domingo, 22 de diciembre de 2013

Pasión en Navidad



Mi regalo para estas fiestas es un capítulo de
PASIÓN EN MARRAKECH
 íntegro, sin omisiones ni censura.
 ¡Feliz Navidad!

*******







  
Capítulo 7


Cuando llegamos a Rabat, sólo podía afirmar a ciencia cierta tres grandes cosas: que esa era la capital del Reino de Marruecos, que necesitaba urgentemente ir al lavabo… y que estaba muerta de hambre. Y esta última era la más contundente y absoluta de las verdades. Eran más de las dos de la tarde y nos habían tenido de gira desde las seis de la mañana. No podía asimilar ni un concepto más. O ingería de inmediato algún tipo de alimento o caería redonda al suelo. Así se lo hice saber a Rachid. 

-¡Qué terrenal! ¡Qué poco espiritual! No te veo muy predispuesta a la práctica del ramadán ―objetó él con un guiño, mientras bajábamos del autobús. Entonces se dirigió al grupo dando instrucciones de lo que haríamos a continuación, adónde nos llevaría a comer, y la advertencia de que si alguien prefería ir a otro sitio era libre, siempre y cuando a la hora acordada estuviese delante del autocar. Nos quedaba toda una tarde de visitas antes de ir a Meknes y a Fez.

-Oye, guapo, aunque no lo creas los cristianos también tenemos nuestras épocas de ayuno y abstinencia. Y precisamente yo, provengo de una familia bastante beata. Sin embargo no entraba en mis planes la idea de enfermar de inanición durante mis vacaciones. ―Me defendí, malhumorada. Si una cosa me hace perder la compostura es sentir el estómago vacío. Rachid se empezó a reír y me sentí tan ofendida que busqué complicidad en otros compañeros de viaje. La hallé de inmediato.

-Tienes toda la razón, es demasiado trote. A mí me encanta ver sitios nuevos, siempre y cuando mis necesidades básicas estén cubiertas, porque si no es que me pongo de un humor de perros ―sentenció con desparpajo Nuria, veinticinco años, bajita y delgada. Cabello rizado, largo y castaño.

-A ver, David, sielo ―Rachid había dado permiso para que aquellos a los que les resultara difícil pronunciar su nombre, le llamasen David― es que al final esto más que unas vacasiones va a pareser una condena, ¿y qué hemos hecho nosotros pa mereser esto, eh, qué hemos hecho? ―afirmó Manuel, con tanto melodrama en su gesto amanerado y tanta tragicomedia en su voz, con acento andaluz, que nos dio un auténtico ataque de risa a todos, incluso a él mismo―. Mira, mira… es que no puedo con mi alma ya, quillo. ¡Es que me va a dar un soponsio! ―añadió, poniendo los ojos en blanco, gesticulando con exageración, disfrutando de su improvisado protagonismo. El guía número dos guardó silencio y compostura, aligerando el paso, impertérrito.





                Nos llevó a comer a un antro destartalado, donde lo primero que hice fue ir corriendo a aliviar mi vejiga para volver a ser persona. Aunque nuestra hambre canina jugaba a su favor, la decepción quedó bien patente, plasmada en rostros y comentarios. Era un típico bar, como tantos hay en España, de los que sirven menús y platos combinados. En días sucesivos pudimos comprobar que la alternancia entre lujo y austeridad era premeditada. Unas veces nos llevaban a excelentes restaurantes en los que disfrutábamos de la gastronomía típica del país y otras a garitos cochambrosos en los que podías aspirar como máximo a un plato de pollo con patatas o a una omelette con ensalada verde. 
Ya me estaba tomando el café cuando Rachid se sentó frente a mí.
-¿Todavía estás enfadada? ―susurró―. ¿Fumas? ―agregó, sacando un cigarrillo del paquete y encendiéndolo.

-No estaba enfadada, tenía hambre. Y no, no fumo. ―Mientras Rachid continuaba con su discurso observé, de reojo, que Omar estaba algunas mesas más allá, conversando con su mujer―. Perdona, ¿qué me decías?

-Que me alegro de que no estés enfadada conmigo y de que no fumes.

-Tú tampoco deberías. Por cierto, ¿está permitido fumar aquí?
-En Marruecos todo está permitido. Y si algo no lo está siempre puedes sobornar a alguien.

-Interesante.
    El cansancio regresaba con fuerza. Necesitaba una buena siesta. Rachid me caía bien, pero a veces me atosigaba. A cada paso que daba, allí estaba él. Y esa era justo la estrategia que menos funcionaba conmigo. En materia de hombres, cuanto más indiferente y distante, más seducida me sentía. Mi atención se centraba en Omar. No cesaba en mi búsqueda mental de una argucia perfecta para atraparle en mis redes. La carne es débil… y la de los hombres más. Era improbable que se pasara las veinticuatro horas del día pegado a su mujer. Imposible. Tentarle suponía para mí un excitante reto. Lanzaría mi anzuelo en el momento preciso, en el lugar exacto. El resto caería por su propio peso. Mi habitual desinterés por el sexo no atenuaba mi gusto por el coqueteo, esa lucha de poder soterrada, la intensa emoción del gato que juega a ser ratón. Mientras simulaba escuchar, no le quitaba ojo a Omar. Entonces, sucedió de nuevo el milagro: ella se levantó y se esfumó, camino de la toilette. Dejé a Rachid con la palabra en la boca.
-Vuelvo enseguida.
        Sin el menor reparo, me incorporé y me dirigí hacia el objeto de mi deseo. Ocupé el lugar de la susodicha con cierto descaro. Él me miró sorprendido y echó el cuerpo hacia atrás, apoyándose en el respaldo. Sus pupilas brillaban como negros dardos. Sus carnosos labios se entreabrieron para dar paso a una preciosa sonrisa.
-Edurne… ¿Qué tal? ¿Te lo estás pasando bien?
-No te imaginas cuánto. ―Me incliné hacia delante e improvisé la mirada más seductora que fui capaz. Azorado por la sorpresa, él desvió la suya―. Tu país es maravilloso. Cada cosa que contemplo es un regalo para mis ojos.
-Celebro que te guste. ¿Has viajado mucho?
-Bastante.
-Sí, se nota que eres una mujer de mundo.
-¿Tú… crees? ―susurré, coqueteando sin disimulo. Él titubeó un instante, sólo uno. Echó un rápido vistazo a mi escote y otro en dirección al lugar por el que aparecería su esposa, de un momento a otro. Después, me sostuvo la mirada desafiante, inclinándose a su vez. Durante varios segundos fue como si el mundo entero se desvaneciera a nuestro alrededor y sólo existiéramos él y yo. Sus ojos decían a las claras «me gustas» y su cuerpo entero sugería «te deseo con cada poro de mi piel». Cuando sus labios se despegaron, un escalofrío de placer anticipado recorrió mi espalda.
-Adoro a mi mujer ―sentenció, contra todo pronóstico, con una expresión socarrona. Y aunque sabía que eso formaba parte de su juego, la magia se esfumó, se rompió en mil pedazos… se hizo añicos como un objeto de cristal estampado contra el suelo. Furiosa, retiré la silla y me levanté. 

Regresé a mi sitio indignada. Rachid escudriñó mi rostro, sin ocultar su desconcierto. Nunca dejará de sorprenderme el egocentrismo masculino. Se concentran tanto en su potencial presa que jamás se les pasa por la cabeza que esta, a su vez, haya salido también de caza. No me preguntó nada. En ningún momento llegó a sospechar que estaba seduciendo a Omar. Se incorporó, dándole un manotazo al aire que bien pudo significar «¡mujeres! ¿Quién las entiende?». Y anunció en voz alta que era la hora de regresar al autobús. Nos informó de que esa tarde conoceríamos algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad de Rabat, como el exterior del palacio real, la Torre de Hassan, el mausoleo de Mohammed V y las ruinas Oudayas. 

El proyecto de Yaqub al-Mansur de construir una gran ciudad amurallada, a finales del siglo xii, incluía la creación de una magnífica mezquita que superara a la Giralda de Sevilla y a la Kutubia de Marrakech, pero las obras quedaron interrumpidas tras su muerte, cuatro años después de su inicio.
        En medio de una gran explanada repleta de las enormes columnas pertenecientes a esa mezquita inacabada, me sentí pequeña, insignificante. Al fondo, el majestuoso mausoleo de Mohammed V; en frente, la enorme Torre de Hassan; alrededor, el llamado muro de los enamorados. Dicen que ese es el escenario mudo del encuentro de numerosas parejas que eligen ese espacio para declararse su amor, siempre dentro de los cánones permitidos del decoro. Las demostraciones de afecto en público están prohibidas. A lo máximo que se atreven es a charlar entre comedidos arrumacos, pasear entre risas y susurros, jugando al escondite y, quizá, prometerse amor eterno o, por lo menos, formular una propuesta firme de matrimonio merodeando por los jardines cercanos.
Como ya tenía cierta confianza con algunos de mis compañeros de viaje, no escatimé a la hora de prestar mi cámara aquí y allá para que mi imagen quedase plasmada en innumerables instantáneas. Sola, con Rachid, con Nuria, con Manuel… Sujetando las columnas, correteando entre ellas…, o sentada en un banco ante el muro de los enamorados. Incluso me ofrecí voluntaria para fotografiar a Omar y Elena juntos, tal vez por aquello de si no puedes con el enemigo, únete a él. Y, efectivamente, mi estrategia surtió efecto. Elena se relajó y aflojó las amarras, haciendo amistad con algunas chicas del grupo y dejando libre a su marido, circunstancia que permitió que mi guía número dos se acercase a él e iniciara una amistad que no haría más que beneficiarme, sin duda. Cuanto más cerca estuviese Omar de Rachid, más lo estaría de mí. Omar, Rachid y Sofian ―el chófer― empezaron desde ese momento a mantener distendidas conversaciones en árabe que molestarían a algunos de los presentes, ya que cada dos por tres estallaban en carcajadas incomprensibles para el resto. Qué tentador… criticar a otros usando un idioma que sabes a ciencia cierta que los demás no dominan. ¿Quién no lo haría?

-¿Entiendes el árabe? ―Me atreví a preguntarle a Elena.
-¡Qué va! Me he propuesto mil veces aprenderlo, pero a la hora de la verdad no encuentro el momento. ¡Es muy difícil! ―respondió ella.
-Y eso que tú tienes al profesor en casa ―agregó Nuria.
-No sirve de nada. Al contrario, es peor. Nunca te lo tomas en serio ―añadió la mujer de Omar―. Tengo nociones pero para aprenderlo de verdad debería apuntarme a una academia y no dispongo de mucho tiempo.

    
    Con un gesto, Rachid nos avisó de que regresábamos al autocar. Aún teníamos que visitar Meknes y dirigirnos a Fez, donde pasaríamos la noche. Tenía la sensación de llevar varios días de viaje cuando, en realidad, sólo habían transcurrido unas horas. 
-Meknes se encuentra a los pies de las montañas del Atlas Medio y su nombre viene de la palabra bereber meknassa. Así se llamaba la tribu que fundó esta ciudad, en el siglo x, aunque podríamos decir que todo empezó cuando en el siglo viii se construyó una kasba, o fortaleza, en ese lugar en el que se asentaría, más tarde, la mencionada tribu bereber. La población fue creciendo alrededor de la kasba y así nació la ciudad de Meknes, cuya época de mayor apogeo como capital imperial se dio durante el gobierno del sultán Mulay Ismaíl ―nos informó Rachid. Y, a continuación, nos explicó numerosas anécdotas sobre el mencionado sultán, aunque sólo recuerdo las más divertidas y morbosas. Era un personaje variopinto. Se comentan de él barbaridades, entre otras que era un sanguinario y que disfrutaba matando, incluso que mataba esclavos por puro placer. Desde luego, no cualquier rumor que circule por ahí puede considerarse cierto. Lo que al parecer es tan verdadero como que me llamo Edurne, es que el mencionado sultán fue uno de los más prolíficos de la historia, llegando a tener alrededor de mil hijos. Disponía de quinientas cincuenta mujeres oficiales y miles de concubinas. Se cuenta que le gustaba jugar con ellas al escondite en sus amplios jardines y que cada vez que descubría a una… aquí te pillo, aquí te mato. Poseía mujeres de cualquier procedencia y raza. Y llegó a encapricharse de una cristiana, hija de un rey francés, aunque, como era de suponer, el padre no le concedió su mano. El mausoleo del tal Mulay Ismaíl y las puertas monumentales de Bab Khemis y Bab el Mansour fueron los únicos lugares que nos dio tiempo a visitar de Meknes, ya que en nuestra apretada agenda constaba que esa noche cenaríamos y nos alojaríamos en Fez.

-¿Qué tal, princesa? ¿Cómo lo llevas? ―Quiso saber el guía número dos, en cuanto se sentó a mi lado, nada más subir al autobús.
-Estoy muerta, Rachid. Muerta de agotamiento. ¡Pero me encanta! Estoy disfrutando como una niña.
-La vida del turista es dura, ¿eh?
-Sí, sí… muy dura. ¡Vas a acabar con nosotros!
-Tranquila, no todos los días serán así. Os damos mucha caña en la primera jornada, que es cuando todo el mundo está aún con los cinco sentidos puestos. Luego vamos bajando el ritmo, no te preocupes.
-No sé si cenaré. Sólo deseo meterme en una bañera y, a continuación, en una cama. No me importa ni dónde, ni cómo.
-¿Ni con quién…? ―insinuó, entornando los párpados. A mí se me escapó una risotada propia de niña inocente.
-No seas travieso ―le advertí en un susurro. Por alguna extraña razón, con él me sentía tímida. Algo que no me sucedía con Omar.
      Cerré los párpados unos segundos y le oí sonreír. Presentía que me estaba observando. Sin darme cuenta fui transportada, casi al instante, al mundo onírico, y aunque oía de fondo la dulce voz de mi guía número dos, que ya no se paseaba arriba y abajo por el pasillo del autobús sino que, micrófono en mano, nos informaba desde su sitio, me dejé arrastrar sin oponer resistencia.
-Despierta…, bella durmiente. Estamos en el hotel de Fez. Venga, que todos los demás han bajado ya.
-Mmmmm…
       Rachid sacó la única maleta que quedaba en el portaequipaje, que era la mía, cargó con ella hasta el vestíbulo del hotel y me ayudó a rellenar el formulario correspondiente, mientras esperábamos que nos asignaran a cada uno una habitación y nos entregaran la consabida tarjeta para abrir la puerta. 
-Te aconsejo que vayas directamente al comedor a cenar algo, preciosa, porque si subes ya no bajarás.
-Necesito un lavabo. ―Estaba aturdida. No podía ni pensar.
-Ahí tienes uno, al lado del comedor.
        Después de mojarme la cara con abundante agua, recuperé la consciencia de forma eventual y me dirigí como sonámbula al comedor. Elegí una mesa solitaria, no tenía ganas de hablar con nadie. Llené mi plato con un poco de todo, lo engullí y subí enseguida a mi habitación, sin dar explicaciones.
Llené la bañera hasta los bordes. Las caricias del agua tibia y de la espuma, sobre la piel, me devolvieron la vida. Lentamente, mis agarrotadas piernas recuperaron el tono. Y aun muerta de sueño me sentí renacer. Cientos de imágenes recopiladas durante los dos últimos días se agolpaban en mi mente a borbotones: Cristina, con el rostro hundido entre las manos; Rachid, observándome embelesado; Omar, desnudándome con los ojos; el joven del área de servicio, seduciéndome. Ahí me detuve. ¡El chico de la estación de servicio! ¡Lo había olvidado! Me sorprendí a mí misma recreándome en el recuerdo de aquella sórdida escena.

Mi privilegiada memoria me la ofreció fotograma a fotograma con todo lujo de detalles y, antes de darme cuenta, la excitación se había instalado en mi vientre y amenazaba con descender. Recosté la cabeza hacia atrás, cerré los párpados, suspiré y decidí dejarme llevar. Estaba sola, lejos de mi país, de los míos, de las creencias y prohibiciones que me inculcaron. Me sentía libre. «¡No te necesito, Víctor! ¿Me oyes? Ya no te necesito, ―exclamé, y se me escapó una sonora carcajada que resultó un tanto grotesca―. Y a ti tampoco, mi dulce Asier», añadí, satisfecha. Mis manos se movieron solas, buscando los senos, pequeños pero turgentes, hambrientos, receptivos… Los amasé con esa lentitud delicada de la que carecían los hombres que los habían tocado, abrí las piernas y percibí el palpitar de mi sexo, ansioso, impaciente… le hice esperar. Juguetones, mis dedos apresaron los pezones erectos, estimulándolos sin prisa, apretándolos con suavidad.

Más tarde, bucearon hacia otras profundidades, deslizándose por mi epidermis hasta alcanzar el ombligo, primero, y el Monte de Venus, después. No tardaron en tropezar con ese botón mágico que tanto placer me proporcionaba en soledad y que nadie más había sabido accionar con destreza… de momento. Un sonido gutural, largo y profundo escapó de mi garganta y… justo entonces, oí que llamaban a la puerta. Retiré la mano de mis genitales a toda prisa, como si me hubiesen pillado haciendo algo perverso. Salí de la bañera, me envolví con el albornoz y, sigilosa, encaminé mis pasos hacia la entrada de la habitación.


-¿Sí? ―Asomé apenas la nariz entre la puerta y el quicio, con cierta desgana.
-Edurne, soy Rachid. ¿Te encuentras bien?
-Perfectamente, estaba a punto de acostarme.
-¿Puedo entrar o… estás acompañada?
-¿Cómo dices? ―Perpleja, por lo que encajé como una acusación, abrí de par en par y permití que pasara. No me detuve a pensar en que mi desnudez quedaba patente bajo la bata, mal atada. Él paseó su mirada por la estancia―. ¿Qué te hace pensar que estoy con alguien?
-Perdona, me pareció oír…, no importa. No me hagas caso. ―Se justificó, escrutándome de arriba abajo con avidez.
-Rachid, estoy exhausta.
-Esto… ¿recibes así a cualquier hombre que llame a tu puerta? ―interrogó, sin levantar la vista. Sólo entonces advertí que una buena parte de mi anatomía estaba al descubierto.
-¡Oh Dios mío! ―exclamé ruborizándome, mientras me tapaba.
-Te has ido tan rápido del comedor que no me ha dado tiempo a darte las buenas noches y a decirte que eres preciosa ―afirmó mirándome a la cara, por fin. Logró arrancarme una sonrisa.
-Eres muy amable ―murmuré. 
Se me acercó muy despacio. Volví a reparar en sus ojos y aunque despedían un claro destello de deseo, también contenían una buena dosis de ternura. Tomó mis manos, acariciando apenas los dedos primero, presionándolas con firmeza, después. Me atrajo hacia él y noté que estaba empalmado. Mis pupilas siguieron a las suyas, que ejercían sobre mí un increíble efecto hipnótico. Me besó y le correspondí. El sabor dulzón de su lengua y la inesperada calidez de sus labios provocaron que mi sexo vibrara de nuevo. 
-Antes te oí hablar ―susurró de repente.
-Pensaba en voz alta.
-Y gemir…
-Algunas mujeres gimen más y mejor solas que acompañadas.
-No habrán encontrado al hombre adecuado.
-¿Tú crees? ―Sus desinhibidos dedos descendieron por mi cintura y por mi vientre, hurgando aquí, presionando allá, hasta detenerse en el clítoris. Se los llevó a la boca, los humedeció y continuó con su exploración. Una corriente eléctrica recorrió mi columna, vértebra a vértebra. Una incontenible flojera se apoderó de mis piernas. Y deseé que fuera Omar―. Rachid, tú… ¡madre mía! Tú…, tú me caes muy bien y besas estupendamente pero… ¡no sigas! ―Se detuvo en seco, casi con brusquedad, fulminándome con la mirada―. Lo siento. Eres mi guía y no quiero líos.
-Está bien, como quieras ―dijo, muy serio. Comprendí que había herido su orgullo masculino y me sentí fatal, pero no me retracté. Me quedé en silencio, mordiéndome el labio inferior―. Buenas noches, Edurne. Mañana será otro día.
       -Buenas noches ―respondí con voz melosa, tras depositar un delicado beso en su mejilla. 
      
      En cuanto salió del dormitorio me eché de espaldas sobre la cama y mis hábiles dedos remataron la faena. Un aullido largo e intenso se me escapó casi de inmediato. Visualicé a Rachid con la oreja pegada a la puerta, escuchándome gemir, con su abultado paquete a punto de reventar. Eso me puso muy cachonda. Imaginé su deseo, sus ansias de poseerme. Y me excité aún más, provocando otro orgasmo. Y otro… y otro más. Morfeo me sorprendió con el albornoz entreabierto y mi mano reposando sobre la entrepierna. No sé cuánto tiempo permanecí así, sumida en ese sopor que sobreviene después del placer. Más tarde me di la vuelta y penetré en un plácido sueño, dulce y reparador, hasta el amanecer.



PASIÓN EN MARRAKECH está a la venta en librerías y en ebook:

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4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¡Gracias! Feliz Navidad a ti también, Margaramon. Besos.

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  2. muy interesante aunque hay cosas sobre Mly Ismael que no son verdaderas pero no es un problema porque se trata de un texto literario...Muchas gracias por haber compartirlo.

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    1. Sí, tienes razón, si te fijas ya comento que son rumores sobre el sultán que probablemente no son ciertos. Pero como bien dices se trata de una novela, es ficción, aunque documentada, eso sí. Te la recomiendo, Abdennaceur, seguro que te gustará. Saludos.

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