lunes, 18 de septiembre de 2017

LA NIÑA QUE HABITA EN MÍ



Érase una vez una chiquilla con una fantasía tan compleja y un mundo hacia dentro tan rico que a duras penas sabía cómo manejarse hacia afuera. Vivía en una especie de burbuja silenciosa, nadie conocía el timbre de su voz. Para expresar las emociones y que no le explotaran dentro, las volcaba sobre un cuaderno, acariciando el papel con su pluma de forma suave y continuada, dejando fluir la palabra escrita, que le interesaba infinitamente más que la hablada. A ella se le antojaba que las cosas no anotadas se esfumaban de la memoria sin dejar huella. En cambio, todo aquello que se transformaba en letras, bañadas en tinta, perduraba en el tiempo y permanecía para siempre. Fue abriéndose a la mundanal vida externa con pereza, a medida que crecía taciturna, aunque nunca desestimó su riqueza interior. Pasó de niña a adolescente y de adolescente a mujer sin abandonar jamás ese hábito de plasmar por escrito cada suceso, reflexión o pensamiento que se le ocurría a ella misma o a alguien de su alrededor. Cuando su día a día se llenaba de acontecimientos felices, los relataba con pasión, reviviéndolos con intensidad al escribirlos, y luego al leerlos, y una vez más al releerlos. Era mágico. Sin embargo, cuando las cosas no salían como esperaba y su corazón se llenaba de congoja y tristeza, la escritura le servía para vaciar el alma. Escribir la ayudaba a ordenar sus ideas, creencias y sentimientos. Lo hacía por y para ella. Escribía por el puro placer de escribir, y por el alivio que experimentaba al hacerlo. 

Un día, nadie sabe por qué, sintió la necesidad de ser leída por otros y se le ocurrió escribir un libro. La primera vez que alguien leyó un texto escrito por ella probó una desconocida y cautivadora sensación. Un universo nuevo se abrió ante sus ojos. Se volvió ambiciosa y decidió entonces escribir una novela. ¡Fue maravilloso! Comprendió que esa era su verdadera vocación y escribió otra… y otra. Rozó con las yemas de los dedos algo similar al éxito y eso la sedujo por completo. Lo disfrutó. Lo paladeó. Después llegaron las decepciones. Editoriales. Intereses. Rivalidades. Saboreó la amargura del abuso de quienes juegan con los sueños de los demás en su propio beneficio. Sintió en su piel el desgarro que provoca la envidia incomprensible de otros escritores. Lágrimas. Impotencia. Frustración. ¿Era ese el mundo real? No soportaba su crudeza. Le aterró comprobar que a menudo se preguntaba para qué iba a seguir escribiendo. Se asustó aún más al caer en la cuenta, horrorizada, de que ya nunca escribía a mano. No se reconoció a sí misma.

Hasta que un buen día decidió que nada ni nadie iba a contaminar la pureza de su alma. Sabía que, en el fondo, seguía siendo esa niña inocente, transparente, ingenua, incapaz de percibir la maldad ajena. Esa niña que escribía sin más. Por el puro placer de escribir.

Y por fin recuperó su esencia.

Mar Montilla











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