domingo, 29 de junio de 2014

Luna cómplice

 
 
 
 
 
 
 
Amaneces a mi lado, pero no puedo tocarte.

Me miras suplicante,

te miro comprensiva.

No comparto, pero tolero.

No entiendo, pero respeto.

Admiro tu entereza y tu fe.

Te levantas, te duchas

y te vas a trabajar con el estómago vacío,

sin que de tus labios salga

ni una sola queja.

Preparo café y desayuno sola.

Dedicaré mi día libre a esos asuntos pendientes

que siempre quedan, aunque estaré impaciente,

a qué negarlo, por tu retorno.

Regresas con la puesta de sol,

exánime y sin embargo sereno. Es la hora.

Tu cuerpo recupera el color y el calor

mientras tomas la sabrosa harira que te he preparado

(cuya receta conseguí a través de la amiga de una amiga mía).

Te brillan los ojos de felicidad.

Te pones cariñoso, tierno, dulce como la miel...

Me haces el amor con renovada pasión.

Y la luna, cómplice, contempla cómo la noche

se va transformando

en una orgía para los sentidos,

que durará hasta antes

de que despunte el sol.
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 


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