jueves, 3 de noviembre de 2016

Los ojos de Saïd: un breve avance


Los ojos de Saïd 
(Fragmento)

¿Has contemplado alguna vez el océano en una noche sin luna? Asusta. Todo es negro. La línea que separa el mar del cielo se difumina en el horizonte, provocando una sensación terrorífica. Te reconoces diminuta como una hormiga, insignificante como una pulga en medio de esa absoluta inmensidad, en medio de esa demoledora soledad. ¿Te imaginas caerte ahí, en plena oscuridad, siendo consciente de los infinitos misterios que se ocultan en las profundidades de esas aguas? Así se sintió Sara la primera vez que se zambulló, de forma voluntaria, en su mirada penetrante. Y por extraño que resulte, no experimentó miedo alguno. Al contrario, jamás se había percibido tan segura y arropada. Lo sé de buena tinta. Me lo contó ella misma usando homólogas palabras e idénticas metáforas.

Sus ojos fueron la clave. Negros, profundos, almendrados, perfilados con el lápiz invisible de Tutankamon. Y digo invisible porque se parecían de verdad a los de Tutankamon, sí, pero era imposible que se los hubiera maquillado, él nunca haría algo así. Eran como eran por naturaleza. De mirada intensa, directa, que nada temen, que nada ocultan. Muy diferentes a los cientos, miles de ojos —occidentales— que había contemplado hasta ese momento, a lo largo y ancho de sus treinta y tantos. Y cuando, intencionadamente o no, sus ojos tropezaron con los de Sara, ella no los apartó, como solía hacer. Le sostuvo la mirada firme, desafiante, casi al borde del descaro. Como la mujer segura de sí misma que se suponía que era. Como buscando algún indicio de prepotencia machista en esos increíbles ojos árabes.

Pero no halló en los ojos de Saïd el mínimo atisbo de superioridad, ni por asomo. Irradiaban tal halo de serenidad que se sintió hipnotizada, a la par que halagada, al descubrir que la seguían a todas partes, y que eso venía sucediendo desde el mismo día en que el joven aterrizara en la sede de Barcelona. Era la primera vez que contaban con un intérprete marroquí en plantilla, circunstancia que provocó algo de revuelo en general, y entre las féminas en particular. Hasta hacía nada se las arreglaban con colaboradores eventuales, pero a raíz de los sucesos que tuvieron lugar en la estación de Atocha de Madrid, el 11 de marzo del 2004, la presencia en la redacción de alguien con perfecto dominio de la lengua árabe, se hizo imprescindible. Cierto recelo flotaba en el aire. Se le trataba con amabilidad y respeto aunque el prejuicio coexistía, en silencio, junto a los buenos modales. Y si a alguna enamoradiza se le ocurría susurrarle al oído a su compañera, entre suspiros: «¿No te parece atractivo?» la otra se apresuraba a contestar: «¿Estás loca? Es marroquí. ¡Y musulmán! ¿Quieres que te obligue a llevar un velo? Quítatelo de la cabeza».

Sara no podía quitárselo de la cabeza. Lo intentó. Trató de convencerse de que lo único que sentía por él era la inevitable curiosidad que despiertan las personas de procedencia extranjera. Otra cultura, otras costumbres. Un cúmulo de sensaciones contradictorias la golpeaba. Una parte de ella levantaba murallas alrededor, por si acaso. Otra, añoraba con fervor casi urgente volver a estar con alguien, saborear la miel de los besos, la cálida turbación de los abrazos, la traviesa impaciencia del deseo a duras penas contenido. Dos años de celibato voluntario habían sido más que suficientes. Sexo. ¡Mmm! Cómo echaba de menos el sexo...

Un hombre árabe. ¡Uf! Qué complicado. Sin duda se sentía confusa, atraída por las diferencias, se justificaba. Pero cada vez que Saïd aparecía ante ella sufría estragos fisiológicos tales como taquicardia, aumento del flujo sanguíneo y una especie de punzada ardiente en el bajo vientre. Por no mencionar el rubor de las mejillas y el temblor de la voz. Su retorno a la adolescencia, en definitiva. Tuvo que rendirse a los hechos: se sentía atraída por él y resultaba evidente que era recíproco. ¿Bueno y qué? ¿No presumía tanto de su falta de prejuicios raciales y de todo tipo? ¿Qué había de peligroso en tener una aventurilla? Algo pasajero. Un aquí te pillo, aquí te mato y ya está. Podía ser curiosidad, hambre sexual atrasada, simpatía mutua o química, pura y simple.

Él se mostraba tímido y respetuoso, tal vez en exceso, con el sexo opuesto. En su trato hacia las mujeres de alrededor se le adivinaba la inexperiencia, incluso cierta torpeza. Aunque dominaba el idioma, en ocasiones titubeaba, azorado. Sara se preguntaba qué podía hacer para seducirle. Llevaba tanto tiempo sin salir con nadie que no sabía por dónde empezar. Y ese no sé qué de prohibido que envolvía a Saïd lo hacía aún más interesante. Solo se le ocurría una forma de calmar su inquietud: acercarse a él. Pero la desbordaban los tópicos. ¿Sería machista? ¿La consideraría inferior por ser una mujer? ¿Vería con malos ojos que diera ella el primer paso en un intento de conquistarle?

Averiguó que vivía en Barberà del Vallès y se desplazaba en tren. Una tarde, minutos antes de la hora del cierre, se atrevió por fin a formular la pregunta que rondaba por su mente desde hacía días.

—¿Coges el tren?
—Sí —contestó, escueto.
—Podríamos ir juntos hacia la estación, si quieres, me pilla de paso.
—Me parece bien.

Parco en palabras, pensó Sara, no va a ser fácil. Pese a todo, entendió que su propuesta le sorprendió y agradó a partes iguales, a juzgar por la expresión de su rostro. La esperó a la salida esa y todas las tardes siguientes. Una encantadora forma de romper el hielo, lenta y tímida, a la antigua usanza, como una pareja de novios en la sufrida España de los años cuarenta. Sin acercarse demasiado, sin tocarse. Saboreando minuto a minuto la magia de enamorarse.

Empezaron a conocerse con cautela. Ella le interrogaba con la inocencia y espontaneidad de una niña. Él la miraba escandalizado aunque, en el fondo, le divertía su franqueza, pues lo mismo le preguntaba: «¿Y por qué las mujeres musulmanas llevan velo?» que le soltaba: «Pues el hombre que tenga cuatro mujeres deberá estar muy en forma para cumplir con todas, ¿no?». Ante semejantes elocuencias, Saïd reaccionaba con una risa nerviosa en algunas ocasiones, ruborizado en otras. Jamás enojado. Demostraba una paciencia infinita. Como periodista, Sara creía disponer de abundante material sobre el mundo árabe y musulmán, aunque pronto descubrió que se trataba de una información confusa y cargada de estereotipos.

Una mañana estuvieron juntos en Barberà terminando un reportaje y, al mediodía, Saïd la invitó a comer en un restaurante árabe que solía frecuentar. Se sintieron tan cómodos el uno con el otro que el tiempo pasó volando, como en un soplo. ¡Y llegaron tarde a la oficina! El rumor de que había algo entre ellos se extendió como la pólvora desde ese instante y ya no hubo modo alguno de acallarlo.

En la segunda cita fue ella quien le llevó a saborear una deliciosa paella en la Ciudad Condal, en una terracita de la Villa Olímpica, un soleado sábado de julio. Después de una plácida sobremesa, pasaron horas y horas conversando, mirándose como bobos, riéndose de las cosas más simples, contemplando el sol, paseando junto al mar o sentados en las rocas, muy pegados el uno al otro, sonrojados como criaturas inexpertas. Sara deseaba estrechar las manos de Saïd entre las suyas y no se atrevía. Esperaba que él lo hiciera y no lo hacía. Quiso hacer eternas las horas, detener el tiempo. No lo consiguió. Mientras se dirigían hacia el metro, minutos antes de la despedida, sintió que era su última oportunidad. Saïd caminaba con las manos metidas en los bolsillos y no le quedó más remedio que meter la suya en uno de ellos. Él entendió el gesto y le correspondió de inmediato pasando un brazo por encima de sus hombros. Medía unos veinticinco centímetros más que Sara y a ella le invadió una agradable sensación de protección, cálida y tierna. Ya habían cumplido el ritual que les convertía en pareja. Cuando se separaron, al final de aquella extraordinaria tarde compartida, Saïd depositó un primer y tímido beso en los labios de Sara, tan fugaz y escasamente saboreado que más tarde, al recordarlo, casi le asaltaba la incertidumbre de si sucedió de verdad o solo tomó cuerpo en sus pensamientos, teñidos de deseo. Sus mejillas sucumbieron a un rubor más propio de adolescente que de mujer sobrada y su risa nerviosa no hizo más que añadir insensatez a una escena que tiró por tierra la teoría de que a ciertas edades el amor se vive con mayor serenidad. Desde ese momento anduvo no semanas, sino meses, con una perpetua sonrisilla bobalicona estampada en su rostro noche y día; día y noche.


Así de dulce fue el inicio de esta bonita historia. ¿Os la sigo contando?





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