jueves, 6 de diciembre de 2012

Un cuento de hadas





Estoy trabajando en una nueva versión de mi libro Me separé, aunque le amaba demasiado. He aquí un adelanto:


¿Existe el Príncipe Azul? Yo creía que sí, cuando era una niña. Pensaba que el amor era mágico y que te conducía a la más absoluta de las plenitudes, la felicidad completa. Me imaginaba que él aparecería a lomos de su caballo blanco, me alzaría en volandas y me llevaría al país de nunca jamás donde un sinfín de maravillas insólitas, aún por descubrir, me esperaban. A partir de ese momento ya nada malo podría pasarme porque él estaría conmigo para siempre, protegiéndome de todo mal. Tan guapo, varonil y fuerte, dispuesto a salvarme de las miserias de la vida cotidiana y transportarme a un mundo mejor. Tan oficial y caballero a la vez… La que se atreva a afirmar que jamás soñó algo así que tire la primera piedra. Somos las mismas que ahora presumimos de independientes, decididas y autosuficientes. Hemos luchado sin tregua por la igualdad, para acceder a los mismos puestos que los hombres, tener las mismas oportunidades y jactarnos de ser capaces de salir adelante sin ellos. Muchas de nosotras, solteras o separadas, vivimos solas o con la única compañía de nuestros hijos, desenvolviéndonos en el día a día con admirable diligencia y soltura. Somos las mismas ingenuas adolescentes que suspiraban, hace veinte o treinta años, a la espera de su príncipe. Un príncipe que, dicho sea de paso, a más de una le salió rana. O por lo menos a mí me pasó.

Me llamo Susana y esta es la historia de un amor desatado, desesperado… una de esas pasiones irracionales que te arrastran a la locura de tal manera que no sabes cómo ni cuándo parar aunque seas consciente, muy en el fondo, de que debes hacerlo. Y es que algunas tenemos como un radar especial para atraer al varón mezquino, al egoísta, al delincuente, al adicto… Tantos miles de millones de hombres en el universo y caemos rendidas a los pies justo de aquel que menos nos conviene. No, si ya lo decía mi madre. Hija, si alguna vez montas una fábrica de sombreros, nacerán todos los niños sin cabeza… ¡Qué maja, ella!

Acostumbro a decir que en mi vida hubo un antes y un después de David. Él protagonizó algunos de los momentos más dichosos y algunos de los más amargos. Y para bien o para mal tenemos un vínculo ineludible: nuestro hijo. Le conocí un domingo por la noche. Allí estaba yo, embutida en unos leggins negros que cortaban la respiración, camiseta desteñida, botines terminados en punta, las uñas pintadas de negro, los labios marrón oscuro y el cabello encrespado. Terroríficamente gótica. Mi amiga y yo cruzábamos el semáforo, a la salida de una discoteca de ambiente siniestro. Y allí estaba él, cual espectro, al otro lado de la calle, con su camiseta de The Cult, vaqueros negros desgastados, muy ajustados, botas militares, pañuelo de calaveras atado alrededor de la cabeza a lo Ian Atsbury, cantante de The Cult, y arete en la oreja. Era guapo. Su extremada delgadez no le restaba belleza. Ni la exagerada blancura de su tez, en contraste con el cabello oscuro. Sus pupilas me fulminaron y… ¿qué hice yo? En efecto, lo has adivinado: sucumbir a su hechizo de inmediato.
 



2 comentarios:

  1. Hola Mar,
    que tu trabajo sea muy productivo y que tengas unas felices fiestas.
    Saludos!

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  2. Gracias, Lola!
    Son días de reuniones familiares y no avanzaré mucho, pero poquito a poco...
    Felices fiestas!

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