sábado, 12 de enero de 2013

Ese enigma llamado amor





(Extracto de mi libro: Me separé, aunque le amaba demasiado. Del amor y otras adicciones).


“¿Qué es amor? Dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es amor? ¿Y tú me lo preguntas?

Amor… eres tú”.


O al menos eso es lo que, probablemente, le respondería Gustavo Adolfo Bécquer a su amada, si levantara la cabeza.
Ríos y ríos de tinta se han vertido intentando descifrar, definir y analizar ese sentimiento irracional que nos acongoja y a la vez deleita, transformándonos. No sabemos bien qué explicación darle, ni en qué lugar exacto situar el límite que lo diferencia de una afectuosa amistad o de una transitoria pasión.
Según la definición del Diccionario de la Real Academia, es “el sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido”.
Pero casi se podría afirmar que existen tantas interpretaciones del amor como personas hay en el mundo, pues es una experiencia subjetiva, y de qué forma lo vive cada uno dependerá de numerosos factores sociológicos, culturales e incluso biológicos.
El antropólogo James Prescott, que ha estudiado las diferencias existentes entre las sociedades o culturas que acostumbran a ser afectuosas con los niños y las que no lo son, lo define destacando cuatro aspectos que lo caracterizan. Según él, el amor es:

1. Empatía con el ser amado. Saber ponerse en el lugar del otro y comprender lo que siente.

2. Preocuparse por el  bienestar, la felicidad y el crecimiento del ser amado.

3. Poner a disposición del otro todos nuestros recursos para que consiga el bienestar, la felicidad y el crecimiento.

4. Aceptar la singularidad y la individualidad del ser amado, otorgar libertad plena para que experimente, actúe y se convierta en aquello en lo que desea convertirse.

Los antiguos griegos establecían una distinción entre el amor ágape –que viene a ser más o menos el definido por Prescott—y el amor eros. También Carmen Posadas lo menciona en su libro Un veneno llamado amor.

El ágape es esa pequeña sociedad creada por dos seres adultos que se eligen libremente y deciden caminar juntos a lo largo de la vida. Se aceptan tal y como son, no se imponen nada por la fuerza. Evolucionan y maduran de forma individual y conjunta, alcanzando cada uno su propia felicidad y procurando la del otro. Es un crecimiento mutuo, del uno al otro, resultante del respeto de la voluntad y de la identidad de cada uno. Como dice Erich Fromm en su libro El arte de amar, “se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”.

El eros, sin embargo, está más acorde con la pasión que con el amor verdadero. Esa pasión que te arrastra, que te hace sentir un irresistible cosquilleo en el estómago y te quema por dentro. Te sientes morir pero a la vez no deseas vivir sin ese vértigo indescriptible. Esta es la idea de amor que se nos ha transmitido de generación en generación a través de cuentos, leyendas y películas que narran historias de amantes que vivieron sufriendo por amor y murieron por amor, como Romeo y Julieta, Los amantes de Teruel o Juana la loca.

 Del amor como adicción
Ante semejante panorama no me extraña que haya tanta confusión generalizada y tanto loco suelto capaz de protagonizar los más escalofriantes crímenes pasionales. Los asuntos amorosos llevan a más de uno a la consulta del psiquiatra y a otros, aún menos afortunados, directamente al cementerio.
Hay personas adictas al amor. Tienen una necesidad exagerada, rozando lo patológico, de sentirse queridas. Son muy exigentes a nivel afectivo con sus familiares y amigos. Sus expectativas de amor son tan elevadas que sus parejas acaban huyendo ante la imposibilidad de cubrir sus carencias. Nunca están a la altura. Al ser abandonados, los adictos al amor se sienten frustrados y decepcionados, creen que nadie les quiere y acaban encerrándose en sí mismos para evitar nuevos fracasos amorosos. Para llegar a desengancharse tendrán que comprender y aceptar que su idea del amor no es realista, y que el origen de esa idea está en su gran inmadurez emocional. Este será el primer paso para adquirir una visión del amor más madura, sana y acorde con la realidad.
Luego están los que aman demasiado, los que se entregan sin límite ni medida, sin esperar nada a cambio, y sólo reciben rechazo y desprecio por parte del ser amado. La persona que ama demasiado no puede comprender ni aceptar la reacción del otro, sin embargo tiene su lógica: cuanto más fácilmente se entrega uno a los demás, menos se le valora; cuanto más esfuerzo nos cuesta conseguir el amor de alguien, más valor le otorgamos. Cuando se da, hay que comprobar qué se recibe a cambio, de lo contrario el desgaste psicológico y el sufrimiento están asegurados. Profundizaré más en esta errónea y dañina forma de amar en un capítulo posterior, y mencionaré el libro Las mujeres que aman demasiado, de la terapeuta Robin Norwood.

La bioquímica del amor
Desde el punto de vista biológico, enamorarse no es más que una sucesión de reacciones químicas que se producen en el cerebro, provocando modificaciones mentales y físicas.
La principal culpable de dicha revolución hormonal es la fenilalalina, sustancia que se encuentra en alimentos como el chocolate. Este componente químico es el responsable de que, ante la presencia del ser amado, sintamos mariposas en el estómago, sudoración en las manos, dilatación en las pupilas y aceleración del ritmo cardíaco. Aunque, por otra parte, debemos tener en cuenta que otras emociones igualmente intensas –como la cólera o el miedo—pueden provocar los mismos síntomas o muy similares, creando confusión en el individuo que las experimenta. Así lo corroboran estudios realizados por psicólogos sociales como Stanley Schachter, que atribuye dos componentes a la experiencia de la emoción:
-La activación psicológica: sudar, pulso acelerado, acaloramiento…
-La interpretación subjetiva: la etiqueta que le colocamos a eso que estamos sintiendo según el momento, lugar y persona que nos acompaña.
Pero la fenilalalina no se encuentra sola, causando estos estragos. La acompañan sus colegas de profesión: la adrenalina, que acelera el corazón; y la endorfina, que fortalece el sistema inmunológico. O sea que enamorarse no sólo produce sensación de felicidad, buen humor y bienestar psíquico, sino que además mejora las defensas del organismo, con lo cual repercute beneficiosamente en nuestra salud, y tiene como consecuencia que el que está enamorado enferme menos que el que no lo está.
El mejor o peor funcionamiento de todo este engranaje de reacciones químicas que nos capacita para el amor, depende precisamente del que nosotros mismos hayamos recibido en la infancia e incluso en el útero materno. La importancia de la vida intrauterina ha quedado demostrada en numerosos estudios realizados por el doctor Arthur Janov, reconocido psicoterapeuta que ha sabido plasmar, en su libro La biología del amor, el hecho fundamental e indiscutible de que el amor es la base de la vida.
Nuestro cerebro está lleno de mensajeros, cada uno de los cuales tiene una determinada función que, si no se cumple de forma correcta, puede provocar alteraciones diversas. Estos mensajeros son sustancias químicas como la serotonina, que ayuda a inhibir el dolor; la dopamina, que activa el estado de alerta y el placer; o la oxitocina, que tiene la función de estimular la conducta maternal en la mujer, entre otras.
La embarazada debería ser consciente de que determinadas  conductas incidirán de forma negativa en las conexiones cerebrales de la criatura, alterándolas de por vida, dejando archivada una huella irreversible. Si se alimenta de forma precaria, el bebé no sólo nacerá desnutrido, sino que además tendrá elevadas probabilidades de padecer, cuando llegue a la adolescencia, trastornos alimenticios como la anorexia. Si fuma, el feto sufrirá hipoxia –deficiencia de oxígeno-- y se verá obligado a flotar en un ambiente tóxico que le provocará en el futuro problemas respiratorios y una continua sensación de agobio. Si la gestante ingiere drogas, tranquilizantes y/o alcohol en cantidades significativas, dañará las estructuras cerebrales de su hijo de tal manera que sus niveles de neurotransmisores se verán afectados, no será capaz de producir analgésicos de forma natural, padecerá, casi con toda seguridad, trastornos de ansiedad y depresión entre otros, ya en la edad adulta, y tendrá todos los números para convertirse a su vez en un adicto a cualquiera de las sustancias consumidas por su progenitora. Una estructura cerebral sana, en cambio, fabrica por sí misma los niveles precisos de serotonina, oxitocina y/o dopamina, que son las hormonas del amor por excelencia.
La futura mamá que ama a su hijo y, por supuesto, a si misma, se alimenta de forma adecuada, no fuma, no bebe alcohol, no se automedica, no consume drogas y no se expone a situaciones de riesgo para el feto. Transmite a su criatura, desde antes de nacer, una sensación de bienestar y confianza que la prepara de la forma más idónea para la dura tarea de nacer y vivir.
Después del nacimiento, si los padres no ofrecen contacto físico al recién nacido –caricias, besos, abrazos, mirada afectuosa-- disminuirá notablemente el ritmo de crecimiento de las células nerviosas de su cerebro. Esto es fundamental sobre todo en los dos primeros años de existencia. A esa edad, cada vez que besamos o abrazamos a nuestro bebé activamos de forma vertiginosa el desarrollo de sus neuronas.  No obstante, hay padres que aman con locura a sus hijos pero no saben cómo demostrarles afecto, ya que ellos mismos tampoco lo recibieron en su infancia, y el gran peso que tienen los patrones de conducta adquiridos en la primera etapa de la vida impide a estos padres mostrarse cariñosos. Es una pena, porque a su vez ellos mismos vuelven a transmitir ese modelo no afectuoso a su propia descendencia, y ésta a la suya, creando una cadena muy difícil de romper. Además, cuanto más amor entreguemos a nuestros hijos, antes y después de nacer, mejor los dotamos para que sean capaces, en el futuro, de disfrutar de una sana, duradera y estable vida en pareja.


Las mieles de la pasión
La pasión es otra cosa. Es atracción sexual, fuego, deseo. Un impulso visceral que la mayoría anhela sentir al menos una vez en la vida. No puedes dejar de pensar en él, en ella… te cuesta concentrarte en otra cosa y tienes la sensación de no poder vivir sin su presencia. La libido se dispara y a todas horas quieres dar rienda suelta a esa lujuria desatada. Llevada al extremo y si se convierte en algo obsesivo, podría provocar erróneos sentimientos de posesión e incluso celos patológicos, una combinación capaz de llevar a cualquiera a cometer las más absurdas locuras, con terribles consecuencias.
Viviéndola de forma sana, sin embargo, podemos disfrutar de la pasión mientras dure, teniendo en cuenta, eso sí, que en cualquier momento se esfumará. No es sinónimo de amor. En una relación ideal deberían estar presentes ambas emociones, al menos en una fase inicial, aunque no siempre sucede así. Si el amor no es tal, la pasión se desvanece y muere, sin más. Cuando lo que sentimos por alguien es auténtico, y correspondido, la pasión suele desembocar en un sentimiento menos intenso pero más duradero, que nos da equilibrio, serenidad y felicidad.
  
La importancia del amor
Amar no significa sufrir. Si el amor conlleva sufrimiento, algo va mal. Cuando se descubre que el ser amado no es perfecto y aún así lo queremos y aceptamos tal y como es: eso es amor. No se impone, ni se aprende, surge sin más, de un modo espontáneo y natural, sin esfuerzo. O lo sientes o no lo sientes. Si tienes que pararte a pensar si quieres a tu pareja o no… mal asunto.
 Para amar a alguien hace falta cierta madurez emocional y la capacidad de conocerse y amarse a uno mismo, primero. Cuanto más a gusto te sientes y mayor es tu autoestima mejor preparado estás para encontrar a una persona dispuesta a caminar a tu lado. Se trata de querer, no de necesitar. No es sólo dar, no es sólo recibir; es dar, recibir, compartir y sobre todo respetar. Sin pisar la libertad del otro, que no tiene por qué cubrir tus carencias o cumplir tus expectativas. Ni tú las suyas.

Dos personas que se aman se apoyan mutuamente, se respetan. Son ante todo amigas, y por supuesto amantes. En cuanto a la pasión, no tiene por qué desaparecer. Con el paso del tiempo podemos ir recurriendo a truquillos varios con el fin de reavivar la llama. Donde hubo fuego, siempre quedan brasas. Ahora bien, donde nunca lo hubo…
 Cuando una relación se convierte en estable y van pasando los años, sucede a veces que cada uno de sus miembros evoluciona de manera diferente. Se distancian, se enfrían y el amor se desvanece. Hay parejas que duran dos días y otras que comparten una vida entera. Y también las hay de conveniencia, personas que están juntas por intereses económicos, sociales, o para no quedarse solas. Pero esa ya es otra historia que nada tiene que ver con el AMOR, con mayúsculas. 

Lo que está claro es que el amor es importante y parece inconcebible una existencia sin él. Como dice Erich Fromm, en su libro El arte de amar, “sólo el amor puede lograr la fusión con otra persona, siendo el impulso más poderoso que existe en el hombre. Sin amor, la humanidad no podría existir ni un día más”.









 

2 comentarios:

  1. Se puede escribir tanto sobre el amor...hay tantas posiciones desde donde mirarlo. El amor tiene muchas caras y aristas, muchas preguntas y respuestas, y tú has hecho una síntesis con la que obtienes y consigues profundizar en elementos del amor y sus ingredientes.

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  2. Y nuestro concepto del amor cambia con los años y la experiencia, yo me di cuenta al revisar este artículo que escribí hace unos cuantos añitos. Me alegra que te haya gustado. Saludos!!

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