partes iguales, a juzgar por la expresión de su rostro. La esperó a la salida esa y todas las tardes siguientes. Una encantadora forma de romper el hielo, lenta y tímida, a la antigua usanza, como una pareja de novios en la sufrida España de los años cuarenta. Sin acercarse demasiado, sin tocarse. Saboreando minuto a minuto la magia de enamorarse.

Empezaron a conocerse con cautela. Ella le interrogaba con la inocencia y espontaneidad de una niña. Él la miraba escandalizado aunque, en el fondo, le divertía su franqueza, pues lo mismo le preguntaba: «¿Y por qué las mujeres musulmanas llevan velo?» que le soltaba: «Pues el hombre que tenga cuatro mujeres deberá estar muy en forma para cumplir con todas, ¿no?». Ante semejantes elocuencias, Saïd reaccionaba con una risa nerviosa en algunas ocasiones, ruborizado en otras. Jamás enojado. Demostraba una paciencia infinita. Como periodista, Sara creía disponer de abundante material sobre el mundo árabe y musulmán, aunque pronto descubrió que se trataba de una información confusa y cargada de estereotipos.

Una mañana estuvieron juntos en Barberà terminando un reportaje y, al mediodía, Saïd la invitó a comer en un restaurante árabe que solía frecuentar. Se sintieron tan cómodos el uno con el otro que el tiempo pasó volando, como en un soplo. ¡Y llegaron tarde a la oficina! El rumor de que había algo entre ellos se extendió como la pólvora desde ese instante y ya no hubo modo alguno de acallarlo.

En la segunda cita fue ella quien le llevó a saborear una deliciosa paella en la Ciudad Condal, en una terracita de la Villa Olímpica, un soleado sábado de julio. Después de una plácida sobremesa, pasaron horas y horas conversando, mirándose como bobos, riéndose de las cosas más simples, contemplando el sol, paseando junto al mar o sentados en las rocas, muy pegados el uno al otro, sonrojados como criaturas inexpertas. Sara deseaba estrechar las manos de Saïd entre las suyas y no se atrevía. Esperaba que él lo hiciera y no lo hacía. Quiso hacer eternas las horas, detener el tiempo. No lo consiguió. Mientras se dirigían hacia el metro, minutos antes de la despedida, sintió que era su última oportunidad. Saïd caminaba con las manos metidas en los bolsillos y no le quedó más remedio que meter la suya en uno de ellos. Él entendió el gesto y le correspondió de inmediato pasando un brazo por encima de sus hombros. Medía unos veinticinco centímetros más que Sara y a ella le invadió una agradable sensación de protección, cálida y tierna. Ya habían cumplido el ritual que les convertía en pareja. Cuando se separaron, al final de aquella extraordinaria tarde compartida, Saïd depositó un primer y tímido beso en los labios de Sara, tan fugaz y escasamente saboreado que más tarde, al recordarlo, casi le asaltaba la incertidumbre de si sucedió de verdad o solo tomó cuerpo en sus pensamientos, teñidos de deseo. Sus mejillas sucumbieron a un rubor más propio de adolescente que de mujer sobrada y su risa nerviosa no hizo más que añadir insensatez a una escena que tiró por tierra la teoría de que a ciertas edades el amor se vive con mayor serenidad. Desde ese momento anduvo no semanas, sino meses, con una perpetua sonrisilla bobalicona estampada en su rostro noche y día; día y noche.


Así de dulce fue el inicio de esta bonita historia. ¿Os la sigo contando?

Mar Montilla





LOS OJOS DE SAÏD: Mis lectores opinan

«Cálida,tierna y muy apasionada historia. Como siempre Mar Montilla,nos regala una historia,con una narrativa cálida y locuaz en...