viernes, 14 de junio de 2013

Lucero del Alba

 (Canción de cuna para Alba)
 


(Poema dedicado a una niña prematura. Salió del vientre de su madre tres meses antes de lo previsto y nos tuvo con el alma en vilo durante largo tiempo. Pero nació luchadora, y cada uno de sus quinientos gramos de carne y piel se aferraron a la vida con un ímpetu digno de admiración. Bienvenida seas, Alba querida).
 
 
 
A la Luna Lunera
se le ha perdido una estrella,
que vaga triste y sin consuelo,
entre las nubes del cielo.
¿Dónde vas tan sola, criatura?
Preguntó la Noche Oscura.
Soy la hija de la Luna,
me he caído sin querer
y ahora no sé cómo volver.
¿Qué haces aquí, pequeña flor?
Quiso saber la Osa Mayor.
Me alejé en contra de mi voluntad
y no sé cómo regresar.
¿Qué pretendes, chiquilla loca?
Señaló la Bella Aurora.
Busco a mi madre,
soy una estrella.
¡Sólo quiero estar con ella!
No seas insolente,
niña inocente.
Respondió el Astro Rey.
Tu padre Sol,
que soy yo,
 te protege día a día.
Y tu madre,
la Luna,
 vela por ti, noche tras noche.
No hay lugar para el reproche.
Aunque no te des cuenta,
es mi calor el que te calienta.
Aunque tú no lo sepas,
es la Luna la que te alimenta.
Aunque no reconozcas su abrazo,
es ella
la que te acuna en su regazo.
Deja de llorar,

 duerme tranquila,
niña querida, hija del alma.
Tú no eres una estrella
cualquiera.
Tú eres... el Lucero del Alba.

 
 
 
 
 
 


domingo, 7 de abril de 2013

Blanca y radiante






Fragmento de mi libro:
ME SEPARÉ, AUNQUE LE AMABA DEMASIADO. Del amor y otras adicciones.


"...Debo admitir que al contemplarme en el espejo, ante la mirada atónita de mis acompañantes, enfundada en aquel precioso vestido de raso, largo hasta los tobillos, que dejaba hombros, cuello y escote al descubierto, me quedé perpleja y muda de asombro. Fue una sorpresa verme a mí misma como a una actriz de cine clásico. Nunca imaginé que pudiera sentirme así por una simple prenda de ropa. Me vi guapa, radiante… Comprendí que en ese supuesto gran día iba a ser el centro de atención. Mamá no pudo contener las lágrimas y tanto ella como mi hermana coincidieron en que ese era mi vestido. Parecía haber sido diseñado especialmente para mí. Me probé muchísimos y con ningún otro tuve esa sensación. Era blanco, blanquísimo, de un blanco resplandeciente, perlado. De un tacto fresco y suave como la seda. Tan sencillo y a la vez tan bonito… Entallado de arriba abajo, marcando la figura, y desde la cintura, por la parte de atrás, le salía una larga cola de quita y pon. Con la cola puesta era el típico vestido de novia, aunque en absoluto convencional; sin ella, un elegante vestido de noche blanco, con un corte en la falda, por detrás, dejando entrever las piernas. Bello, sencillo y a la vez llamativo. Un verdadero acierto que no logró mitigar, sin embargo, las dudas y la angustia que me corroían por dentro, a medida que se acercaba el día.

Cuando pensaba en la boda me invadía una mezcla de emoción e incertidumbre. Una especie de desasosiego inoportuno me recorría de arriba abajo, haciéndome temblar. ¿Qué me pasa? Me decía a mí misma. ¿Acaso no es él el hombre con quien deseo de verdad compartir mi vida? ¿Acaso no he luchado contra viento y marea, en épocas de turbulencias, para salvar lo nuestro…? Cada vez que trataba de imaginarme vestida de blanco, caminando hacia el altar, mi sueño se convertía en pesadilla. Mi madre lloraría de la emoción y mi padre no cabría en sí de gozo, y allí estaría yo, rodeada por un montón de seres queridos y otros no tanto. ¿Pero… era eso lo que quería? Incapaz de reconocer que tal vez el hombre elegido no era el adecuado, culpé de mi desazón al hecho de ceder ante el deseo de la familia de celebrar una boda tradicional, en lugar de irnos a vivir juntos sin más, como en el fondo deseábamos. Y me prometí a mí misma un par de cosas: la primera, que ese día dejaría sobre el altar un puñado de convicciones, tradiciones y falsos principios que me echaron encima al nacer y cargué sobre mis espaldas durante años, como una buena niña; y la segunda, que si alguna vez tenía hijos les permitiría ser dueños de su persona y actuar en libertad, tomando decisiones por sí mismos, dependiendo de sus propios principios, que yo respetaría. Procuraría estar a su lado siempre que me necesitasen, pero no me metería en sus vidas más de lo estrictamente necesario..."






sábado, 16 de marzo de 2013

Otman



(Extracto
de mi novela 
PASIÓN EN MARRAKECH).



Cuando llegué a la habitación de Otman comprendí por qué nos habíamos citado en esa y no en la mía. Abrió la puerta despacio y, con un gesto de su mano, me invitó a pasar. Penetré con sigilo y obedecí a su sugerencia de descalzarme. Era mucho más amplia y espaciosa que la mía, y olía a una mezcla de hierbabuena e incienso. La cama estaba al fondo y no tenía patas, o tal vez se trataba de un simple colchón, aunque vestido y adornado con su colcha roja y negra, y sus almohadones cilíndricos, del mismo color. El suelo estaba cubierto en su totalidad por alfombras y cojines de tonos calientes: granate, rosa fucsia, naranja… Paredes pintadas de lila, y una luz tenue. Otman estaba descalzo. Iba cubierto, del cuello a los tobillos, por una blanca chilaba, y adiviné su cuerpo desnudo bajo esa prenda. Se notaba que acababa de ducharse, olía muy bien. No llevaba el turbante y se había peinado el cabello, aún mojado, hacia atrás.
            Por mi parte, yo también me había esmerado como nunca en mi acicalamiento personal. A falta de la posibilidad de tomar un baño de espuma, me rocié de arriba abajo con agua de rosas. La había comprado en Fez, en un puesto en el que vendían todo tipo de productos cosméticos a unos precios increíbles. Por lo visto, el agua de rosas y el aceite de almendras son dos de los principales secretos de belleza de la mujer marroquí. Solía llevar el cabello recogido en cola de caballo, pero esta vez, decidí dejarlo suelto. Aunque lo tengo tan liso y fino que jamás se encrespa, lo cepillé a conciencia, hasta hacerlo brillar. Después de revolver mi maleta, desnuda, tratando de decidir qué ponerme, opté yo también por una especie de túnica violeta que lucía unos ornamentos egipcios. Amplia y medio transparente. No me puse nada debajo y me pareció que quedaba de lo más sugerente. Sabía que la ropa me iba a durar poco rato puesta, aun así, deseaba causarle buena impresión, seducirle, provocarle... Una extraña sensación se alojaba en mis entrañas. En mis cuarenta y muchos años de existencia jamás había experimentado nada igual. Recordé varios episodios de mi pasado. Hice un recorrido mental de lo que había significado para mí el sexo hasta ese momento y la única palabra que se me ocurrió para definirlo fue: decepción. Tan sólo evocaba con algo de cariño y simpatía los revolcones con mi primo Álvaro y la irresistible excitación que me provocaba la voz de aquel sacerdote con el que me confesaba en mi época de numeraria. De la vida íntima conyugal que pasé con Víctor no valía la pena ni acordarse. Y las veladas con Asier en las que él casi lloraba de emoción y yo me aburría fingiendo el orgasmo… sólo podían calificarse de soberanamente tediosas. Eso había sido mi vida sexual hasta llegar a Otman.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me instó a hacer lo propio. A su lado reposaba una bandeja con una humeante tetera y un par de vasitos. Llenó uno de los vasos dejando caer el chorro desde muy arriba. Después el otro. A continuación levantó la tapa de la tetera e introdujo de nuevo el contenido de los vasos en el recipiente. Me explicó que se hacía así, según la costumbre. La segunda vez que los llenó fue la definitiva. Me ofreció dátiles, almendras y un sabroso dulce relleno de trocitos de pistacho y miel. Me sorprendió su ceremoniosa forma de cortejarme. Apenas hablábamos, pero intercambiábamos unas miradas capaces de derretir la Antártida.
--¿Cuántos años tienes? –pregunté, para romper el hielo.
--Veintinueve. ¿Y tú?
--¿No sabes que a una dama no se le pregunta la edad? Sólo te diré que podría ser tu madre –agregué. Él se echó a reír.
--Si la conocieras no opinarías lo mismo. Tú podrías ser su hija. Pareces muy joven y eres guapísima.
--Gracias… –contesté. Un fugaz rubor acarició mis mejillas durante leves segundos. Desvié la mirada para luego lanzarla, directa, hacia él.  
Otman ladeó la boca, sonriendo. Si observaba su cara, veía al niño. Si escrutaba su cuerpo, veía al hombre. Imagino que adivinó mi pensamiento y percibió mi deseo porque se incorporó, se desprendió de la única prenda que lo cubría y se exhibió desnudo ante mis alucinadas pupilas. No podía mostrarme como la mujer desinhibida y liberada que no era, así es que me puse de pie, suspiré, cerré los ojos y decidí dejarme llevar. De repente, la niña era yo. Volvía a ser una inocente chiquilla con uniforme de colegiala. Y el experto amante dispuesto a elevarme al séptimo cielo era un joven de rostro casi imberbe que, a ratos, usaba turbante. Noté sus manos palpando mi anatomía de arriba abajo. Cuando llegaron a los bajos de la túnica, empezaron a moverse en dirección ascendente, arrastrando la tela a su paso, hasta arrancármela. Me dejé hacer, temblorosa, con los párpados apretados.
--Mírame –ordenó, y obedecí sin titubeos--. ¿Qué te pasa, señora? ¿Te arrepientes de estar aquí? –incluso su manera de hablar, ese tono imperativo y a la vez respetuoso, y su acento… me seducían.
--Oh, no, no –me apresuré a aclarar--. Al contrario. Adoro estar aquí contigo. Soy tímida, eso es todo.
--¿A tu edad? No puede ser… no me mientas, por favor.
Era de mi estatura. O quizá un par de centímetros más, a lo sumo. Estábamos erguidos, frente a frente, casi pegados. Sus ojos a la altura de mis ojos, sus labios a la altura de los míos. Peinó con sus dedos mi cabello hacia atrás. Lo tenía muy largo en aquella época, casi me llegaba por la cintura. Luego me sujetó la cara entre ambas manos y me besó. Con suavidad, primero, impetuoso después. Me permití a mí misma poner la mente en blanco y dejarme llevar. Sus labios eran gruesos y ardientes. Su lengua, dulce, se movía dentro de mi boca con asombrosa habilidad, acoplándose a la mía como si se conocieran de toda la vida. Su miembro erecto tropezaba con mi vientre una y otra vez. Yo no sabía qué hacer, me sentía torpe, turbada. Le rodeé con mis brazos y me apreté contra él.
--No te cortes, señora. ¡Tócame! Estamos aquí para disfrutar.
Mis manos trazaron la curva de su espalda hasta llegar a su trasero. Poseía un cuerpo maravilloso. Era un verdadero Adonis. Su piel era cálida y suave como la de un bebé. El tacto de su musculatura, en cambio, resultaba imponente, poderoso, vibrante. Su agitada respiración aumentaba el ritmo al tiempo que mi vulva engordaba hasta convertirse en una jugosa fruta, abierta y madura, lista para ser saboreada. Él debió suponerlo porque me cogió de la mano y me llevó al catre. Me dejé caer sobre un mullido colchón y me quedé ahí tumbada, rodeada de cojines multicolores, ebria de deseo, expectante, excitada… muy excitada. Olvidé ese recato tan mío, el pudor, la vergüenza... Me convertí en una mimosa y receptiva Edurne. Una hembra en celo. Abrí las piernas de par en par, impaciente. Y con cada nuevo movimiento me parecía que yo no era yo, aunque puede que lo fuese más que nunca. Emitía gemidos que me resultaban ajenos, pero que salían de mi garganta. Anhelaba sentir esa...


(Pasión en Marrakech

 fue publicada en octubre del 2013 por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que ve la luz). 
 
 




domingo, 17 de febrero de 2013

El respeto a las diferencias




Hace tres décadas yo era una adolescente lunática y taciturna incapaz de decir esta boca es mía. A pesar de esa evidencia o puede que debido a ella, disfrutaba siendo el centro de atención gracias a mis atrevidas indumentarias y peinados. Consecutivamente, fui adoptando el look de diversas tribus urbanas: heavy, hippy, siniestra… al tiempo que descubría con avidez los estilos musicales ligados a cada una de ellas. Lo que más me gustaba era sentir esas miradas aterrorizadas clavadas en mí. Escandalizaba a vecinos, profesores, familiares y, por encima de todo, a mis propios padres. Mi desdeñosa actitud provocaba en el ámbito hogareño unas batallas descomunales que traían a mi madre por la calle de la amargura. Han transcurrido seis lustros pero lo cierto es que conservo muy vívidos aquellos recuerdos en mi memoria. Mis padres padecían. Les preocupaba sobremanera el qué dirán, y a menudo cargaban sobre mi espalda un sentimiento de culpa tan pesado como una losa. Aun así, me mantuve firme en mis trece de no pasar por el tubo y seguir siendo yo misma dijeran lo que dijesen. No entendía que no fuesen capaces de ver que más allá de esa extravagante ropa negra, las muñequeras de pinchos y el cabello encrespado a conciencia, no había más que una tímida muchacha muerta de miedo y desasosiego, tratando de hacerse un hueco en esa adultez que afloraba, inexorable. Maduré rodeada de incomprensión y cargada de sus consecuentes inseguridades. Y con el paso del tiempo comprendí que no era yo la que hacía sufrir a mis padres sino que ellos mismos se provocaban el sufrimiento, empeñados en obligarme a ser lo que no era y a dejar de ser lo que era.  


La rueda sigue girando




Ahora soy madre de un insurrecto adolescente que un día lleva el cabello amarillo pollo y a la semana siguiente azul, además de un piercing en la lengua y otro en el séptum. Con la enorme diferencia de que yo siempre he tenido claro de qué lado estoy, y me importa un comino lo que diga el vecino de al lado, la fisgona de la portera o la pesada de su abuela (sí, sí, la misma que me amargó la pubertad se esmera en lograr lo propio con la del nieto, aunque sus repetidos intentos caen en saco roto una y otra vez, por suerte. Y que conste que lo digo desde el cariño de mi posición de hija). Durante la adolescencia, esas personitas que hemos traído al mundo y que no son de nuestra propiedad, buscan su identidad. Pasan por distintas etapas y gustos en cuanto a la forma de vestir, el estilo de música, el peinado y las amistades. Se buscan a ellos mismos, y no siempre les resulta fácil hallarse. He educado al chico a mi manera, guiada por mi instinto, no siguiendo muy al pie de la letra las recomendaciones de manuales sobre educación infantil y juvenil, ni los consejos de los profesores. Y sin embargo me siento orgullosa del resultado. Es un muchacho espontáneo y alegre que confía en su propio criterio y cuya creatividad no tienen límites. No me importa que experimente con su pelo y con su ropa. Mientras no lo haga con las drogas y el alcohol estoy tranquila. Sabe lo que quiere y lo expresa en voz alta sin tapujos. Se siente libre, respaldado y seguro. Además, carece de prejuicios. Desde muy pequeño ha tenido amigos de diferentes orígenes y razas. No obstante, cuando me habla de cómo son las cosas en el instituto y en el barrio, tomo conciencia de lo poco que ha avanzado el mundo en algunos aspectos, y ahí es cuando soy yo la que se escandaliza. Vivimos en una ciudad cosmopolita y multirracial donde las haya. Nos las damos de liberales, pero la realidad cotidiana y palpable es otra. Mucha gente sigue abriendo unas pupilas como platos cuando ve a jóvenes con piercings, rastas en el cabello o dilataciones en las orejas, por ejemplo. No lo entiendo. Para mí lo que importa de las personas es su alma. Si miras a alguien a los ojos puedes hacerte una rápida idea de lo que hay en su interior, dejando a un lado el color de su piel, la extravagancia de su indumentaria, su creencia distinta a la tuya, o su orientación sexual.



 Ni racistas, ni homófobos


Se supone que la nuestra es una sociedad tolerante y abierta. El fenómeno migratorio nos ha puesto en contacto directo con personas de muy diversas procedencias y todo parece indicar que un buen puñado de culturas, idiomas, religiones y razas conviven en paz y armonía. De boquilla pa fuera nadie es racista, ni homófobo, qué curioso. Pero solo de boquilla pa fuera. En nuestros progresistas centros de enseñanza, comentarios como maricón de mierda siguen formando parte del elenco de piropos que intercambian los chavales, así como el ya manido aunque no por ello menos abominable moro de mierda, o sudaca, sin que los profesores hagan demasiado al respecto. Y si un muchacho de quince años decide (con un par) no ocultar su homosexualidad se puede encontrar, al entrar en el vestuario masculino, con el lamentable espectáculo de sus compañeros tapándose a su paso, alejándose de él, haciendo malabarismos para no rozarle siquiera. Y si le explica esta anécdota al jefe de estudios o al tutor se puede topar con una respuesta como: “¡Es que tú te exhibes! Disimula un poco”. Tristemente, esto me demuestra que la sociedad ha avanzado solo en apariencia. Se permiten los matrimonios gays pero, en el fondo, no se aprueban. Se habla de interculturalidad aunque, a la hora de la verdad, vivimos juntos pero no revueltos. La mayoría de chicos pakistaníes que estudian en nuestras escuelas se mezclan sólo con otros chicos pakistaníes, lo mismo ocurre con los chinos. No se debe generalizar, lo sé (¡esa es otra! La maldita manía que tenemos de generalizar: que si los musulmanes tal y cual; que si los gitanos esto y lo otro; que si los rumanos tal y pascual. ¡Hala ya está! Etiquetados y metidos cada uno en su saco). No obstante, me atrevería a afirmar que los marroquíes y sudamericanos son más abiertos y no temen mezclarse con personas de una cultura o creencia distinta a la suya. Con todo y con eso, siempre está la excepción que confirma la regla, por supuesto.



Abrir la mente





No pretendo dármelas de gurú, pero ahora que ya tengo cuarenta y tantos largos y me ha dado tiempo a tropezar y volverme a levantar unas cuantas veces a lo largo del camino, me doy cuenta de que si hubiera confiado más en mi propio instinto, en lugar de dejarme llevar por lo que opinan los demás, muchas de las cosas que han complicado mi existencia hasta el infinito, no lo hubieran hecho. Personas sanas, íntegras y honestas las hay en todas partes. Perversas y sin escrúpulos también. Eso no depende de la raza u orientación sexual que uno tenga, ni de la creencia o tribu urbana que uno elija, si es que elige alguna. En mi época gótica, mientras paseaba con una amiga de indumentaria tan fúnebre como la mía y rostro tan asqueado y lúgubre como el mío, una pareja de punkies se nos plantó delante y, sin mediar palabra, uno de ellos me cruzó la cara de un bofetón. Así, sin más. Acto seguido continuaron su camino, y nosotras, patidifusas a la par que estupefactas, el nuestro. ¿Por qué lo hizo? Vete tú a saber. Igual estaba colocado, pero lo más probable es que lo hiciera porque pertenecíamos a una tribu urbana distinta a la suya. En mi humilde opinión, lo que se esconde detrás de esa reacción es un comportamiento primitivo y poco evolucionado, pero muy inherente al ser humano. Me da mucha pena comprobar día tras día que en pleno siglo XXI algunas cosas permanecen tal y como eran en la Edad Media. Así pues, no seamos trogloditas, abramos nuestra mente y enseñemos a nuestros hijos a abrir la suya. Negros, blancos, punkies, pijos, ricos, pobres, homosexuales, heteros, musulmanes, cristianos, guapos y feos; todos somos criaturas de Dios (o del Universo, si lo prefieres). Vive y deja vivir, ese es mi lema. Menos juzgar y más respetar.


sábado, 26 de enero de 2013

Bajo el sol del desierto






(Aquí os dejo un nuevo fragmento de
Pasión en Marrakech,
 novela erótica ambientada en Marruecos, país que posee la capacidad de despertar mi inspiración y todos mis sentidos).



...Los todoterrenos empezaron a hacer su aparición frente al hotel en medio de un gran alboroto. Rugiendo, derrapando. Los intrépidos conductores competían entre sí, empeñados en demostrar su audacia al volante, levantando a su paso tanta expectación como polvareda. En cuanto se apearon de sus respectivos vehículos, me dejé embargar por una emoción extraña, casi pueril. Eran jóvenes, en su mayoría, y había algunos muy atractivos. Sus atuendos se asemejaban bastante al del guía número uno, tipo explorador, como de camuflaje, con un chaleco multibolsillos. Lo más llamativo, sin embargo, eran sus turbantes. Ese detalle les infería un toque exótico irresistible. 

Fui la primera en lanzarme. Y puesta a ser atrevida me dirigí al que me pareció más guapo y cachas de los guías presentes.
¾Salam aleikum ―proferí, educada.
¾Aleikum salam ―respondió, bajando la cabeza. No era tan moreno como los guías anteriores. Su piel era café con leche, con más leche que café. El turbante enmarcaba un rostro cuadrado, de mandíbula pronunciada, y labios muy gruesos. Los ojos, almendrados, rodeados de largas y espesas pestañas, eran de un bellísimo color avellana verdoso. Entre el labio inferior y la barbilla se alojaba una sensual perilla que no hacía más que acentuar su belleza, lo que hacía difícil desviar la mirada a otra parte. Ya había observado que un buen número de jóvenes marroquíes lucía ese mismo tipo de perilla seductora. Con comedido disimulo diseccioné su anatomía de arriba abajo y calculé que no tendría más de veintitantos años. Él me examinó a mí sin el menor apuro. A través de la camisa y el chaleco se adivinaban sus importantes pectorales. Apoyado en uno de los vehículos, cruzado de brazos, con ese aire de seguridad que emanan quienes han repetido cientos de veces la misma hazaña, medio esbozó una sonrisa que dejó al descubierto una bonita dentadura. 

¾¿Podrías ponerme esto a modo de turbante? ―Le hice entrega de un fular color malva. Adopté esa expresión de mujer desvalida que precisa de la ayuda de un hombre que a ellos tanto les gusta.
¾Claro, por supuesto ―exclamó en un perfecto castellano, haciendo alarde de una amabilidad exquisita. 

Sus mangas dobladas hasta encima del codo exhibían unos imponentes bíceps. Tomó el fular con suma delicadeza y se acercó tanto a mí que su rostro y el mío casi se topaban. Se me aceleró el pulso. Me rodeó con sus brazos para colocar la parte central del pañuelo, doblado por la mitad, en mi nuca, cubriéndome la cabeza y llevando los extremos de la tela hasta mi frente. Inclinaba su pelvis hacia delante de tal manera que parecía inevitable el roce de nuestros cuerpos. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral desde las cervicales hasta la zona lumbar. Sujetó las puntas del fular y empezó a retorcerlas formando un torniquete justo encima de mis cejas. Después llevó uno de los extremos hacia atrás y lo remetió; lo mismo hizo con el segundo. Entonces soltó parte de la tela junto a sendas mejillas y me dijo que podía pasarla al otro lado por debajo de mis ojos, o por debajo de mi barbilla, dejando el rostro al descubierto. Elegí la segunda opción. Me temblaban las piernas. 

¾Voy a convertirme en tu sombra ―murmuró junto a mi oído, antes de retirarse. Pude percibir la calidez de su aliento y un suave aroma a sudor masculino. Se me erizó la piel… y sentí que la vulva se me hacía agua. 

Tomé aire, tragué saliva y me reuní de nuevo con el resto del grupo, mientras disimulaba como podía. Enseguida me abordó Nuria. 

¾Estás guapísima. ¡Qué bien te queda! ¡Yo también quiero! 

                La mayoría de mujeres y algún que otro hombre del grupo corrieron en busca de su turbante, y se armó un revuelo tremendo. A continuación, los fornidos muchachos empezaron a colocar nuestros equipajes en las vacas de cada 4x4, tarea que les mantuvo ocupados durante un buen rato. Luego nos distribuyeron en los vehículos. El guía número cuatro no me decepcionó y cumplió con lo esperado: me incluyó en su coche. 

                Los todoterrenos eran de ocho plazas, pero eso no me impidió ocupar el asiento del copiloto, privilegio que provocó envidias a mi alrededor. Entre mis acompañantes no figuraba ninguno de aquellos con los que ya tenía un poco de confianza, así es que me limité a contemplar el paisaje e intercambiar miradas con mi guía número cuatro, deleitándome con el morbo que proporciona seducir y ser seducida delante de tantos testigos… sin que te pillen. El joven conductor no cesaba en su indiscreto juego. Era tan descarado que mis mejillas debieron teñirse de un rojo intenso, a juzgar por mi sofoco. Temí marearme. Siempre tendría la opción, eso sí, de culpar a las altas temperaturas. Mis compañeros de viaje conversaban entre sí, animados y dicharacheros. Muda por la emoción, me sentí protagonista de una de esas películas de exploradores que se pierden en el desierto y corren toda suerte de aventuras. Una excitación incontenible se apoderó de mí. Recorrimos kilómetros y kilómetros de terreno llano y polvoriento. Si bajábamos las ventanillas, tragábamos polvo y arena. Si las subíamos, la sensación de calor era asfixiante. No había escapatoria posible. A lo lejos, empezamos a divisar las magníficas dunas del desierto, el pintoresco hotel en el que nos alojaríamos esa noche y a los enigmáticos tuareg. Un numeroso grupo de hombres azules, con sus correspondientes camellos, nos esperaba. 

Cuando me apeé del vehículo ya no estaba segura de si la intensa excitación que experimentaba se debía al descarado coqueteo del guía, a la visión de los camellos en los que subiríamos en breves instantes ―en realidad dromedarios, de una sola joroba―, a la contemplación de tan paradisiaco paisaje, o a una mezcla de todo. Sin embargo, me inclino a afirmar esto último. Por un lado, me sentía como una niña; por otro, como una femme fatale. 

Me acerqué a los tuareg a paso ligero, percibía la intensidad de una decena de pares de ojos que me escudriñaban a través de sus turbantes. Estaba turbada, nunca mejor dicho. Un inesperado escalofrío recorrió mi cuerpo entero. Me sentía muy deseada y era una sensación placentera y poderosa, desconcertante. Rachid y los guías del desierto conversaban entre sí en árabe, organizando la expedición. Nuria corrió hacia mí cual púber de doce años, emocionada. Las pupilas brillantes y una sonrisa de oreja a oreja atravesaban su rostro. 

¾¡Rachid se ha ofrecido a subirse conmigo! ―comentó eufórica.
¾¿Y eso? ―inquirí, asombrada.
¾Le he dicho que no seré capaz de montarme sola en uno de esos bichos, que me muero de miedo. ¡Es mentira pero ha funcionado! Me encanta hacerme la mujercita desvalida e indefensa. ¡Y ellos son tan inocentes! ¡Se matan para proteger a una dama! ―Se alejó risueña; se giraba cada dos pasos y me guiñaba un ojo. 

Me quedé perpleja. Jamás se me hubiera ocurrido semejante artimaña, esa es la verdad. La parte más femenina de mi cerebro se puso entonces a funcionar, rebuscando en el archivo de las argucias de mujer, ese que toda fémina posee, aunque no lo use. 

¾Dios mío, son enormes ―observé los camellos, boquiabierta, acercándome al guía cachas que me había llevado hasta ahí―. No podré subirme. ¡Qué horror! 

                Giré sobre mí misma y me encaminé con paso firme y decidido hacia el hotel. 

¾¡Espera! ―le oí gritar. Continué andando sin mirar atrás, con esa velocidad propia de situación de riesgo que eleva la adrenalina. El muchacho corrió detrás de mí y me agarró del brazo, obligándome a detenerme. La fuerza de su impulso me cautivó. Me giré hacia él―. No permitiré que te vayas así. No pienso dejarte escapar. Subirás al camello conmigo. ―Lejos de molestarme, su tono imperativo y dominante despertó en mí una admiración con tal carga de erotismo que a duras penas lograba reconocerme a mí misma―. Yo cuidaré de ti. 

Mi respiración era tan agitada que un botón de la blusa saltó de mi busto. No puedo presumir de grandes pechos, pero sí de unos senos firmes, redondos como mandarinas y bien contorneados. Se llamaba Otman. La calidez de su voz me derretía y su acento se me antojó de lo más seductor. Sus pupilas se clavaron en mi escote como dardos afilados. Me gustaba tanto que me olvidé de Rachid… y hasta de Omar. Sus ojos trazaron una línea descendiente por mi anatomía, aunque llevaba una falda demasiado larga y amplia como para que adivinase lo que se ocultaba debajo. Sin embargo, eso no pareció desanimarle. Esbozó una pícara media sonrisa y me dedicó un guiño que no comprendí. Esa forma suya peculiar de ladear la boca empezó a resultarme familiar. Lo hacía cada dos por tres. Con la devoción de quien participa por primera vez en un misterioso y apasionante juego… decidí obedecerle. 

                Otman se fue hacia Rachid para ponerle al corriente de la situación. Mientras hablaban, me observaban de reojo. Sus rostros reflejaban esa autosuficiencia característica que demuestran algunos hombres ante una mujer. Y me sentí especial, como una chiquilla dispuesta a cualquier cosa con tal de disfrutar de su golosina preferida. 

Los camellos fueron colocados en fila, se les obligó a sentarse en el suelo y los guías ayudaron a los turistas a subirse en ellos, solos o por parejas. Otman me recomendó poner la falda hacia atrás, de forma que por la parte delantera toda la tela quedara atrapada bajo mi cuerpo. Estaba a punto de seguir sus indicaciones al pie de la letra cuando oí la voz de Rachid llamándome y viniendo a toda velocidad. Me detuve en seco. 

¾Será mejor que me suba contigo, Edurne ―sentenció el guía número dos. 

Entonces atisbé a lo lejos a Omar, cuyas audaces piernas corrían también, desde el hotel, hacia nosotros. 

¾¡Espera, Edurne, espera! Yo me montaré contigo ―gritó. 

Miré a Otman, a Rachid, a Omar… y otra vez a Otman. De repente, cruzaron sus miradas desafiantes y empezaron a discutir en árabe, subiendo el tono de voz al tiempo que los niveles de testosterona se elevaban hasta el cielo. La escena era surrealista. Enmudecí. No sabía ni qué decir ni qué pensar. Tenía ante mí tres hombres hechos y derechos intentando… ¿Protegerme? ¿Seducirme? ¿Era un sueño hecho realidad… o una pesadilla? Todo el mundo nos miraba. Ninguno de los testigos comprendía nada y yo menos que nadie. Rumiando pausadamente, el camello contemplaba la escena sin aspaviento, con sus enormes ojos saltones de párpados entrecerrados. Me entraron ganas de reír a carcajadas pero me contuve. Una burlona sonrisa se instaló en mi cara. ¡Se estaban peleando por mí! Los tres me deseaban. ¡Increíble! Me sentí muy poderosa. Sin decir ni mu me abrí de piernas y me coloqué sobre el animal. Me quedé ahí mirándoles, hipnotizada, incrédula a la par que divertida. ¡Hacía tiempo que no disfrutaba tanto! Omar me deseaba. Rachid me deseaba. Otman me deseaba. ¡Guaaaau! Supe que el guía número cuatro había ganado la contienda porque subió al camello enardecido y se me encaramó detrás, muy pegado a mi cuerpo, rodeándome con sus fuertes brazos en un gesto de lo más posesivo, lanzando una mirada desafiante a sus contrincantes. Los otros se dieron la vuelta con expresión ofendida y se retiraron. Algunos metros más allá, Nuria observaba la escena decepcionada, por mucho que Rachid estuviese regresando a su lado para montarse con ella. Y Omar se encaminó hacia el único ejemplar que quedaba libre.

Otman y yo íbamos subidos en el último camello de la fila, guiados por un hombre azul, como todos los demás. El caminar parsimonioso del animal nos hacía mover adelante y atrás, adelante y atrás, con un agradable balanceo. El paisaje era maravilloso, como de película, y yo me sentía protagonista indiscutible. En apenas unos minutos se pondría el sol. Me dejé abrazar por Otman y percibí que algo muy duro y abultado chocaba con mi trasero, a cada paso de la bestia. Estaba excitada, muy excitada. Toda suerte de fantasías sexuales asaltaba mi mente. Y eso que ignoraba por completo en qué desembocaría aquel suave vaivén. Otman empezó a murmurar palabras incomprensibles al tiempo que mordisqueaba el lóbulo de una de mis orejas. Se me pusieron los ojos en blanco y la piel de gallina. Resultaba tremendamente seductor. Deseaba besar esos labios gruesos, tocar su abultado paquete. Pero estaba inmovilizada, atrapada en una cárcel de brazos y piernas. Me imaginé a mí misma como una esclava. Dominada por él, sometida a su voluntad, convertida en su sierva. Aflojé mi cuerpo, me liberé de la tensión y me dejé llevar. El sol bajaba sin prisa hacia las dunas, el cielo se teñía de magníficos tonos rojizos y yo, impaciente, víctima de una deliciosa embriaguez, me anticipaba al gozo...
 
(Pasión en Marrakech
 será publicada en octubre, por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que verá la luz). 
 
 
 

¿Escritora en crisis?

Estoy en crisis, me digo a mí misma. ¿Por qué? Me pregunto, iniciando una especie de monólogo interno absurdo. Porque aún no he empezado la ...